2 de agosto 2002 - 00:00
Eficaz versión local de texto de Bergman
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Virginia Innocenti y Leonor Manso
En manos de Leonor Manso y Virginia Innocenti el material no ha perdido fuerza ni autenticidad, pero la puesta del director español José Carlos Plaza, si bien logró alivianar el opresivo clima de la pieza con algunos toques de humor, quizás haya exagerado el maniqueísmo latente en el texto.
«Sonata otoñal» se inicia con la llegada de la prestigiosa pianista Charlotte Andergast a la casa de su acomplejada hija Eva, una mujer que no ha podido superar la falta de afecto y los constantes abandonos de su madre. La visita de ésta, tras siete años de ausencia, produce en Eva una verdadera conmoción psíquica y emocional y enseguida estallan las primeras hostilidades, cuando Charlotte se entera que Eva alberga en su casa a su otra hija, Helena, afectada de esclerosis múltiple.
Leonor Manso interpreta a una madre-diva, mucho más cerca de la Becky del Páramo de «Tacones Lejanos» (la versión Almodóvar de «Sonata Otoñal») que de la gélida pianista interpretada por Ingrid Bergman. Si bien su encuentro con la hija inválida resulta menos aterrador de lo que sugieren sus palabras, en general la actriz encarna su personaje con seductora vitalidad.
Virginia Innocenti, por su parte, logra que su sufriente Eva despierte ternura en lugar de irritación por sus constantes quejas. Más discutible resulta el personaje de Helena, la joven martirizada por la esclerosis múltiple. Es un personaje que adquiere más peso dramático como figura a distancia que en el efectista primer plano al que la condujo su director. Todo esto sin desmerecer la esforzada actuación de Verónica Del Vecchio.
Más allá de sus posturas maniqueas, «Sonata otoñal» pone sobre el tapete cuestiones verdaderamente cruciales como, por ejemplo, la caída de las figuras parentales, el agobio de la maternidad, los reclamos inherentes a la posición hijo y abre varios interrogantes en torno al difícil camino hacia la adultez.


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