1 de agosto 2001 - 00:00

"El guionista hoy está sometido al productor"

Bochatey y Cristiani.
Bochatey y Cristiani.
(31/07/2001) "Ahora el autor escribe lo que le pide el productor. En la época de Migré, el guionista hasta elegía decorados. Tenía más poder", dice Alejandra Bochatey, coautora junto a Pedro Cristiani de «El hacker», que marcó la vuelta de Carlos Calvo a la televisión.

Los guionistas desarrollaron la idea original de Sebastián Ortega, quien, impulsado por el deseo de trabajar con Calvo, ideó la historia de un hacker que sufre un accidente. Ortega convocó al actor, que había sufrido un accidente en la vida real.

Bochatey fue primero actriz, y desde hace seis años se dedica a escribir; participó en la autoría de programas como «Los buscas», «Como pan caliente» y «Campeones», y actualmente colabora en «22, el loco». Cristiani egresó de la primera promoción de la Universidad del Cine, fue uno de los autores de «Moebius» y colaboró en «El signo», en televisión. Actualmente trabaja en un thriller sobrenatural para televisión, inspirado en «Sexto sentido» y «Los expedientes X».

Periodista: ¿Se asesoraron con hackers «buenos», como Carlos Calvo, o con «malos»?

Pedro Cristiani: Los que son malos son los crackers. Los hackers hacen intrusiones en los sistemas para demostrar que los sistemas son vulnerables; los crackers son los que entran, dejan un virus y se van. El hacker tiene el desafío de hacer pública información que es de unos pocos, ése es el papel del protagonista de «El hacker». Su motivación es que no haya elitismo de información porque, en definitiva, la información es poder, es decir, busca globalizar la información.

Alejandra Bochatey: Lo bueno es que nos fuimos metiendo con temas relacionados con nuestra realidad, y para cada capítulo consultamos especialistas, porque hay desde asesinos seriales, tráfico de órganos y videos snuff (asesinatos reales). Nos asesoramos clínicamente con médicos, expertos en comunicación; hay un capítulo que aborda las nuevas municiones y consultamos a un experto en armas.

P.: ¿Qué responden a aquellos que los critican porque sostienen que parte de lo que ocurre en «El hacker» no podría suceder en la vida real?

P.C.: La gente que no investiga es la que dice eso. La realidad siempre supera la ficción. Me acuerdo de un caso que pasó hace unos años en Gran Bretaña. Nadie creía que alguien pudiera meterse en el Palacio de Buckingham, puesto que habría que romper todo un sistema para lograrlo. Sin embargo, un hombre lo logró, con sólo aprenderse de memoria cuándo pasaban los guardias y cuándo dejaban de pasar. De pronto abrió la puerta y estaba desnudo en los aposentos de la reina. No llevaba ni una computadora ni un sensor láser, y entró.

A.B.: Pero nunca perdemos de vista que hacemos ficción. Un hacker me decía que si mostráramos exactamente lo que ellos hacen todo el día, la serie sería un bodrio. Se da por descontado que uno incluye nuevos elementos y acelera la resolución.

P.: ¿Qué dificultades debieron afrontar por tratarse de una temática nueva para la televisión?

P.C.: Los inconvenientes no tuvieron que ver con el tema del programa, sino con la dinámica. Nos pasó lo mismo que a muchos ciclos de «Telefé» con las idas y vueltas por «Gran hermano». Cuando entramos en la vorágine de si salíamos o no al aire, a principio de año, escribíamos un libro por semana, y las posibilidades de reuniones con el equipo eran muy limitadas. Y después hubo que esperar meses hasta el estreno, pero el feedback con el equipo había sido la idea que teníamos nosotros de los personajes y la trama.

A.B.: Escribimos sin ver, salvo el piloto. Recién cuando entregamos el octavo libro vimos parte del segundo y del tercer capítulo. Y a partir de ahí no vimos nada, así que cuando salga va a ser la misma sorpresa para nosotros que para el público.

P.: ¿Hubo conflictos entre el libro original y lo que finalmente terminó saliendo al aire?

A.B.: Hay cosas del libro que hubiéramos querido que se respetaran más. En algunos fragmentos se priorizó la edición, y hay cuestiones de los personajes o de la trama que fueron dejadas de lado. Fue decisión de Sebastián Ortega y que nosotros aceptamos, pero creemos que desde el libro estaba el juego de ajedrez completo, sin cosas de más ni de menos. Igual me gusta lo que veo en el aire.

P.: No siempre fue así, años atrás el libretista tenía mayor poder de decisión.

A.B.: El productor se convirtió en el que decide cómo queda el programa. Hay algunos que escuchan más, como Ortega, otros menos, pero a la hora de editar, Ortega es el que decide. Sería bueno poder estar en la edición.

P.C.: Esto es un trabajo de equipo en donde no importa quién es el dueño, sino qué papel cumple cada uno. Si somos los libretistas, debemos contar la historia y sabemos qué pasará de principio a fin. Uno escribe audiovisualmente, y habría que reconocer y respetar dónde empiezan y terminan las responsabilidades.

P.: ¿Son frecuentes los robos de ideas?

A.B.: Como decía Migré, yo te pido que escribas sobre la vaca y podés hacer la vaca de Humahuaca o meterte con otra vaca. La idea de un hacker no es única, pero el desarrollo y el cómo se cuenta difieren. Casualmente, yo había escrito un programa que se llamaba «Redes» y era sobre hackers, y no por eso Sebastián me robó la idea. Y no sirve de nada patentar porque después uno firma contratos donde cede todo a la productora. Nosotros pudimos llegar a un acuerdo donde, entre otras cosas, logramos figurar en Argentores como autores, pero no es lo habitual. Casi siempre figura el productor como autor.

P.: ¿Argentores interviene en el asunto?

A.B.: Dicen que mucho no pueden hacer porque es un ente recaudador y no un sindicato. Sin embargo, ante estos problemas, escuchan y avalan, pero se está muy solo. Hay productoras que dicen «con motivo o sin motivo la productora puede rescindir el contrato».

P.: ¿Cómo juzgan una televisión que está volviendo a las «latas» por falta de costos?

P.C.:
Las latas que tienen rating se pueden hacer acá tranquilamente. Es cuestión de ser suficientemente inteligente y armar una producción para que los costos den. Me molesta mucho que se diga que hay una sola manera de contar válida. Desde «Pizza, birra, faso» parece que el único tipo de cine es ése.

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