16 de octubre 2002 - 00:00

"El cine me salvó de ser el 'chanta' eterno"

Ricardo Darín
Ricardo Darín
Mel Gibson quiere interpretar su papel en «Nueve reinas», y el cómico Adam Sandler el de «El hijo de la novia». Y España, donde tiene cuatro películas en cartel, le otorgó el premio Onda al mejor actor del año. De hecho, en el exterior Ricardo Darín parece sintetizar la imagen del actual cine argentino. Pero él no se la cree.

Periodista: ¿No se siente un poco como Libertad Lamarque, que en los '30 le decían la locomotora, porque con su nombre empujaba la venta de las producciones nacionales?


Ricardo Darín:
Para nada. Lo de España es porque al estrenarse cuatro trabajos míos en un periodo muy breve, eso permitió que vieran el oficio. El último es «Samy y yo», estrenado como «Un tipo corriente», con buen éxito de taquilla, lo cual me alegra por su autor, Eduardo Milewicz, que merecía esta revancha, ya que acá, no se por qué, no funcionó. Y lo de Estados Unidos es un problema de ellos, que están impresionados por el enfoque de nuestros guionistas. Por ejemplo, la que estrenamos esta semana, «Kamchatka», de Marcelo Piñeyro, sobre una familia en la crisis de 1976.

P.: ¿En qué residiría lo nuevo del «nuevo» cine argentino?


R.D.:
Creo que en el ángulo desde donde se está contando la historia. Ahora la carnadura de los personajes se aleja de la idea de militancia, aparece la amabilidad de la mirada, la ternura. Se está contando una historia posible para el gran público, la vida de una familia según la mirada de un chico de unos diez años, es decir, que hoy tendría 32. ¿Qué pensará hoy ese tipo? No lo sabemos. Sin duda, a los sectores con partido tomado esto les resultara insuficiente.

P.: ¿Qué tal se portaron los pequeños protagonistas, Matías del Pozo y Milton de la Canal?


R.D.:
En diez semanas de rodaje pasó de todo, se aburrieron, se interesaron, pero creo que generamos un buen vínculo, y lo pudieron disfrutar. Yo, a su edad, cuando también pasé de la televisión al cine, no lo disfruté. Me acuerdo claramente. El director ya estaba grande, la idea era «los pibes son pibes, qué les vamos a dar explicaciones», bueno, son injusticias que algunos siguen cometiendo, sobre todo con los extras. Llevé a un amigo, era la novedad, y se divirtió. Yo no pude.

P.: Esa película debut era «He nacido en la ribera», de 1972, donde interpretaba la infancia del protagonista, Arturo Puig.


R.D.:
Y la coprotagonista era Susana Giménez.
Después hicimos teatro los tres juntos.

P.: En la película sorprende una conversación de hombre a hombre entre el chico y su padre. ¿Usted tuvo algo así con el suyo?


R.D.:
Muchas veces. Mi viejo volvía del trabajo y se quedaba la noche hablándome de poesía, de literatura, de la vida. Siempre voy a agradecerle. El era tan importante, que aún tengo cosas suyas marcadas a fuego: la voz, el olor, la tranquilidad que me daba cuando estaba enfermo. Era de levantar fiebre bastante a menudo, pero bastaba que él me pusiera la mano en la frente, para que ya me calmara.

P.: Y usted quiso ser actor, como era él.
R.D.:
No sé si fue así. Para ser honesto, creo que quería ser otra cosa, quizá porque de actor ya estaba trabajando desde chiquito. Cuando debí elegir una profesión, y lo hice como quien continúa el oficio en una familia de artesanos, creo que tuvo un sentimiento de ambivalencia. Murió en 1989, cuando faltaba una semana para que naciera mi primer hijo. Yo estaba de gira en Córdoba. Me llevará el resto de mi vida tratar de perdonarme.

P.: Pero él se habrá sentido feliz, viendo que usted ya era reconocido a nivel nacional.


R.D.:
Creo que sí, porque él vivió un reconocimiento muy fuerte al comienzo de su carrera radial, y después debió aceptar etapas bastante irregulares. De eso tuve una sospecha, cuando le dije que me cambiaría el nombre, porque en Actores él figuraba como Ricardo Darín y yo como Ricardo Darín (h). Yo a eso lo sentía como una disminución. Le dije «¿Te molesta si me saco la hache?», y él me contestó de usted. Era como un código, cuando se trataba de algo importante me trataba de usted. «¿Y usted como se llama?», «Ricardo Darín». «Entonces, preséntese tal como se llama. En todo caso, yo me voy a agregar una pe». Y fue así, al final a él en Actores le ponían la pe. Veo esas planillas y se me caen las lágrimas.

•Carrera

P.: En 1989, usted ya había alcanzado la madurez del oficio. ¿Cómo llego allí? Hablemos de Fernando Siro («La nueva cigarra», «Los éxitos del amor», «La canción de Buenos Aires»).

R.D.: Siro
confió en mí cuando yo todavía no recibía ningún estimulo. Me enseñó, porque es de los que aman mostrar el juego. Y es un gran contador de cuentos, y un intrépido, a quien, después de estar bajo su dirección, tuve el gusto de dirigir en «Necesito un tenor». También, la vida lo ha puesto en situaciones muy duras, y muchos lo hicieron un tipo más fácil de criticar que de apreciar. Pero yo lo conozco desde que nací, conozco su nobleza, y además es como mi tío. Si uno tiene un tío anarquista, bueno, igual sigue siendo un tío.

P.: Adolfo Aristarain («La playa del amor», «La discoteca del amor»)
.

R.D.:
Otro que, paternal, le gusta mostrar un poco el juego. Gracias a eso, empecé a aprender el método de trabajo en cine. Porque los actores creemos que el epicentro del cuento es el actor, no importa el medio, y cada medio tiene sus características. Con Aristarain también filmé «The Stranger-Deadly», donde la mitad de la película hice de cadáver. Encima, un cadáver asqueroso, sacado del río. Esa fue una producción Columbia, que se quedó con el corte final, y nunca pude ver.

P.: Carlos Santiago Oves («Revancha de un amigo»).

R.D.:
Me dio el primer protagónico, acaso confiando demasiado en mí, porque me faltaba método. El método cinematográfico se me confundía con el televisivo, donde -al menos la televisión donde debí trabajar-, todo es más esquizofrénico, porque te toman con tres o cuatro cámaras, uno debe atender tres frentes permanentes, y ni hablemos del tiempo de preparación.

P.: Alberto Lecchi («Perdido por perdido»)
.

R.D.:
Lo conocí cuando era asistente de Aristarain, y desde entonces somos amigos. Un tipo sencillo, cálido, que me dio un papel decisivo, justo en un momento mío de maduración. Ocurre que, con dos programas a los que, por otra parte, les estoy muy agradecido, «Mi chanta favorito» y «Mi cuñado», yo he quedado al borde de quedar consagrado como el chanta nacional. Los ganadores subyugan, por caraduras, habilidosos, y seguros de sí mismos. Pero con Lecchi tuve la posibilidad de desarrollar un perdedor.

P.: Eduardo Mignogna («El faro», «La fuga»)
.

R.D.:
Es divino. No podría poner delante de su persona su calidad de director. Un gran tipo.

P.: Juan José Campanella («El mismo amor, la misma lluvia», «El hijo de la novia»)
.

R.D.:
El y su coguionista Fernando Castets
son muy generosos conmigo. Los conocí hace 25 años en Estados Unidos. Yo iba con Susana Giménez, ella parecía una estrella inmaculada, y se aparecieron estos dos, que parecían dos mochileros. Estaban estudiando cine, nos contaron sus proyectos, fuimos a tomar algo, y Susana me miraba como diciendo «que hacemos con estos locos». Bueno, en este repaso también deberíamos mencionar a varios otros, como Mario David, Fernando Ayala, Juan Carlos Desanzo, Eduardo Calcagno, Fabián Bielinsky, que me dio un chanta perdedor, Milewicz, y ahora Piñeyro.

P.: ¿Con todos se llevó bien?

R.D.: Nunca tuve experiencias traumáticas, en términos de trabajo. No sé, dicen que tengo buen trato. Será que conocer el trabajo desde tan chico me dio elementos para encontrarle la llave a cada circunstancia. Ahora estoy gozando un momento de privilegio, una grata porción de felicidad, sabiendo que es una racha que algún día se va a cortar. Pero no me va la vida en hacer otra película exitosa. No me creo el fenómeno. Creo en el trabajo y sigo centrado en el oficio del teatro. Lo único que realmente me preocupa, es que estoy perdiendo sentido del humor. Siempre trato de superar los problemas con humor, pero ahora no me sale.

Dejá tu comentario

Te puede interesar