18 de agosto 2005 - 00:00

El ingenio luthier desafía a los años

Jorge Maronna, Marcos Mundstock, Carlos Núñez Cortés, Carlos López Puccio y DanielRabinovich otorgan «Los premios Mastropiero».
Jorge Maronna, Marcos Mundstock, Carlos Núñez Cortés, Carlos López Puccio y Daniel Rabinovich otorgan «Los premios Mastropiero».
«Los premios Mastropiero», espectáculo de Les Luthiers. Con M. Mundstock, D. Rabinovich, J. Maronna, C. Núñez Cortés y C. López Puccio.

Además del desafío puramente inventivo, en los últimos años cada nuevo espectáculo de Les Luthiers debe enfrentar otro, tal vez más complejo: el de amoldarse a una época en la que los referentes culturales, aquellos sobre los que se fundó el conjunto y que le dieron identidad a su humor, ya no son los mismos (el jefe Afogutu tal vez diría que «no se atenuaron con el tiempo, directamente desaparecieron»).

Les Luthiers
, retoño del Di Tella, del pop, de los movimientos corales universitarios, sobrevivió a lo largo de entornos culturales que cambiaron de raíz; su expresión actual, de esa forma, no puede evitar una lucha interna entre la tentación a la apertura y la fuerza de lo conservador. Por fortuna, al menos en su caso, gana lo último, aunque en esa elección muchas de sus parodias se conviertan en «citas» a su propia trayectoria antes que deformación irónica de la realidad.

El engolado locutor de radio con perfecta pronunciación de apellidos alemanes o nórdicos, inconfundible sello de Marcos Mundstock, es hoy un personaje con vida propia y ya no un remedo, y los ejemplos podrían multiplicarse. Paradoja de los tiempos: los burladores de entonces terminaron siendo depositarios de la tradición, en un contexto de radios malhabladas, televisión soez, y hasta teatros líricos improvisados y deficitarios.

Esa supervivencia no es sencilla: o bien se adoptaba la drástica solución Quino de terminar, después de una década, con su criatura más famosa (resultaría raro ver hoy a Mafalda chateando con Miguelito, o consumiendo cerveza en una esquina a la madrugada), o bien la de resistirse a expresiones o modos que puedan traicionar su estilo. El público, que está llenando el Gran Rex, agradece esta última opción. El flamante «Los premios Mastropiero», un espectáculo completamente nuevo después de un extenso período de revisiones, es el más logrado de las últimas temporadas. Tal vez porque aquí, justamente, han profundizado los rasgos que sustentan la «esencia luthier»; en especial, los juegos con el lenguaje y los equívocos, que están ligeramente más acentuados en este caso que las experimentaciones humorísticas con lo musical.

Estructura a este show homogéneo, inspirado y en muchos pasajes desopilante, una caricatura de la entrega de los Oscar, con infiltraciones de otro clase de premios locales (sobre todo en lo que se refiere a la transparencia de las decisiones). A destacar: el entendimiento entre Daniel Rabinovich y Mundstock, con tiempos y réplicas que, a lo largo de los años, funcionan a la perfección; el crecimiento de Jorge Maronna, que gana un protagonismo que no tenía en espectáculos anteriores (es brillante su número «Amor a primera vista», la bossa libidinosa), la habitual solidez musical de Carlos López Puccio, y musical y cómica de Carlos Núñez Cortés (aunque le toque ser, ahora, el menos beneficiado por el reparto de papeles).

• Recuerdos

Como buenos clásicos, Les Luthiers recurre, en «Los premios...», a autocitas. En la bossa, se recibe con placer la reiteración de aquella mención en portugués de «Bahía... Bahía Blanca», y en «Juana Isabel. Canción con forma de merengue», Rabinovich y Mundstock, con la participación de Núñez Cortés, recrean con variaciones un conocido número que parte del equívoco entre «merengue» como baile y como postre, para sumergirse en una jungla, casi surrealista,de desternillantes significados cruzados.No es exagerado decir que, en ese momento,se tiene la sensación de estar en presenciade un sketch en vivo entre Groucho, Chico y Harpo.

Del mismo modo, la
«lectura cantada» con cambio de género a la que se ve obligado Rabinovich en «Ya no te amo, Raúl. Bolera» (tiene que «sustituir» a una cantante anciana que muere antes de salir al escenario) es otro de los momentos más felices del espectáculo; también, de los más «luthiers», como el número de jazz «fuera de programa» con predominio de la letra e. En cambio, tal vez inevitablemente, la permeabilización a ciertos códigos de humor actual dibuja algunos pequeños lunares en la estética del espectáculo. No se trata de que moleste el chiste «Premio a los Mejores Efectos Especiales: a Fulano de tal, porque en su programa los políticos parecen honestos»; simplemente, porque ese tipo de chiste se escucha casi a diario en todas partes, y no está a la altura del ingenio luthier.

Por el contrario, si
«Los milagros de San Dádivo» también se alinea en la cantera de «denuncia a la corrupción», lo hace de un modo ingenioso, combinando celulares con música religiosa y globalización. En «Valdemar y el hechicero», número de cierre antes del bis, ensayan una vertiente aún inexplorada, y que reclamaba desde hace tiempo su parodia: la música celta y las sagas a la manera del «Señor de los anillos».

En definitiva, y parafraseando a Gloria Swanson en «El ocaso de una vida»: Johann Sebastian Mastropiero continúa siendo un grande, es el mundo el que se ha vuelto pequeño.

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