5 de septiembre 2005 - 00:00

El concepto antes que la belleza

El tucumano Javier Juárez ganó el primer premio con SMS. La obra habla tanto de la facilidad como de la dificultad de la comunicación actual (arriba). Jurado del Premio Chandon (izq. a der.): Justo Pastor  Mellado, Fabián Lebenglik, Fernando Farina, Jorge Figueroa y Paulo Duarte (abajo).
El tucumano Javier Juárez ganó el primer premio con "SMS". La obra habla tanto de la facilidad como de la dificultad de la comunicación actual (arriba). Jurado del Premio Chandon (izq. a der.): Justo Pastor Mellado, Fabián Lebenglik, Fernando Farina, Jorge Figueroa y Paulo Duarte (abajo).
Tucumán - El premio Cultural Chandon dedicado a las bellas artes de toda la Argentina, abrió la semana pasada en el Museo Timoteo Navarro con una muestra de excelente nivel. Sin embargo, por cuestiones de índole estética -cuya comprensión no es nada fácil-, un grupo de artistas disidentes organizó un piquete la tarde del vernissage.

El nuevo salón alberga casi cien obras, y con su posición definida acerca de la descentralización, el apoyo al arte de los jóvenes y su expansión más allá de nuestras fronteras, brinda un buen panorama de la producción actual. La nueva edición confirma una política cultural basada en una triple estrategia.

Por un lado, la decisión de abrir su campo de acción al territorio de las provincias, ya que se inauguró en el Museo Castagnino de Rosario, luego se presentó en el Caraffa de Córdoba y, ahora, llegó a Tucumán. En segundo lugar, y luego de tres concursos, es posible advertir que el premio busca la proyección internacional del arte argentino. La evidencia es que año a año invitan a participar del jurado a dos críticos extranjeros, en esta ocasión, al chileno Justo Pastor Mellado y al curador de la próxima Bienal del Mercosur en Porto Alegre, Paulo Duarte.

A la vez, y demostrando la intención de perseverar en el rumbo elegido, el premio reitera la fórmula del jurado local, conformado por Fabián Lebenglik, director del Centro Cultural Rojas, y Fernando Farina, del Museo Castagnino de Rosario, más un director de museo o crítico de la provincia elegida para realizar la muestra, en este caso, el tucumano Jorge Figueroa. Así, los argentinos realizaron una cuidada selección entre los más de 600 obras que se postularon para el premio y, los extranjeros, llegaron para discutir y emitir su voto.

El tercer objetivo, su apuesta firme en realidad, es el apoyo al arte contemporáneo. Posición que confirma el merecido primer premio, otorgado al tucumano Javier Juárez que presentó «SMS». La obra habla de modo inteligente tanto de la facilidad como de la dificultad de la comunicación actual. «SMS» consiste en tres artefactos de baja tecnología rodeados de cables conectados a un pequeño parlante.

En los tres aparatos se leen mensajes de texto de celulares, donde se cruzan cuestiones que van desde la intimidad hasta la intrascendencia con su redacción peculiar: abreviada, rápida e improvisada. El parlante emite un sonido de modo intermitente, con la misma sintonía inconexa de los mensajes y alterado por los ruidos de una grabación gastada y barata. Es una de las canciones que el grupo Callejeros cantó durante la noche trágica de Cromañón.

Luego, las menciones especiales a
Marcela Astorga (dos manojos de riendas de cuero que surgen de la pared y expresan la violencia argentina), Adriana Bustos (la imagen de un cartonero reflejada en el espejo retrovisor de un auto último modelo) y Tomás Espina (joven que ha logrado embellecer con un efecto pictórico las escenas intervenidas con pólvora que le dieron fama en 2001), no hacen más que consolidar la tendencia que favoreció el jurado: una vertiente ligada al arte conceptual y arraigada en el contexto sociopolítico de nuestro país.

Es decir, el arte que por lo general esperan ver los extranjeros, quienes como afirma la artista tucumana (que no participó del concurso)
Carlota Beltrame: «Demandan exotismo o tipicidad». En el caso de Tucumán el exotismo es la exuberante naturaleza, y la tipicidad, el tema de la guerrilla o la pobreza.

Finalmente, el jurado -aunque no se lo puede acusar de ortodoxo-, terminó por coincidir en algún sentido con el gusto del público, que adjudicó sus votos al grupo Escombros, fiel representante del arte político.

Aunque las leyes que regían el gusto y la creación, como en los viejos tiempos de la Academia, han caducado, quedan (y no es poca cosa) el ojo bien entrenado,el conocimiento y la sensibilidad afinada para reconocer virtudes como el talento o la creatividad. Pero el tema de los criterios, es otra cosa, es una posición política. Así, detrás del premio y las menciones, quedaron obras estupendas, cuya calidad es indiscutible, pero que transitan por la senda de la belleza, la subjetividad y el arte sensible.

Como las armonías que configura con sus maderas recortadas
Beto de Volder, los bellísimos encajes que parodian las formas de la naturaleza de Andrés Paredes, la gracia del autorretrato de Pablo Guiot, el humor en las imágenes de las «Camas» de Raúl Flores, o la desgarradora fotografía donde Sandro Pereira explora otras dimensiones del mundo y se desdobla; además de las poéticas alas de Blanca Machuca, la alegre mesa de trabajo de Cynthia Kampelmacher, o el delicioso e irónico tobogán con su correspondiente arenero, que con corchos de 2001 de la firma Chandon construyeron Tamara Stuby y Esteban Alvarez.

Sin embargo, lo que motivó el «piquete», de ningún modo fue la opinión del jurado sobre las bondades de una obra sobre el resto, trabajo complejo teniendo en cuenta la diversidad y multiplicidad de lenguajes y vertientes en danza.
La reacción estuvo destinada a socavar toda esa pluralidad de conceptos, géneros y tendenciasen ocasiones desconcertantesdel premio en su conjunto.

En la Argentina de hoy abundan los artistas, algunos excelentes, cuyos discursos pasaron a formar parte de la historia, porque no supieron -o no pudieronconectarse con el vertiginoso presente. Hay obras, como en todo el mundo, que casi de la mañana a la noche quedaron huecas de contenido, sin nada para aportarle -al menosal espectador que está alerta, esperando un mensaje que lo conmueva o lo deje meditando. Así, al alejarse de la realidad, muchos artistas perdieron su encanto, aunque siguen siendo dueños de un buen oficio, envidiable en ocasiones.

El caso es que hay un arte donde por lo general predominan los tonos tierra, la línea constructiva heredada de la Escuela del Sur, incluso al gesto expresionista (pero siempre moderado), y algunas evocaciones nativas, que quedó casi de repente reducido a un esquema académico, encasillado en un molde. En suma, nada que sea posible criticar, más que cierto desdén por el arte conceptual, un apego demasiado fuerte a la forma y el temor a afrontar el riesgo que lo torna monótono.

Por el contrario, la producción contemporánea tucumana es, luego de la porteña, la más intensa, arriesgada e interesante de todo el país. No es de extrañar entonces, que, como si quisieran volver el tiempo atrás, Tucumán sea el escenario del primer piquete que defiende la estética del pasado.

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