Quizá como nunca se había dado antes, en «Carmina Burana» de Wainrot se produce una integración perfecta de todos los elementos de un espectáculo de ballet. Si bien esta tendencia se había manifestado en producciones anteriores del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín (En «Un tranvía llamado deseo» y en «El Mesías», por ejemplo), en esta nueva mirada del coreógrafo argentino a las «Cantiones Profanae» de Orff, la excelencia de sus colaboradores, Gallardo diseñando escenografía y vestuario, Sirlin las luces, y la compañía adaptándose con ductilidad a sus propuestas de aliento neoclásico, la conjunción parece ser la razón de la génesis de la obra.
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Estructurada en cinco partes -los nombres de cada una de ellas se proyectan en el ángulo superior derecho de un panel de fondo-«Carmina Burana» se inicia con Fortuna Imperatrix Mundi, se encadena luego «Primo Vere», más adelante «In Taberna» y «Cour d'Amours» para concluir en forma cíclica otra vez más con «Fortuna Imperatrix Mundi», imagen de la sumisión del hombre a los poderes fatalistas del Destino.
Acusado de colaboracionista nazi y de haberse inspirado demasiado en la creatividad de Igor Stravinsky, lo cierto es que la cantata escénica de Orff posee un poder de fascinación pocas veces conseguido en la música sinfónico-coral del siglo XX.
Mauricio Wainrot ha sabido aprovechar esta circunstancia coral de la partitura diseñando en consecuencia un ballet -irrenunciablemente bello- donde un pueblo o una comunidad exterioriza sus ansiedades, sus necesidades de amor o afecto a través de la exaltación de la sexualidad tanto en el plano íntimo (magníficos pas de deux) o colectivo (conjuntos de impactante energía), como sus pecados o dolencias, sin falsos sacralismos en pos de la búsqueda de la libertad individual sin perder la perspectiva comunitaria. El diseño coreográfico decididamente neoclásico es asombroso gracias al arte superior de Wainrot, sistemáticamente imaginativo y vital.
Como se dijo antes, la escenografía-instalación de Gallardo, sus hermosos trajes y las luces puestas lujosamente por Sirlin hacen el resto y en este resto no falta la perfección del Ballet Contemporáneo del San Martín que el mismo Wainrot conduce fervorosamente.
Sería injusto destacar a algún integrante sobre otro, tal el grado de excelencia de cada uno haciendo al todo. Sólo señalemos a Emilia Rubio, en un «solo» minimalista -tanto como la música de Arvo Pärt- que precede a «Carmina Burana», una instancia coreográfica que muestra la plasticidad y la expresión del cuerpo humano en intimidad, que luego se reiteraría multiplicado por 26 bailarines exaltados por la magia de bailar.
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