2 de agosto 2002 - 00:00

Eficaz versión local de texto de Bergman

Virginia Innocenti y Leonor Manso
Virginia Innocenti y Leonor Manso
«Sonata otoñal» de I. Bergman. Dir.: J.C. Plaza. Int.: L. Manso, V. Innocenti, H. Bidonde, V. Del Vecchio. Vest.: M. Pérez Cigoj. Mús.: D. Vila. Esc. y luces: T. Egurza. (Multiteatro.)

E sta versión teatral de uno de los films más populares de Ingmar Bergman -estrenado en 1978 con Liv Ullman e Ingrid Bergman en los roles protagónicos- no defraudará a quienes ya se hayan conmovido frente a este lúcido y despiadado duelo verbal entre madre e hija.

En manos de Leonor Manso y Virginia Innocenti el material no ha perdido fuerza ni autenticidad, pero la puesta del director español José Carlos Plaza, si bien logró alivianar el opresivo clima de la pieza con algunos toques de humor, quizás haya exagerado el maniqueísmo latente en el texto.

«Sonata otoñal»
se inicia con la llegada de la prestigiosa pianista Charlotte Andergast a la casa de su acomplejada hija Eva, una mujer que no ha podido superar la falta de afecto y los constantes abandonos de su madre. La visita de ésta, tras siete años de ausencia, produce en Eva una verdadera conmoción psíquica y emocional y enseguida estallan las primeras hostilidades, cuando Charlotte se entera que Eva alberga en su casa a su otra hija, Helena, afectada de esclerosis múltiple.

El texto de Bergman enfoca la relación Charlotte-Eva desde varios puntos de vista. En primer lugar, las pone a competir («¿La tragedia de la hija es el triunfo de la madre?» pregunta Eva, por ejemplo) subrayando las actitudes diametralmente opuestas que cada una adoptó ante la vida.

A esa madre sensual, egoísta y negadora -que huye del dolor, la muerte y la enfermedad como si se tratara del mismo infiernose le opone una hija victimizada y siempre de duelo. Eva sólo encuentra sosiego cuidando a su hermana inválida o alucinando la presencia corpórea de su hijo de 4 años muerto en un accidente. El vínculo con su marido, con quien mantiene una relación amistosa y sin sexo, es su único muro de contención para no sucumbir al desesperado amor que le despierta esa madre infiel y devoradora.

Pero, por momentos, Eva parece una neurótica de manual pronta a caer en delirios místicos. Sus reclamos son legítimos, no cabe duda (además, en esta versión la lista de monstruosidades cometidas por su madre es aún mayor) pero cuesta creer que su feroz diatriba contra Charlotte baste para despegarla de su eternizada adolescencia.

Para este Bergman pre-freudiano y determinista, los humanos son incapaces de transmitir amor de padres a hijos. Y ésta es la única justificación que se le concede al accionar de Charlotte, definida por su hija como una «inválida emocional». En ese mundo dominado por la culpa y el sacrificio, la idea de perdón que emerge en el final de «Sonata...» suena más a utopía que a una real posibilidad de encuentro entre estas dos mujeres.

Leonor Manso
interpreta a una madre-diva, mucho más cerca de la Becky del Páramo de «Tacones Lejanos» (la versión Almodóvar de «Sonata Otoñal») que de la gélida pianista interpretada por Ingrid Bergman. Si bien su encuentro con la hija inválida resulta menos aterrador de lo que sugieren sus palabras, en general la actriz encarna su personaje con seductora vitalidad.

Virginia Innocenti
, por su parte, logra que su sufriente Eva despierte ternura en lugar de irritación por sus constantes quejas. Más discutible resulta el personaje de Helena, la joven martirizada por la esclerosis múltiple. Es un personaje que adquiere más peso dramático como figura a distancia que en el efectista primer plano al que la condujo su director. Todo esto sin desmerecer la esforzada actuación de Verónica Del Vecchio.

Más allá de sus posturas maniqueas,
«Sonata otoñal» pone sobre el tapete cuestiones verdaderamente cruciales como, por ejemplo, la caída de las figuras parentales, el agobio de la maternidad, los reclamos inherentes a la posición hijo y abre varios interrogantes en torno al difícil camino hacia la adultez.

Dejá tu comentario

Te puede interesar