12 de junio 2002 - 00:00

Cuentos que buscan construir un museo

Paul Auster «Creía que mi padre era Dios» (Bs. As., Anagrama, 2002, 528 págs.)

D
e no haber sido por su esposa, la escritora Siri Husvedt, Paul Auster no hubiera encarado este «proyecto nacional de relatos». Tras un reportaje en la Radio Pública Nacional de Estados Unidos, el conductor del programa le planteó a Auster colaborar con ese emisión. El novelista no sabia qué podía hacer allí, pero a Siri se le ocurrió que pidiera a los oyentes que enviaran relatos verídicos y breves, «anécdotas que revelaran las fuerzas desconocidas y misteriosas que intervienen en nuestras vidas, en nuestras historias familiares, en nuestros cuerpos y mentes, en nuestras almas», o sea: historias reales que parezcan inventadas. Llegaron 4 mil, de las que eligió 179 para hacer este libro que el escritor y cineasta considera «un museo de la realidad estadounidense». Error, es mucho más que eso. Si bien hay relatos que cuentan del Nueva York al que llegaron judíos escapando del holocausto, en verdad muestran un país inmigratorio, aluvional, como muchos en el mundo y todos los de América. Y cuando un relato recuerda la guerra de Vietnam, remite a las heridas y padecimientos de toda guerra. Los temas son universales y eternos: la vida y la muerte, el desempleo y la necesidad de sobrevivir, el amor en su diversas posibilidades, la enfermedad, la discriminación, la violencia. En fin, una galería de instantáneas de lo humano.

Otro error de Auster es creer que «sólo una pequeña parte se asemeja a algo que podríamos calificar de literatura». Hay muchos relatos que son, en su brevedad, buena narrativa, para citar algunos casos: la meditación sobre la escritura de «Una tristeza común y corriente», el amor homosexual de «Afrodisíaco matemático», la aventura de la chica adoptada que busca a sus padres biológicos que aparece en prólogo del libro o el relato fantástico «Hombre contra abrigo», cuyo autor no sabía que estaba reescribiendo un cuento de Cortázar. Seguramente Auster «ayudó» a que las historias estuvieran bien contadas, que tuviera esa «reversión» que es clave de un cuento eficaz, como ya reclamaba Aristóteles en su «Poética». Cabe la sospecha que, como Borges y Bioy Casares en sus antologías, alguno de esos relatos pertenezca a la pluma de Auster o de Husvedt, y los hayan atribuido a alguien inidentificable, a un rostro en la multitud. Además, por más que Auster diga que no hay una palabra que le pertenezca, los temas son siempre, y obviamente, «austerianos»: el azar, la coincidencias, las premoniciones, los enigmas que escapan a la razón, el humor inesperado, las perplejidades del amor, lo extraordinario en lo banal. Muchas páginas, de esta antología de historias vividas y escritas por gente común, corroboran la premisa borgesiana de que la literatura puede ser una de las formas de la felicidad.

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