24 de diciembre 2001 - 00:00

Culmina con premios una temporada intensa

La obra de Graciela Sacco
La obra de Graciela Sacco
(21/12/01) L a gente ligada a las bellas artes se atrincheró este año en este dominio y dispuesta a resistir el ciclón de la bancarrota argentina, se dedicó a cultivar, en el sentido epicúreo, las plantas que crecen en su propio jardín. Así, en medio de la desilusión generalizada, se redoblaron las inversiones en los espacios destinados a las artes, enclaves de contención espiritual y desarrollo intelectual, imprescindibles en tiempos de crisis. Como lo cierto es que nadie pudo permanecer absolutamente ajeno al contexto, las fundaciones Fortabat y Costantini suspendieron esta temporada los mayores premios de estímulo, pero destinaron esos fondos a proyectos más ambiciosos y perdurables, como los nuevos museos. Sin embargo, la ausencia fue compensada con la iniciativa de los bancos Nación y Ciudad de Buenos Aires, que otorgaron premios por montos equivalentes.

Contraste

El jueves pasado, mientras las pantallas de TV comenzaban a mostrar imágenes del estallido social, en la Academia Nacional de Bellas Artes, su presidenta, Rosa María Ravera, despedía el año con un análisis de los proyectos concretados y anunciaba los del próximo período.

A esa misma hora, en el Centro Cultural Recoleta y durante un almuerzo, los críticos extranjeros y argentinos que integraban el jurado del Premio Banco Nación junto a los funcionarios de este organismo, presentaban a los ganadores de este año: León Ferrari (30.000 pesos) y cinco menciones (2.000 pesos) para Graciela Sacco, Fabiana Barreda, Oscar Bony, Fernando Herrera, Gabriel Valansi y Román Vitali. Por la tarde, los disturbios impidieron que los artistas recibieran el galardón.

La noche anterior, durante una fiesta que convocó a músicos y poetas en el Museo de Bellas Artes, el presidente de la Fundación Banco Ciudad, Aníbal Jozami, había otorgado los premios de la institución. La primera distinción la ganó Marie Orensanz (30.000 pesos), la segunda, al artista joven, Martín Di Girolamo (15.000), y las cinco menciones (2.500), Josefina Robirosa, Lucía Pacenza, Mónica Van Asperen, Tomás Espina y Marcos López. Para el video «Hágalo usted mismo» de Federico Mércuri hubo una mención de honor.

Como en el mejor de los mundos, los invitados extranjeros que estuvieron en esos días -entre otros, el curador de la Tate Gallery de Londres, Richard Frances, el artista norteamericano Sol LeWitt, el director del Museo de Arte Moderno de San Pablo, Yvo Mesquita, el curador del MoMA de Nueva York, Paulo Herkenhorff, el director de la revista española «Lápiz», Alberto López, y la jefa de curadores de la DIA Center for the Arts, Lynn Cooke-, tuvieron la oportunidad de recorrer los dos salones y ver un extenso panorama del arte argentino más actual.

Sin embargo, los artistas funcionan como sismógrafos del terreno social y gran parte de las obras de los dos salones que acaban de abrir sus puertas al público, reflejan con mayor o menor intensidad la situación sociopolítica. El discurso más elocuente es el de
Sacco, que en una obra de la serie «Cuerpo a cuerpo» que inició en 1996, parece haber transferido directamente y sin manipulación alguna, una imagen de la batalla de Plaza de Mayo a la sala de exposiciones.

En el significativo cruce de tendencias que se advierte en estas muestras, algunas obras son un epígono de la década pasada. Como la caja cargada de flores de
Ferrari, donde si bien y casi como una cita, figuran los textos y unos helicópteros que evocan sus conocidas obras de denuncia, predomina el neo-rococó característico de los años noventa. El artificio de la obra acerca al artista -que ya ha cumplido sus 82 años- a la vertiente subjetiva que tuvo su punto de partida entre los jóvenes del Centro Cultural Rojas.

Con sus esculturas,
Di Girolamo oscila entre el placer ornamental, evidente en el estereotipo de la superestrella del porno shop que presenta en el Recoleta, y un elaborado tono social, expresado en el encanto de una limpiadora de vidrios que dirige su mirada confiada hacia el porvenir y que se puede ver en el Bellas Artes.

Se trata de dos tipos diferentes de belleza. La primera, cargada de erotismo y «des seins et des culs» al estilo de
Boucher; la segunda, representada en «El anhelo de Berenice», muestra otra chica bonita, pero en este caso, con una actitud tan pulcra que demanda sentimientos más nobles frente a la vida.

En ese mismo plan, la misionera
Mónica Millán construye un nido blanco con perlas y encajes, que brilla en la sala con el resplandor extraño de su pureza inmaculada, un exotismo en estos tiempos.

Reflejo

Pero la violencia está muy presente en el arte. Mónica Van Asperen trabaja con globos, productos de apariencia festiva, pero que al ser fotografiados aprisionando un cuerpo hasta ahogarlo se vuelven amenazantes. La artista ovilla un largo tubo elástico alrededor de una cabeza y logra imagen deudora del diseño publicitario, que seduce con el brillo reluciente del látex, tenso y transparente. Pero la visión de esa radiante atadura de ningún modo se percibe como inofensiva, más bien evoca una situación de riesgo o indica un posible modo de tortura. Pese a la inocente naturaleza del material y al artificio evidente del montaje, la fotografía provoca sensaciones angustiosas. Además, la tensión extrema, propia del material expandido, anuncia la posibilidad de su estallido y le brinda a la obra un carácter inestable. Así, la artista muestra la violenta opresión a la que es sometido el hombre de nuestros días, y mide también el grado de resistencia que es capaz de soportar y de oponer. Sin romper del todo con el espíritu lúdico que anima su generación, Van Asperen aborda el vacío como tema y como problema, convierte sus efímeras esculturas en sólidas reflexiones.

Entretanto, la conceptualista
Orensanz, plantea la sensación de incertidumbre de la época y abre un interrogante con su obra «De qué lado?... sopla el viento...».

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