«Un enemigo del pueblo», de H. Ibsen. Adap.: E. Nutzkiewicz y A. Bazzalo. Dir.: A. Bazzalo. Esc.: A. Belatti. Int.: E. Nutzkiewicz, A. Bonetto, C. Marcovsky, R. Baldi, J. García Marino, R. Lorio, A. Noverasco. (Teatro El Bardo.)
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En «Un enemigo del pueblo» están presentes muchos de los principios de Ibsen. Sin timideces, el autor se confiesa en su «Ideario», aseverando que «el enemigo más peligroso de la razón y de la libertad es el sufragio universal. La mayoría no tiene razón nunca. El papel principal de la democracia es aristocratizarse. Pues los partidos políticos son un instrumento para hacer picadillo de carne... de carne humana. El ruido de la muchedumbre me espanta. No quiero que me salpique la ropa el barrio de la calle. Quiero esperar vestido de fiesta la aurora del porvenir. Todo este mundo está enfermo y la historia se parece a un gran naufragio; será cuestión de luchar para salvarse uno mismo. Con el poder de la soledad, porque el hombre más fuerte es el que está solo».
Es digna de destacarse la actitud del elenco de El Bardo, que se atreve a montar una pieza que va a contrapelo del populismo y otros «ismos» en boga. A Ibsen le repelía el socialismo. Para Bjornson, Ibsen era un reaccionario que abogaba por las ideas nitzcheanas, y aunque después de las batallas campales que se generaron en ocasión de su estreno, la pieza fue usada incluso por quienes abogaron por el «Manifiesto de Medan», para él la libertad de pensamiento era el más preciado tesoro, aunque defenderla a ultranza pudiera parecer utópico.
Soñar con una revolución emprendida por un grupo, que lejos de constituir una masa, fuera el resultado de la voluntad mancomunada de individuos pensantes, es casi como pretender que el cambio propugnado por Cristo pudiera llevarse a cabo en un mundo cada vez más corroído por la mentira y por los intereses personales.
La pieza conserva una formidable energía contestaria que en su momento fue defendida apasionadamene por los anarquistas. Semejante a otros autores de la época, como Tolstoi y Andréiev, los primeros en estrenarla fueron los grupos que lideraban los grandes maestros teatrales, y es necesario leerla con atención para no malinterpretarla.
Por eso el único lunar que mancha el espectáculo ofrecido por el grupo es el recurso demagógico de hacer votar al público, que inevitablemente se vuelca a favor del idealista médico, al contrario de lo que sucede en la pieza. Ponerlo en ese brete es colocarlo en una situación que el mismo Ibsen rechazaría como una forma de coerción. Pero fuera de eso el espectáculo es un lujo.
Andrés Bazzalo es un artista: ha sabido aprovechar el lugar con suprema inteligencia y sin renunciar a la belleza que era otro de los baluartes del escritor noruego. Otro acierto es el excelente y cuidado vestuario de Alberto Belatti.
También es inteligente la adaptación que soluciona los problemas de puesta en el espacio del teatro. El elenco entero se desempeña sin fisuras, aunque por el peso de su papel, el trabajo (a veces un poco enfático) de Edward Nutzkiewicz, se imponga sobre el resto.
La solidez de los trabajos permite pensar que tal vez ha llegado el momento en que un grupo logre crear un teatro de repertorio. Esto de por sí es tan promisorio que, de lograrse, pondría en duda hasta las ideas del mismo Ibsen, porque en el teatro es necesario un equipo si se quiere ganar la batalla contra la mediocridad y lograr un verdadero cambio de rumbo.
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