27 de noviembre 2002 - 00:00

"Cuando leo 'una mirada a lo Bogart' tiro la novela"

Cuando leo una mirada a lo Bogart tiro la novela
La nueva literatura mexicana está conquistando lectores fuera de su país. Esto comenzó con el grupo llamado de «El crack», elogiado por Carlos Fuentes, que con su cosmopolitismo urbano logró posicionarse internacionalmente con autores como Jorge Volpi. Ahora esto está sucediendo con la literatura producida en la frontera de México con Estados Unidos, bautizada como la de «Los bárbaros del norte». Uno de los líderes de ese grupo, David Toscana (Monterrey, 1961), ex ingeniero volcado a la narrativa, visitó brevemente Buenos Aires para presentar su novela «Duelo por Miguel Pruneda». Dialogamos con él.

• Periodista: ¿Quién es «Miguel Pruneda»?


• David Toscana:
Un empleado de oficina al que van a homenajear por haber trabajado allí durante 30 años. Todos los días que va de su casa al trabajo pasa por el cementerio. Luego de esa noticia, que no recibe con gusto, decide entrar y allí se da cuenta que su vida no tuvo nada digno, que malgastó parte de ella detrás de un escritorio, y comienza a establecer relación con los muertos de ese cementerio. Se enamora de unos huesos que encuentra, reconstruye la historia de personas enterradas, se obsesiona con la idea de la muerte, la busca en diarios antiguos, y llegar a querer ver su propia muerte en el periódico y le pide a su amigo periodista que le escriba su necrológica. Establece esa relación fraterna con la muerte y los muertos a partir de esa idea de que su vida fue indigna.

• P.: Se advierte la influencia de Juan Rulfo...


• D.T.:
Rulfo es una figura omnipresente en México. Se me ha comparado con él diciendo: «Rulfo habla de muertos vivos y usted de vivos muertos». Mi novela es como el otro lado de la moneda de Rulfo y, desde que la comencé, estaba consciente de este aspecto rulfiano, inevitable al hablar de la muerte porque Rulfo la absorbió de forma maravillosa. Se llega al punto en que se dice que lo que ocurre es que la muerte es rulfiana. Es inevitable hablar de la muerte sin hacerle guiños a Rulfo.

• P.: Usted realiza también guiños a autores rioplatenses...


• D.T.:
A Juan Carlos Onetti.

Hace diez años que soy promotor de Onetti en mi país, a mis alumnos les digo: tienen que leerlo. Mi descubrimiento de Onetti, con «Bienvenido Bob», me marcó como escritor. Las formas onettianas de no decir mucho y ser expresivo, los personajes que sin prestarse al diálogo se van diciendo, me parece la gran literatura. El otro gran escritor latinoamericano es para mi José Donoso. De una novela como «Casa de campo» el lector puede decir: no entendí, y no está hecha para entenderla de primera mano, como «Los adioses» de Onetti, sino para que el lector se tome la valentía y la libertad de leerla como se le antoje. No me interesan las obras premasticadas del género beste-seller, que cualquier duda que se ha alimentado tiene que estar resuelta al final, y no, todo sucede como le pasó al protagonista, y vaya a saber qué supo ese hombre. Es por esto que me siento hijo literario de Onetti y Donoso; en el promedio entre un uruguayo y un chileno, sería casi un argentino, no? (ríe).

• P.: Su novela recibió elogios en «The New York Times»...


• D.T.:
Todo escritor tiene que sentarse a trabajar y, con una dosis de ego, escribir una novela irresistible de publicar y de leer. Cuando se tratan temas como el de «Pruneda», que no son tan populares, no se puede esperar ser bestseller, pero si encontrar lectores. El crítico de «The New York Times» no es ni más ni menos como lector que el de la vuelta de mi casa, pero desde el punto de vista editorial es más importante su elogio. En función de lector aprecio a uno igual que a otro.

• P.: ¿Qué odia en la literatura?


• D.T.:
Los escritores odiamos mas de lo que amamos, pero en las relaciones públicas decirlo cae mal. Odio las palabras de más, la grandilocuencia, la mezcla del español con otros idiomas para fingir cosmopolitismo, la literatura que quiere imitar a la norteamericana. Odio las novelas que parecen estar contando una película. Y sobre todo cuando un novelista me remite al cine para no hacer su trabajo. Cuando leo «con una mirada a lo Humphrey Bogart» tiro la novela; si no es capaz de decirme como es esa mirada que no escriba. Odio el lugar preponderante que muchos escritores dan al cine, y es para mi motivo para dejar de leer una novela. El último libro que tiré fue «Cómplice» de Iain Banks, un irlandés: aparece un tipo y mata alguien, avanza la novela y vuelve a matar a alguien, ¿qué va a pasar? ¿va a matar a otro? ¿a diez?. Decía Hemingway: «no hay que confundir movimiento con acción». El personaje se está moviendo, pero lo único que pasa de la página 20 a la 50 es que en vez de matar a una anciana mata a un hombre de negocios, el personaje no crece, no es diferente, no es nada.

• P.: ¿Y con la literatura espa-ñola?


• D.T.:
No tengo mucha relación, siempre están hablando de más. Lo que ellos entienden por buena prosa no es lo que yo entiendo por buena prosa: decir más con menos palabras, eso donde Borges es constantemente eficiente.

• Ingeniería literaria

• P.: ¿Qué lo impulsa a escribir?

• D.T.:
Nunca lo descubrí bien. Soy ingeniero, me dedicaba a la ingeniería industrial, a todo lo que es eficiencia y calidad, a esas cosas de producir más con menos dinero.

• P.: Como en su narrativa...

• D.T.: El concepto de eficiencia es básico en toda actividad.

• P.: ¿Cómo pasó de la ingeniería a la literatura?


• D.T.:
Cuando uno lee siente que tambien tiene algo para contar. Cuando me di cuenta que eso era lo que queria dejé ingeniería con gran costo económico, pero ya no era compatible con lo que quería hacer en mi vida.

• P.: ¿Dónde se ubica dentro de las letras mexicanas?


• D.T.:
Tanto para la crítica como por amigos, pertenezco a los que se ha dado en llamar «Los bárbaros del Norte». A la gente del norte de México, la frontera con Estados Unidos, siempre se la ha conocido como los bárbaros. A esa zona desértica, donde las ciudades se fundaban en medio de la nada, se la tenía por inculta. Pero desde hace un tiempo allí se ha venido haciendo una literatura que ha provocado interés en lectores, en críticos, en universidades.

• P.: ¿Forman un grupo como el llamado «El crack»?


• D.T.:
No, los escritores del «El crack» lanzaron un manifiesto diciendo «creemos en esto», y tienen claras sus propuestas estéticas grupales. Allí están Jorge Volpi e Ignacio Padilla y sus dos novelas están situadas mayormente en Alemania y tienen que ver con la Segunda Guerra Mundial. Para ellos la búsqueda de lo universal se da a través de lo cosmopolita. Otra concepción, más tradicional, supone que esta búsqueda se logra a través de lo particular, de la propia aldea. En eso «Los bárbaros del norte», aunque como grupo no somos antagonistas, estaríamos contra «El crack».

• P.: Si bien los llaman «los bárbaros» su obra es lo opuesto a esa calificación...


• D.T.:
El barbarismo estaría acaso en la crudeza a la hora de exponer ciertas cosas. Los críticos dicen que el lenguaje es más directo en los narradores del norte, no está rodeado de un montón de palabras sino que es como el fútbol vertical, directo a meter el gol. Acaso el desierto que no tiene nada de follaje hace que el lenguaje tampoco lo tenga.

• P.: ¿La cercanía de los Estados Unidos es una influencia?


• D.T.:
Es una influencia para bien o para mal. Los escritores de la frontera hablan mucho del conflicto de vivir tan cerca de Estados Unidos. Cuentan de gente que trabaja para empresas norteamericanas que se instalan en la frontera exclusivamente para consumir mano de obra, traen materiales, ensamblan y se van. Otras narran los conflicto de gente que quiere cruzar al otro lado y no puede y regresa. Acaba de salir «Las muertes de Juárez», un libro sobre mujeres que aparecen muertas, ya más de doscientas, sin que nadie sepa quién lo hace, ni por qué las matan con tanta saña. Eso muestra que hay fenómenos muy característicos de la frontera, como ciertas formas de la violencia. En parte tiene que ver con esta relación con Estados Unidos porque el narcotráfico siempre ha creado problemas.

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