Un ejemplo del arte de Alexa Horochowski, que se expone en la galería Braga Menéndez.
Como en un lánguido fin de fiesta, el resplandor de la brillantina, la alegría del cotillón y la pasión por la belleza, atributos que iluminaron una vertiente artística firmemente arraigada en la Argentina durante la década del '90, se apagan lentamente.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Entretanto, resurge una fascinación por los aspectos más sombríos de la vida y aparecen artistas que vuelven a buscar inspiración en el arte gótico, estilo recreado por los románticos que brindó su nominación a diversas interpretaciones que lo mantienen vigente a través de los siglos.
En la actualidad, con distintas modalidades expresivas se pueden ver en Buenos Aires algunas derivaciones del gótico que, con mayor o menor intensidad, están ligadas al extenso imaginario que proviene del oscurantismo medieval. Las muestras de Alexa Horochowski en Braga Menéndez, Mariano Giraud en la galería Daniel Abate, Florencia Rodríguez Giles en Ruth Benzacar, Patricia Pearson en el nuevo espacio Ernesto Catena y el envío de Eduardo Basualdo a la Bienal de Pontevedra en el Centro Cultural Recoleta, se pueden ver como aproximaciones a esa cultura nocturna e irracional. El gótico, con sus características más reconocibles y precisas (castillos, ruinas, paisajes desolados, espectros, muertes, incidentes sobrenaturales y macabros) es el que exhibe Rodríguez Giles. En su enigmática serie de fotografías en blanco y negro, «Adaptación orilla», presenta imágenes mitológicas con rasgos sobresalientes de estilo como la teatralidad y el exceso.
En las obras que Giraud muestra en «Entre 10.000 y 30.000 años», se percibe la inspiración gótica en construcciones arquitectónicas, gárgolas y animales fantásticos. Pero se trata de evocaciones distanciadas. En primer lugar, debido al uso de la tecnología, ya que todas sus obras son producto de la manipulación digital. Luego, la distancia se acentúa porque los diseños no fueron realizados en piedra, elemento fundamental del arte gótico, sino prolijamente recortados en cartulina blanca. Así, ese universo temible adquiere la fragilidad de una maqueta. Algo similar ocurre con los muñecos de fantasía que Basualdo mueve como un titiritero en un escenario que parece un espejismo. Al ritmo de una melodía, su obra, «Justa medida», un desfile espectral de seres fantasmagóricos que retrotraen al espectador a la noche de los tiempos, tiene la delicada factura de un juguete. Con un estilo personal y exquisitamente femenino, las bellas pinturas y videos de Horochowski provienen de la vertiente cinematográfica y literaria del gótico. Todo su trabajo gira con habilidad alrededor del horror, cliché que sin embargo elude con inteligentes estrategias y el clima onírico y contenido que reina en toda la muestra. Un buen ejemplo es la inocente ronda de niñas sonámbulas que danzan alrededor de un árbol sin vida, ambiguo símbolo de la muerte que confirman el gris fantasmal de la pintura y los ojos vacíos.
En la inquietante obra de una casa ardiendo en llamas, la artista pinta en primer plano una niña que camina solitaria sin mirar atrás. La elusiva imagen parece escapada de un sueño, y plantea dudas acerca de si esa pequeña murió en ese incendio.
Con dulces colores pastel Horochowski pinta a Frankenstein interpretado por Boris Karloff tomando el té en un jardín con una niña. La escena, idílica en apariencia, presenta «el mal» cuando destaca la dualidad de los personajes: la pequeña víctima sonríe con astucia mientras el monstruoso victimario trasunta inocencia. A su lado, un video compaginado con breves imágenes tomadas del film de James Whale, pone en evidencia la ternura de la niña candorosa que le regala a Frankenstein una flor, y la brutalidad del monstruo, que mira con desesperación sus torpes manos criminales, sin poder entender porqué mata lo que ama.
En una pintura, el deseo carnal ha sido consumado por dos adolescentes retratados en estado de estupor, martirizados por la culpa que acarrea el pecado, pero la gracia y el humor disuelven el drama. La vitalidad de estos personajes enmarcados entre las ramas secas de un bosque, y el rojo de la pasión simbolizado en una rosa y el vestido de la joven, contrasta con el espíritu funesto del resto de las obras. La pintura recuerda la hermosura incomparable de los cuadros prerrafaelitas, como los de Burne Jones, Millais o Rossetti.
Esa misma fascinación, que también se encuentra en las novelas góticas victorianas, está presente en un ensayo fotográfico de Pearson que trata sobre el amor, la pasión y la muerte. Por un lado, figura un riguroso registro de las tumbas de personas que se han amado, las fotos documentales que llevan por título sus nombres y las fechas de muerte. Por otro lado, en la fría bellezade esos monumentos, flota un romanticismo desesperado.
La estética juguetona de los '90, tan opuesta a las dramáticas penumbras de gótico, puede atribuirse a la búsqueda de la felicidad privada, tabla de salvación ante el vacío moral. Pero, ahora, ¿qué motivos inducen a estos artistas a dejar de lado la razón para internarse en las sombras? ¿O, acaso, se trata de un mero gusto formal por el melodrama? En suma: ¿cuán genuina es la pasión gótica? Lo único cierto, hasta ahora, es la evidente intención de explorar esos territorios donde reina el miedo y de exhibir los costados siniestros de la vida.
Dejá tu comentario