«La forma que se despliega» de D. Veronese. Ciclo Biodrama. Dramaturgia: L. Cano. Int.: S. Galazzi, E. Claudio, G. Arengo. Ilum.: G. Córdova. Mus., esc. y dir.: D. Veronese. (Teatro Sarmiento).
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Un matrimonio habla de la pérdida de su hijo ante la mirada atenta de un testigo cuya función, en principio, se desconoce. Sus breves acotaciones y, sobre todo, sus desconcertantes señalamientos parecen formar parte de una entrevista psicoanalítica. Pero, a medida que avanza la obra, la figura de este personaje enigmático va tomando distintas posiciones.
Es el alter ego del director (la pareja le reprocha su pretensión de querer poner belleza entre tanto dolor) y también es uno más entre los espectadores (ubicados todos en el escenario), hasta que finalmente se revela como el verdadero protagonista de este drama cuestionando, a su vez, la labor de los actores: «Lloran con tanta verdad por el hijo y yo no puedo ¿Pero qué les importa a ellos el hijo? Si tuviesen los motivos que yo tengo seguramente se volverían locos, confundirían todo. Estos niños mintieron bien. Son actores».
Lo que aquí se denuncia es la imposibilidad de ver representado en el escenario un drama real, ya que el dolor -la experiencia más intensa del ser humano-sólo puede ser percibido como algo intransferible y ajeno. El ciclo Biodrama (creado por la directora Vivi Tellas) propone reflejar la vida de alguien real, en el aquí y ahora, con los recursos y limitaciones que ofrece el teatro. Pero el director Daniel Veronese se ha ocupado de poner patas arriba este curioso experimento escénico relativizando sus reglas y forzando sus límites.
Por un lado, pone en evidencia el fracaso de toda representación, su torpe intento de emular la vida o pretender embellecerla con una copia. Por otra parte, desmenuza la noción de dolor con la frialdad de un entomólogo, forzando a sus actores (Stella Galazzi, Ernesto Claudio y Guillermo Arengo) a interpretar una suerte de naturalismo «existencialista» en el que no hay cabida para la piedad o la identificación, y mucho menos para la catarsis.
Es como si las lágrimas que este drama debiera arrancar por su desgarradora temática, por las certeras palabras con que está escrito, quedaran retenidas en algún lugar del cerebro. No es fácil acercarse a esta obra y tener que prestar oído a la andanada de situaciones incómodas, deseos ocultos, idealizaciones y rivalidades que la pareja protagónica insiste en recordar mientras la puesta va hundiendo sus raíces en cuestiones de orden filosófico.
Hasta los objetos utilizados en escena (un pianito de juguete, una jarra de leche, un piano «de verdad» enmudecido con un embalaje plástico) revelan una presencia inquietante, y todo bajo una luz blanca -y antidramática-que azota a intérpretes y espectadores por igual. No hay respiro. Dentro de este siniestro «pasen y vean» el dolor se hace verbo y la vida se revela como un lugar absurdo.
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