8 de mayo 2002 - 00:00

El cine de arte ya no le teme al sexo real

Mark Rylance y Kerry Fox
Mark Rylance y Kerry Fox
P or contrato, Lolita Torres nunca permitió que le dieran un beso en una película. Eran otros tiempos. Dos películas que se estrenan mañana en el país, «Storytelling» de Todd Solondz e «Intimidad», de Patrice Chéreau, contienen escenas de sexo explícito. Sobre todo esta última, cuya inequívoco y auténtico primer plano sobre una fellatio, protagonizada por actores «serios», generó en Europa un debate al que no se asistía desde la época de «Ultimo tango en París» (1972). Esa escena fue real, sin dobles.

El cine de arte, poco a poco, se está atreviendo a arrebatarle al pornográfico el monopolio de la visibilidad, con las consecuencias estéticas y éticas que esto supone. No es sencillo para nadie: ni para el director, ni para el público, ni para el exhibidor (algunas salas se niegan a pasar estos films) y mucho menos para los actores, obligados por el guión a practicar actos sólo reservados, hasta ahora, a los esforzados intérpretes del cine marginal.

Desde luego, no se trata de aquellas simpatías surgidas durante el rodaje, que suelen llevar a decisiones consentidas y de las que la historia del cine está llena. Tanto, que muchas veces ni el equipo técnico advierte que dos actores han optado alegremente por the real thing en lugar de simular (el caso más notorio, entre los que trascendieron, fue el de Jack Nicholson y Jessica Lange en «El cartero llama dos veces»). Por el contrario, la nueva dirección de este cine no está en el fuera de escena sino en el centro de ella.

Hubo antecedentes de sexo cuasi-explícito o directamente explícito en films de arte: «El diablo en el cuerpo» de Marco Bellocchio, «Los idiotas» de Lars von Trier o «Romance» de Catherine Breillat, que llevaba como «atenuante» la actuación de un famoso intérprete del cine porno italiano, Rocco Siffredi, como si a esos actores se les aceptara lo que a los otros no. En «Intimidad» es la actriz australiana Kerry Fox quien debe atravesar ese límite con el inglés Mark Rylance, una autoridad en el teatro shakespeariano que terminó aceptando un papel que había rechazado Gary Oldman, actor insospechado de cualquier remilgo y que, sin embargo, juzgó demasiado comprometida su participación.

El caso de Fox, actriz consagrada en «Un ángel en mi mesa», sacudió a la prensa británica. El debate llegó a su clímax cuando su esposo, el escritor inglés Alexander Linklater, publicó una nota en la revista «Prospect», reproducida luego en varios matutinos, en la que expresaba la confusión de sentimientos por la que transitó luego de leer, junto a la madre de su hijo, el guión que le había enviado el director Patrice Chéreau.

«Cuando Kerry recibió el guión», escribe Linklater « observamos que contenía más detalles de lo habitual, especialmente en las escenas sexuales. Kerry quiso saber qué pensaba yo. Realmente, no sabía qué decirle. Estaba escrito con elegancia. Chéreau es uno de los nombres más respetados en el teatro francés. Kerry hizo varias películas con escenas eróticas, pero nada era como esto. Una línea en particular nos llamó la atención: 'Ella toma entre sus labios el pene de él'. Primero nos reímos: '¿Cómo hará un cineasta como Chéreau para que se vea creíble esa escena ante el público?', dijimos. '¿Mostrará una cabeza que se mueve en el aire y las espaldas del hombre sobre el suelo? ¿Utilizará una prótesis?' Evidentemente, ninguno de los dos queríamos aceptar la verdad: en esa escena no habría ningún truco».

«Intimidad»
, basada en relatos de Hanif Kureishi (autor que ya inspiró películas como «Sammy y Rosie van a la cama» y «Ropa limpia, negocios sucios») narra la historia de dos desesperados: un hombre que abandona a su familia, se pone a trabajar como barman y se va a vivir solo en un departamento miserable, y una mujer insatisfecha, actriz vocacional de teatro, casada con un taxista. Sin que el espectador sepa dónde se conocieron y por qué tomaron esa decisión, ambos se encuentran los miércoles por la tarde en el departamento de él, exclusivamente para tener relaciones sexuales. Ni siquiera saben cómo se llaman.

Chéreau
, distinguido puestista francés de teatro y ópera y director, entre otros films, de «El hombre herido», «La reina Margot» y «Los que me aman tomarán el tren», decidió que su primera película en inglés debería transmitir al espectador no sólo la ilusión de la realidad sino la realidad misma.

En su artículo,
Linklater no ahorra detalles, tal vez para avalar la decisión artística, tal vez para cicatrizar sus dudas: «¿Por qué, si el arte es ilusión, necesitaba Chéreau ir tan lejos?», se pregunta. «¿Por qué la necesidad de mostrar una fellatio auténtica, por qué mostrar al actor con una erección? La respuesta es simple: para llevar la lógica interna de una obra de arte a su conclusión, a su integridad».

Algunos otros párrafos no lo muestran tan internamente lógico, y sí humanamente celoso: «Yo conocí a Rylance y no sentí rencor hacia él. Tenía una presencia calma, casi la de un duende. Las escenas sexuales serían más difíciles y fisiológicamente más complicadas para él que para Terry. Pero la pregunta final fue si habría penetración. Lógica o no, esa era una barrera infranqueable para mí, y también para Kerry. En el fondo, nos preguntábamos: si Kerry filmaba esta película, ¿qué efecto iba a tener sobre nosotros? ¿Sería nuestra ruina o nos haría más fuertes? Francamente, ni yo ni Kerry, pese a toda su experiencia, podíamos respondernos. En la primera exhibición con el equipo me sentí bien, pero muy mal en la primera proyección con público».

La película recibió los mayores premios en el Festival de Berlín, incluyendo el de Mejor Actriz a
Kerry Fox. Pero la prensa, si bien en general elogió el film, nunca dejó de interrogarse sobre la auténtica necesidad artística de las escenas sexuales no simuladas. El artículo más interesante, en ese sentido, fue publicado en «The Observer» por Charlotte Raven. La autora parte de la hipótesis de una competencia inconsciente entre la televisión «verdad» de los reality shows y el cine, donde éste no quiere quedarse atrás en la lucha por ser campeón en audacias visuales.

«Por más nobles que sean las intenciones de un director»
, escribe Raven, en desacuerdo con las escenas explícitas «el impacto fisiológico sobre el público, que ve escenas como las que se ven aquí, aparta a la película de su fin artístico. Un acto sexual real siempre desborda su propio contexto. Como escribió Baudrillard: 'la obscenidad es una barrera que no puede ser franqueada'. Me pregunto, ¿la gente que va a ver 'Intimidad' está realmente interesada en lo que le ocurre a un hombre desesperado que abandona a su familia, o sólo está ansiosa por ver la fellatio de Fox a Rylance?».

En otro párrafo,
Linklater avala más aun la condición artística de la película cuando dice: «No sólo sería raro, sino hasta aberrante, encontrar a un espectador que se excite con estas escenas en un contexto tan desgarrador y dramático». En general, no sólo en «Intimidad» sino en casi todo el cine con audacias sexuales ha sido ese el punto de inflexión y, casi, de inadvertida autodisculpa: las escenas de sexo están justificadas no sólo porque no excitan, sino porque reflejan una realidad sórdida y dramática, sostienen realizadores y críticos.

Sin embargo,
Raven se anticipa a la consecuencia lógica de esta tendencia: «Estas películas se han escudado de la acusación de pornografía gracias a la evidencia de que tales escenas son, por su contexto, depresivas o crueles. Pero, ¿cuánto falta para que un director más alegre y nada depresivo decida filmar escenas felices y estimulantes de sexo aunténtico en una comedia?». Evidentemente, ese día los cónyuges de actrices y actores, como le ocurría al protagonista de la reciente «Mi mujer es una actriz», se quedarán sin argumentos para escribir artículos teóricos.

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