13 de noviembre 2006 - 00:00
Creamfields convocó a 60.000 fans pero ya tiene opositores
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Comienza el Festival Internacional Cámara Corporizada con más de 40 películas de 20 países
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Disponible en Netflix: la película que se estrenó hace 30 años y es la favorita de millones
«Underworld», integrado por Karl Hyde y Rick Smith, estrellas
de «Creamfields»: son los creadores de la banda de
sonido de la película «Trainspotting».
Volvió a ponerse de manifiesto lo contradictorio de este fenómeno que fomenta la vivencia en grupo de una música que, cada vez más, se escucha en soledad, desde la computadora o reproductor de MP3. Asimismo predomina el estar cada uno en su mundo, con su «flash», con su música, en un autismo mental que no se diferencia demasiado de la vida cotidiana ruidosa y estresante de la que buscan evadirse.
Esto último se ve claramente en el «ciber» de «Creamfields», donde cientos de asistentes congestionan el lugar para hacer justamente aquello de lo que dicen estar saturados: 8 horas diarias frente a la computadora. Claro que en «Creamfields» sólo chequean mails y chatean vía messenger, necesitados de mayor virtualidad y menos proxémica. Luego huyen a las pantallas de plasma para mirar sin ser mirados, o a las pantallas de celular para mirar si hay o no mensajes de texto.
Lo que caracteriza a este megafestival de 9 espacios simultáneos entre carpas y escenarios es una permanente sensación de estar perdiéndose algo. La gente va, viene, busca, corre, sin saber bien adónde. O quizá vaya en busca de cierto artista pero al llegar y transcurrir algunos minutos, recuerda que a la misma hora, pero en otro lugar, ocurría algo, quizá mejor. Ya existen en Europa las «fiestas silenciosas» donde cada uno baila con su reproductor de MP3, su set, su música, lo que en estas fiestas es sinónimo de «cada uno con su locura y su viaje».
Al ser una música que avanzaen dos años lo que que el rock puede lograr en 20, puede adquirir carácter de descartable, aunque no tanto como las miles de botellitas plásticas de agua mineral que sirven para calmar la sed de los extasiados. Las vivencias difieren según el plan en que se asiste: no faltan los curiosos de cada año que se acercan a ver de qué se trata, pasean por los puestos, descansan en el pasto o espacios «cool», echan un vistazo a los carteles que indican el line up (cronograma) de cada carpa y se retiran sin más.
Muchos viven la fiesta en esa suerte de comunidad de amor y felicidad, abrazados de a ratos y a los saltos. Están aquellos que van en grupo desde temprano y comienzan con el ritual bailarín a base de energizantes en pastilla o lata y siguen deambulando por carpas y escenarios, al ritmo de la música furiosa hasta el cierre, a la 6. Según la energía que quede en sus cerebros y piernas, continúan con el baile en algún «after» (boliches que abren a las 6) y saludan más tarde a los saludables maratonistas de amarillo del domingo, si es que salen del boliche antes del mediodía.




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