15 de septiembre 2005 - 00:00

"El aura", otro excelente film policial de Bielinsky

Por: Marcelo Zapata
columnista de Ámbito Financiero

«El aura» (íd., Argentina; habl. en esp.). Dir.: F. Bielinsky. Int.: R. Darín, W. Reyno, P. Cedrón, D. Fonzi, J. D'Elia, A. Awada, N. Pérez Biscayart y otros.

Reconcilia con el cine argentino una película como «El aura». Cinco años después de «Nueve reinas», Fabián Bielinsky, director intransigente a cualquier otro objeto que el mismo cine, perfecciona en este film impecable lo que ya había desplegado en el anterior. Como si fuera un personaje más de «Nueve reinas», Bielinsky hace cine de género trampeando, con absoluto control de lo que narra, las reglas de los géneros: finge amoldarse a ellos, los superpone y mezcla, y llega a resultados novedosos, inventivos.

«El aura»
es la consecuencia de esta estrategia, una película cuya nota dominante es la simulación; es decir, uno de los cuatro o cinco temas sobre los que se construyó la historia del cine. En su nuevo film, Bielinsky vuelve a plantear una trama policial con mecanismo de relojería, con la particularidad de que quien la percibe, y más tarde se le integra, no sólo es un personaje completamente extraño sino incompatible con ella.

Ese simulador es un personaje con características excepcionales: un taxidermista epiléptico, de quien ni siquiera se menciona su nombre (aunque por uno de los primeros repartos sabemos que se llama Esteban Espinosa). La accidental complicación de ese personaje en esa trama abre el film a lo inesperado: es algo así como si un «alien» ingresara de golpe en la trama de «Nueve reinas» e intentara simular ser un estafador más. Naturalmente, el mecanismo que sostiene al policial estallaría en pedazos: sería un «outsider» en todo sentido, ajeno a la ley de los policías y la de los ladrones.

Eso da lugar a que «El aura» sea una película tan oscura, al punto de que hasta se permite esa maravillosa licencia de que sea un perro lobo, que funciona como un personaje más, el único capaz de establecer contacto con el protagonista, el único con el que se comunica y con quien se perciben mutuamente, mientras alrededor gira esa trama a cuyos actores sólo mueve el interés por el dinero o la venganza, motivaciones de las que nunca participará el protagonista. Allí la riqueza del film.

Como director cuyo lenguaje es el cine puro, la memoria de Bielinsky es, en consecuencia, puramente cinematográfica, y así en «El aura» se reconocen las marcas de muchos otros films, aunque sólo sea por referencias mínimas (como la que se hace al «tercer hombre»). Esto no quiere decir, por supuesto, que la película aleje al espectador no «cinéfilo» -todo lo contrario-, sino que es inevitable que toda gran película de género, y «El aura» lo es, dialogue con sus precursoras.

Indudablemente, el film más hermanado a ella es «Psicosis», y no sólo porque sus respectivos protagonistas compartan (como hobby en un caso y profesión en otra), el siniestro oficio de disecador de animales, además de ciertas rasgos de carácter. Como antes Hitchcock, Bielinsky, al entrecruzar lo policial con lo extraño, desbarata los simples móviles de la codicia, y la subordina al poder, mucho mayor, de un personaje sólo impulsado por su locura.

En
«Psicosis», los dólares robados terminaban hundiéndose en el lodo, sin que su protagonista llegara a enterarse siquiera de su existencia. En «El aura», un botín va a correr una suerte parecida, y algunas de sus muertes también serán puramente circunstanciales. La diferencia entre ambos films, una de tantas, está en que Bielinsky le exigirá aun más al género, burlándose de algunas de sus premisas básicas.

Cuanto menos se sepa del argumento de
«El aura» antes de verla, mucho mejor. Sería frustrante desbaratar los múltiples vericuetos de sus intensas, y veloces, dos horas y cuarto de duración.

Ricardo Darín
, como el taxidermista, vuelve a cumplir una labor notable: su parquedad, su casi autismo, corren parejos con la verosimilitud que le imprime a los rasgos más fantásticos de su personaje, como su «memoria fotográfica», sin la cual el desarrollo de la intriga sería imposible.

Jorge D'Elía
es un fullero impecable (extraordinario su «vos no sabés nada...»); Pablo Cedrón y el uruguayo Walter Reyno, que está a la altura del Oscar Núñez de «Nueve reinas», son el contrastante y brillante dúo de gángsters; Dolores Fonzi la creíble mujer golpeada, en un papel con el que Bielinsky también ahonda en la dirección de los personajes « satélites» de lo policial, y a Alejandro Awada le toca ahora, como el amigo del protagonista, introducirlo sin querer en lo «real».

Finalmente, como para cumplir la ley de toda buena película,
«El aura» también tiene su «gaffe»: ¿cómo hace Darín para escuchar los mensajes grabados en un celular que no es el suyo y del que desconoce el código identificatorio?

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