20 de junio 2002 - 00:00

"DIOS ES GRANDE, YO SOY PEQUEÑA"

«Dios es grande, yo soy pequeña» («Dieu est grand, je suis toute petite», Francia, 2001; hablada en francés). Dir.: P. Bally. Int.: A. Tatou, E. Baer, J. Depardieu, C. Jacob y otros.

" Dios es grande, yo soy pequeña" es la primera de las películas francesas que explotan el encanto de boletería que Audrey Tatou no terminó de gastar en «Amélie». La diminuta actriz puro ojos, mezcla de Helena Bonham-Carter y Araceli González cuando ambas eran jóvenes, difícilmente compita alguna vez con Catherine Deneuve o Laetitia Casta para donar el rostro a la efigie de Francia, pero su propia luminosidad es suficiente. De los directores que le toquen en el futuro dependerá que no sea excesiva.

En su nueva comedia, hasta el peinado delata la intención de diferenciarla de Amélie Poulain. Ya no más el estilo «garçon», nada de duende, menos de toque mágico. Michèle, ahora con un afro setentista, es una neurótica que cree que a los 20 años ya arruinó su vida. Se acaba de pelear con el novio, se refugia en vano en la Iglesia, envidia la seguridad ajena, coquetea con el suicidio.

La directora y coguionista de esta película, Pascale Bailly, parece haber concebido su personaje actualizando el de Woody Allen en «Hannah y sus hermanas», después de quitarle la pátina intelectual (entre muchas otras pátinas y profundidades), y mudándolo a la comedia de boulevard parisiense, ligera y charmante.

Inestable

Michèle, con cada pozo depresivo, cambia de religión. Su último avatar es el judaísmo, al que quiere convertirse fervorosamente cuando conoce a François, un veterinario treintañero judío, a quien considera el hombre de su vida. En realidad, la película como tal empieza allí, con los sucesivos intentos de Michèle por transformarse en la perfecta judía (antes hay una sucesión de imágenes con montaje saltarín, que tal vez alguna moda pueda explicar).

Para su conversión, Michèle compromete al renuente François a observar la religión como nunca lo había hecho antes, estudia hebreo y la Torah y lo fuerza también a él a hacerlo, y alterna con sus futuros suegros en celebraciones religiosas, equivocándose a veces en ellas de manera casi sacrílega.

A la comedia no le falta humor y hay más de una buena situación; pero, desde luego, si a la simpática
Audrey no parece resultarle muy problemático convertirse a la fe de Moisés, la tarea de convertir el film en un Woody Allen liviano y brillante ofrece resistencias mucho más complicadas de franquear.

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