No hay cosa tan frágil en el cine norteamericano como la paz familiar de Michael Douglas. Basta con verlo, en las primeras escenas de cualquier película, con una esposa cariñosa y una hija encantadora, para empezar a sufrir por él. A veces por culpa de la carne («Atracción fatal»), otras por la droga («Traffic»), lo cierto es que Douglas se ha convertido en el hombre con menor futuro de baby sitter en todo Hollywood. Sólo un irresponsable le confiaría el cuidado de una hija.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El nuevo thriller que lo tiene como protagonista no es la excepción. En «Ni una palabra», Douglas interpreta al doctor Nathan Conrad, un psiquiatra antifreudiano que hace tiempo se alejó de los hospitales para dedicarse, más confortablemente, a las monótonas pero redituables neurosis de las clases medias altas. Si por una vez vuelve a supervisar un caso en una institución pública es por pedido de un colega amigo, quien aparentemente no logra manejar a una paciente difícil. Grave error.
A la mañana del día siguiente, que debía ser de fiesta y jolgorio, le raptan a su hija de ocho años. Douglas y su mujer (que está en cama, con una pierna enyesada, lo que anticipa previsibles dificultades para salir corriendo en los momentos de suspenso) no tardan en descubrir la razón: los raptores le exigen que averigüe, de esa paciente tan complicada, una clave de seis cifras que sólo ella conoce y que los llevará a recuperar un valioso diamante robado muchos años atrás.
Dificultades
Al atribulado psiquiatra le dan una hora límite, las cinco de la tarde de ese día, y la consigna obvia de no revelar a nadie su misión. La tarea no luce demasiado sencilla porque la joven y violenta paciente, por sus características psíquicas, dejaría a Kaspar Hauser a la altura de un intelectual. Tampoco parece muy simple el campo de operaciones porque en Nueva York hay un feriado, con desfile y calles cortadas, y encima una detective entrometida que anda investigando muertes sospechosas en la zona.
«Ni una palabra» tramita el desarrollo de su intriga de una manera convencional, y no puede reprochársele que falte a ninguna de las consignas del típico policial de secuestro y extorsión, con inocente inexperto como protagonista. Las inverosimilitudes no son pocas (la mayor es que la paciente logre salir de su cuadro autista con pasmosa rapidez), pero eso es lo que exige este material con seguro destino de numerosas pasadas en la TV cable.
Al espectador atento le queda, como triste y melancólico pasatiempo adicional, capturar la visión fugaz de las Torres Gemelas en algunas de las tomas generales sobre la ciudad.
Dejá tu comentario