14 de febrero 2002 - 00:00
"EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO"
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Su mujer Doris (Frances McDormand) seguramente lo engaña, aunque no parece importarle demasiado. O sí: Ed sólo fuma y corta el pelo en silencio. Es difícil sacarle una opinión o algún comentario de circunstancia como los que intenta arrancarle Big Dave ( James Gandolfini), jefe de su mujer en el almacén central del pueblo, Santa Rosa, y su presunto amante.
Como «En el cartero llama dos veces» o en «Pacto de sangre», los personajes, humillados y ofendidos, proceden según sus pasiones aunque son condenados por un tribunal que no tiene en cuenta lo que realmente hicieron sino lo que las evidencias indican que pudieron haber hecho. Impunidad y castigo responden a otra lógica.
Es una literatura que traduce a Kafka y al Libro de Job de la Biblia en términos de narrativa popular.
Los hermanos Coen ( Ethan en el libro, Joel también en libro y en dirección), admiradores de Cain y de los cineastas que adaptaron algunas de sus obras (Tay Garnett, Billy Wilder) produjeron una historia perfecta que abreva en esa misma concepción del mundo. Contaron para ello con actores deslumbrantes y un director fotografía (Roger Deakins), que trabajó el blanco y negro y las tonalidades intermedias con la destreza de los maestros.
Sin embargo, «El hombre que nunca estuvo» es una película de su tiempo, y no siempre en el mejor de los sentidos. Enamorados de la forma, del aire del tiempo de una época que marcó indeleblemente a la cultura norteamericana y que sólo sobrevive en la nostalgia, los Coen se propusieron destilar esa época antes que recrear su estilo, un atajo para evitar lo que habría sido una simple copia mecánica o una «remake» tradicional, como la que en su momento hizo Bob Rafelson con la versión «con audacias» de «El cartero...» con Nicholson y Lange (audacias sólo de cama. O de mesa de cocina).
La puesta en escena de los Coen tiene ese toque de contemporaneidad que la acerca más a la ornamentación de «Barton Fink» que a la sinceridad de «Fargo». El hombre acorralado de «Fargo» ( William H. Macy) sufría desde las vísceras; los de «El hombre que nunca estuvo» sufren desde el estilo. La propia construcción de la película avanza progresivamente hacia esa destilación a través de imágenes o recursos ajenos a sus fuentes, como la humorística introducción del tema de los Ovnis o el empleo de una secuencia onírica, con la que se parodia a los habituales finales-engaño de las tramas policiales. Lo pasional, en esta película, ocupa el lugar del estudio de laboratorio, o de museo moderno.
Por todo eso, el hombre que nunca estuvo en esta película es James M. Cain, aunque los Coen le hayan rendido el más admirativo de los homenajes.




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