Croft: tomar distancia es otra forma de amor

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Traductora de varios escritores argentinos, eligió Villa Crespo como su residencia.

Su perspicacia e inteligencia hacen que Amy, a los quince años, esté en la universidad y empiece a ganar beca tras beca que la llevan a viajar por el mundo y así alejarse de su desafortunada hermana Zoe, que acumula enfermedades. “No entiendo cómo no se escribe ya sobre las relaciones fraternas que son tan importantes para la vida”, dice Jennifer Croft, que escribió sobre ese tema un libro en dos versiones. Apareció en inglés como “Homesick: a memoir”, ganó el Premio William Saroyan de no ficción e hizo decir “uno de nuestros traductores más destacados entrega una historia poderosa con un lenguaje absolutamente propio”. La primera versión en español fue “Serpientes y escaleras”, que publicó Entropía, novela que se desafió a “escribir en argentino”. Croft tiene un doctorado en Literaturas Comparadas de la Universidad de Northwestern y un Master de Traducción en la de Iowa. Recibió el Premio Man Booker de traducción al inglés por “Los errantes” de Olga Tokaczuk. Si bien decidió pasar su vida entre Estados Unidos y la Argentina, en este momento reside en Los Angeles. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Él encierro que impone la pandemia lleva a pensar en los seres fraternos?

Jennifer Croft: A mí mucho porque tuve que quedarme acá, en Los Angeles, aislada de mis amigos y amigas, y de mí hermana que está en Iowa. Cuando estaba en Buenos Aires y escribía “Serpientes y escaleras”, la novela sobre mi relación con mi hermana, me habría gustado tenerla cerca, lo mismo que ahora. Esta peste lleva a algunos a ser fraternales. A algunos. Eso se da más en la Argentina, en Buenos Aires; acá, en los Estados Unidos, tenemos otra cultura, estamos en general más distanciados. Acá se habla muchísimo de empatía, de que tenemos que tener esa actitud todo el tiempo, pero para mí eso tiene un lado peligroso. Si uno es sensible corre el riesgo de contagiarse de los males del otro. En “Serpientes y escaleras” se habla de enfermedad, suicidio, depresión y cómo todo eso nos influye. Lleva a Amy, la protagonista, a irse a vivir sola. Que una chica de quince años se largue a vivir sola es algo cultural, muy estadounidense. Yo lo hice, abandoné a mi familia; no creo que eso ocurra en otros países.

P.: ¿Cómo la marcó el haber vivido en la Argentina?

J.C.: Viví allí siete años. Cuando me instalé en Buenos Aires, me resultó una ciudad tan atractiva que, por más que pensaba en viajar, no pude irme a ningún lugar. Me marcó muchísimo. No hubiera escrito esta novela de no haber vivido en Buenos Aires. Extraño mi barrio de Villa Crespo, a mis amigos que están allá. Pienso en los lugares que amo de Buenos Aires y me duele no poder ir por la pandemia.

P.: ¿Por qué su novela tiene el nombre del juego de mesa “Serpientes y escaleras”?

J.C.: Porque ese juego muestra la falta de control del destino. Es un juego horrible, de avances y caídas, pero es algo que la protagonista tiene que aceptar para poder vivir su vida. Siente que tiene que vivir lejos de su querida hermana Zoe, que tiene un tumor en el cerebro, entre otras enfermedades. Todo eso que le ocurre a su hermana tiene efecto en Amy, una chica superdotada. No sé porque ahora se escribe tan poco sobre los hermanos si son tan importantes en la vida.

P.: En “Serpientes y escaleras” la protagonista hace a su hermana una descripción lírica de Buenos Aires.

J.C.: La idea de la carta que Amy le escribe a Zoe, tras haber contado todo lo que las une, proviene de sentimientos de lejanía, separación y nostalgia. Eso lo escribía en argentino. Y a la vez en inglés porque quería compartir con mi hermana, que no habla español, lo que escribía, y así le fui mandando fragmentos para ver si le parecía bien lo que decía de nosotras. El libro se llama “Homesick, a memoir”, apareció hace dos años en inglés con muchas fotos en blanco y negro y en color, y se lo presenta como una autobiografía. Pero yo lo pensé más como novela, como ficción. Así es “Serpientes y escaleras” donde cambié mucho, inventé mucho, el personaje es distinto aunque se me parece. Sigue siendo una carta de amor a una hermana que está lejos y, ahora que estoy lejos, también a Buenos Aires.

P.: Usted llegó aquí siguiendo los pasos de Witold Grombowicz.

J.C.: A él un premio lo llevó casualmente a Buenos Aires, y se fue quedando. A mí una beca me llevó a investigarlo y llegué así a Buenos Aires. Fue un escritor muy raro, un genio total. Me resulta extrañísimo que no escribiera en español, él que odiaba a Polonia y a los polacos.

P.: ¿Su novela sigue la senda de los de Louisa May Alcott, Mark Twain, Salinger?

J.C.: Los libros que traduje me formaron más que las que leí en inglés. Grombowicz, por caso. O “Agosto” de Romina Paula que habla de un suicidio, de extrañar mucho a alguien, de viajar; fue la primera novela que traduje del argentino al inglés. Y, claro, las obras de la Premio Nobel polaca Olga Tokarczuk. Cada vez que traduzco a alguien elijo momentos de su escritura para incorporar algo de eso a mi propia obra. Tokarczuk es brillante, creativa, muy original, siempre escribe en géneros distintos, siempre está probando algo nuevo y eso me encanta de ella. Creo que le robé bastante. Pero a ella eso le parece bien, le encanta que sus traductores también escriban. La traducción de “Los errantes” me llevó unos diez años, con charlas, encuentros, mails con Olga. Recuerdo que cuando me entusiasmé con su libro me costó convencer a los editores para que lo publicaran. Me preguntaban a quién le podía interesar una escritora polaca, rara, difícil, que mezclaba tantas cosas. Ahora, después que ganó el Nobel, me sonríen.

P.: ¿Ahora que está escribiendo?

J.C.: “Amadou”, una novela sobre ocho traductores que se encuentran en un bosque, en la frontera de Polonia y Bielorrusia, para traducir a una escritora polaca muy famosa, que no es Olga Tokarczuk. De pronto la escritora desaparece y los traductores tienen que encontrarla, y mientras deben traducir su libro sin que ella intervenga, sin que los ayude. A la vez estoy escribiendo “Postcards notes”, un libro sobre las tarjetas postales. Y debo entregar varias traducciones. Salen acá mi traducción de “La uruguaya” de Pedro Mairal y “Un cementerio perfecto” de Federico Falco. Y “Los libros de Jacobo”, lo más reciente de Olga Tokarczuk, una novela histórica de más de mil páginas, que a mí me llevó siete años de investigación.

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