14 de febrero 2002 - 00:00

"EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO"

Billy Bob Thornton
Billy Bob Thornton
«El hombre que nunca estuvo» («The Man Who Wasn't There», EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: J. Coen. G.: J. y E. Coen. Int.: B. B. Thornton, F. McDormand, J. Gandolfini, M. Badalucco y otros.

El peluquero Ed (Billy Bob Thornton), hombre de pocas palabras, fumador empedernido, observa cómo le pasa la vida alrededor sin que pueda hacer nada para cambiarla o detenerla. Salvo su cigarrillo perpetuo, todo es insatisfacción. En la California de los años 40 todavía se fumaba, y mucho.
 
Su mujer Doris (
Frances McDormand) seguramente lo engaña, aunque no parece importarle demasiado. O sí: Ed sólo fuma y corta el pelo en silencio. Es difícil sacarle una opinión o algún comentario de circunstancia como los que intenta arrancarle Big Dave ( James Gandolfini), jefe de su mujer en el almacén central del pueblo, Santa Rosa, y su presunto amante.

Una mañana, la aparición del pintoresco y aceitoso Tolliver (Jon Polito), cincuentón amanerado que va a cortarse el pelo pese a usar un postizo, le da pie a Ed para empezar a urdir un inesperado cambio de rumbo. El hombre está buscando un socio para lanzar una cadena de tintorerías con el entonces novedoso sistema de limpieza en seco. Ed puede conseguir el dinero, pero para eso -siempre callado, reticente, apático-deberá valerse del chantaje.

Tradición

En el film noir, el chantaje unido al silencioso dolor de saberse engañado conyugalmente suele llevar sin escalas al asesinato. Ed tuvo un antepasado en el grotesco, género típicamente rioplatense. El inmigrante Pietro, protagonista de «Los disfrazados» (1906) de Carlos Pacheco, pasaba la vida en silencio, con un toscano en los labios y diciendo « miro l'humo», mientras su esposa lo traicionaba a sus espaldas. Pero sus espaldas no eran ciegas: en el final, el humo se mezclaba con la sangre. Ed no es pasional sino calculador, de modo que la sangre encontrará otras vías para manifestarse.

Las raíces de «El hombre que nunca estuvo» se reconocen, explícitamente, en la literatura policial negra norteamericana, en especial en la obra de James M. Cain, un mundo donde el crimen no suele corresponderse con el castigo sino que éste llega a destiempo, por lo general de manera arbitraria, como una señal de que la justicia elude la razón humana y es más una cuestión reservada a los dioses. Cain fue el último de los trágicos clásicos.

Como
«En el cartero llama dos veces» o en «Pacto de sangre», los personajes, humillados y ofendidos, proceden según sus pasiones aunque son condenados por un tribunal que no tiene en cuenta lo que realmente hicieron sino lo que las evidencias indican que pudieron haber hecho. Impunidad y castigo responden a otra lógica.

Es una literatura que traduce a
Kafka y al Libro de Job de la Biblia en términos de narrativa popular.

Los hermanos
Coen ( Ethan en el libro, Joel también en libro y en dirección), admiradores de Cain y de los cineastas que adaptaron algunas de sus obras (Tay Garnett, Billy Wilder) produjeron una historia perfecta que abreva en esa misma concepción del mundo. Contaron para ello con actores deslumbrantes y un director fotografía (Roger Deakins), que trabajó el blanco y negro y las tonalidades intermedias con la destreza de los maestros.

Sin embargo,
«El hombre que nunca estuvo» es una película de su tiempo, y no siempre en el mejor de los sentidos. Enamorados de la forma, del aire del tiempo de una época que marcó indeleblemente a la cultura norteamericana y que sólo sobrevive en la nostalgia, los Coen se propusieron destilar esa época antes que recrear su estilo, un atajo para evitar lo que habría sido una simple copia mecánica o una «remake» tradicional, como la que en su momento hizo Bob Rafelson con la versión «con audacias» de «El cartero...» con Nicholson y Lange (audacias sólo de cama. O de mesa de cocina).

La puesta en escena de los
Coen tiene ese toque de contemporaneidad que la acerca más a la ornamentación de «Barton Fink» que a la sinceridad de «Fargo». El hombre acorralado de «Fargo» ( William H. Macy) sufría desde las vísceras; los de «El hombre que nunca estuvo» sufren desde el estilo. La propia construcción de la película avanza progresivamente hacia esa destilación a través de imágenes o recursos ajenos a sus fuentes, como la humorística introducción del tema de los Ovnis o el empleo de una secuencia onírica, con la que se parodia a los habituales finales-engaño de las tramas policiales. Lo pasional, en esta película, ocupa el lugar del estudio de laboratorio, o de museo moderno.

Por todo eso, el hombre que nunca estuvo en esta película es
James M. Cain, aunque los Coen le hayan rendido el más admirativo de los homenajes.

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