Dalila Puzzovio: el retorno del arte pop

Espectáculos

Estrella de la movida cultural de los 60, la muestra actual parte de una performance con montaje teatral que hizo para la revista "Claudia".

En estos últimos años los artistas del Pop argentino despiertan el mayor interés: primero fueron convocados por varios museos de Estados Unidos, la Fundación Proa, el MAMBA porteño y, luego, se sumaron diversas galerías. Dalila Puzzovio, una genuina estrella de la década del 60, presenta en estos días en la galería Rolf Art la exposición “Mientras unos construyen otros destruyen”. La muestra gira en torno de una performance con un montaje tan teatral como escenográfico realizado por Puzzovio para la revista “Claudia”. El registro configura la obra. Las fotos de un casamiento están tomadas en un lugar inesperado: la Avenida 9 de Julio en el año 1979, cuando se encontraba en pleno derrumbe, durante las ambiciosas obras de ampliación. Puzzovio levanta un telón en medio de las ruinas y allí alberga la ficción, la imagen glamorosa de los novios y su cortejo, frente a una mesa con un breve banquete y algunos regalos. El marcado contraste entre los escombros de una ciudad hostil y la suprema elegancia del vestuario y la ambientación de la ceremonia, resulta sorprendente y, en cierto sentido, poético.

Vale la pena ver la colección de imágenes del simulacro de la boda e indagar el clima de esas escenas de época, cuando los invitados ostensiblemente alegres y ajenos al paisaje devastado, atraviesan ese campo destruido de la Avenida que se ensancha. Algunas fotos traen consigo el nostálgico recuerdo de las películas de Federico Fellini, más cercano a la sofisticación de Puzzovio que el neorrealismo de Vittorio De Sica y Gina Lollobrigida que brinda un significativo título a la performance: “Pan, amor y fantasía”.

La imagen de los novios es un perfecto registro espacio-temporal. En dos o tres metros cuadrados y aislados, se desarrolla el acontecer feliz de las pocas horas que dura el casamiento. La 9 de Julio se asemeja a una ciudad bombardeada, justo en la década que la Argentina sufre el yugo de la violenta dictadura militar. Para presentar la exhibición actual, la artista realizó una nueva performance que recreó la del ayer.

El curador de la muestra, Raúl Flores, un buen fotógrafo de la década del 90, relata el shock que le produjo cuando tenía 14 años el encuentro con la revista y la sección “Hollywood en castellano” orquestada por Dalila Puzzovio. Cuenta que su vida cambió: “La tarde seguía sin ruidos, así que yo no podía saberlo, pero mi idea de la fotografía, del arte y de la moda había nacido y explotado sin retorno”. Así, con la misma naturalidad de Flores para relatar ese encuentro inspirador, Puzzovio descubre la sensibilidad italiana de su familia que apoyó su carrera artística.

El espectador que ingresa a la galería, percibe el criterio ampliado del arte, condición que ya había explorado la artista en 1965, con una obra sumamente elocuente, representativa de un nuevo arte. El inmenso cartel publicitario que apareció una mañana en la esquina de Florida y Viamonte, tenía un gran titular que decía: “¿Por qué son tan geniales?”. Allí, tres personajes se ríen mientras exhiben obras desconcertantes. Puzzovio juega con la muerte y su rostro aparece enmarcado por una corona funeraria, su marido, Charly Squirru, muestra una bolsa de sangre y, Edgardo Giménez, sujeta uno de sus bichos de colores. A pesar de los matices macabros, el arte perdió entonces su solemnidad y comenzó a ofrecer una diversión que había estado ausente. El Pop incorporó sin vueltas la superlativa evidencia de la publicidad.

Puzzovio entabla a través de su arte un complejo juego con los accesorios de la muerte. Entretanto, también descubre la maravilla de lo cotidiano y lo estetiza; diseña vestuarios y los ya míticos zapatos con doble plataforma y colores fluo. Como una proeza, no sólo logró industrializar y poner en las vidrieras de Buenos Aires sus zapatos de revolucionario diseño, sino que además obligó a ingresar a una zapatería a los más conspicuos críticos de arte internacionales que llegaban al Instituto Di Tella. Con estas mismas plataformas -que no envejecen-, llegó un día a arte BA, montó sus zapatos en una vitrina junto a una pasarela y provocó una algarabía entre las mujeres que hacían cola para probárselos y comprarlos.

La propuesta de Flores explica la posición frente a la producción artística desde la alianza “arte/vida” de Puzzovio, que se diferencia de “la especulación artística-intelectual” y -¿por qué no decirlo?- de la dictadura del arte conceptual. Con el arte como modo de vida, “subvirtió por desprejuicio: comunicó su casamiento hecho performance con Charly Squirru, por ejemplo. Vuelvo a mirar esta producción y veo su furiosa actualidad”, agrega el curador.

En EE.UU., la sobreabundancia económica había brindado impulso a un arte Pop que incorporó los mensajes de los medios de comunicación y los productos que se vendían por toneladas, como las latas de las sopas Campbell o los autos con carrocerías cromadas y relucientes. Esos mismos elementos llevados a la estrechez económica de Londres, se convertían en objetos de deseo, en fetiches de un mundo envidiablemente, venturoso e idealizado. En Buenos Aires surge un Pop a la argentina. Un Pop tan mestizo qué, al analizarlo desde la perspectiva europea, el crítico francés Pierre Restany percibe las singularidades de la cultura autóctona y lo denomina “Pop lunfardo”.

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