Esta película tiene ya casi cinco años, pero sigue siendo actual, en el tema, el estilo y la sonrisa. Aunque, más apropiadamente, habría que decir «en los temas». Uno, el más evidente y estridente, es el de la desocupación, que un español, formado en los antiguos valores de la honradez y el trabajo, vive como una forma de degradación. El hombre sufre una racha de mala suerte y, fuera de su oficio, le falta habilidad para reacomodarse en otra cosa, y bajeza moral, para aceptar otra clase de reacomodamientos. Así es como sólo le resta dejarse caer del todo, sobre un colchón en la calle.
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Pero ahí, a nivel cordón de la vereda, surgen los otros temas. Su difícil, a veces enojosa, pero creciente amistad con un buscavidas cubano, inmigrante ilegal, que quizás esté peor que él, pero tiene otro carácter, induce al español a cambiar ciertos conceptos sobre sí mismo y sobre los demás. De ese modo, y trascendiendo la anécdota social, el asunto se replantea en términos de dignidad versus pragmatismo, de amargura versus optimismo, y, ¿por qué no?, también de europeos versus americanos. Así, y con el agregado de variopintos personajes (a destacar, la estupenda Magalis Gainza, otrora vedette del Tropicana), en vez de hacer un previsible drama realista, tipo qué mal viven los pobres, el director nos brinda una comedia realista, de humor ácido y lenguaje franco, pero comedia, en suma. A fin de cuentas, la risa es una de las mejores maneras de dar palos, y los actores Ramón Barea y Luis Alberto García los dan debidamente.
Lástima que el afiche local de la película ponga el acento en la parte oscura de la historia. Más grato es el afiche francés, un dibujo risueño que enfrenta coloridamente al malhumor, bajo el título «Putain de rue!», que significa lo mismo, pero suena distinto. Dirigió, con poca plata, pero buen conocimiento de oficio y de causa, el argentino Enrique Gabriel, de quien ya conocíamos acá su primera obra, «Krapatchouk» (grotesco sobre dos infelices en tierra ajena), y la tercera, «Las huellas borradas» (drama tristón sobre un pueblo a punto de perderse bajo las aguas de una represa). «En la puta calle» es la del medio, y es también el pivote de una trilogía gabrieliana que, irónicamente, bien podría llamarse «Un lugar en el mundo». Conviene atenderla.
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