20 de febrero 2001 - 00:00
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cuarteto Jobim-Morelembaum.
Y a este trío, que se llama cuarteto y que incluye a cinco músicos sobre el escenario, se suman además dos instrumentistas que están perfectamente a la altura del resto: el pianista Alfredo Cardim y el percusionista y baterista Marcelo Cuesta.
El papel de teloneros le cupo en esta última noche a los argentinos del quinteto de Javier Malosetti y al Quinteto Urbano, dos grupos que ya han dado muchas muestras de talento y esa noche volvieron a demostrarlo. El sábado se pudo escuchar a Dewey Redman, un hombre cuyo papel más destacado ha sido siempre más que como solista, como integrante de grupos de otros músicos, desde Ornette Coleman hasta Don Cherry, pasando por Leroy Jenkins, Pat Metheny, Charlie Haden, Keith Jarret y Elvin Jones. Puede decirse que Redman cumplió con sus antecedentes.
A tono con sus más de 70 años, no tiene la vitalidad de otros tiempos, y su jazz siempre cercano al bebop, circula por caminos en general muy conocidos. Pero conserva un muy buen sonido y aprovecha su simpatía y su histrionismo para mantener atenta a buena parte del público que, a pesar de lo extenso de la jornada musical, resistió hasta el final de su set.
Su concierto se concentró en «estándares» y su planteo formal permaneció prácticamente calcado a lo largo de casi todas las piezas: presentación del tema por el saxo, sección central improvisada por él y sus compañeros, y reexposición nuevamente con el tenor. Sin embargo, se dio un pequeño espacio para romper la regla y hasta el sonido, improvisando sobre una escala arábiga con un musette (especie de oboe antiguo y artesanal) y con su voz en una suerte de «scat» de reminiscencias africanas.
También sus músicos cumplieron; y muy especialmente su contrabajista John Menegon, que ofreció muchos de los mejores solos de la noche. Aunque también se lució, por momentos, el pianista Charles Eubanks, primo de Robin Eubanks, el magnífico trombonista que nos visitara el año pasado integrando la banda de Dave Holland. De los argentinos que actuaron como teloneros, la Giusti Funk Corp. fue la formación que tuvo el papel más destacado. Y un comentario extramusical: resultó inconcebible, al menos las dos últimas noches, que el Gobierno de la Ciudad decidiera cerrar los baños públicos fijos construidos en el paseo de la Costanera Sur cuando faltaba todavía más de una hora de concierto.




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