25 de marzo 2003 - 00:00

El protocolo en días difíciles

Michael Moore
Michael Moore
Las circunstancias políticas adversas en la que se desenvolvió, y el consecuente tono más apagado al que se vio forzada, convirtieron a esta 75a. edición de los premios Oscar en una de las más interesantes de los últimos años. Sin brillo ni estridencia todo se vio mejor: las cámaras de la cadena ABC mostraron, casi al desnudo, una radiografía del homo hollywoodensis, una auténtica sociología de las conductas, los límites y las libertades que la industria del cine (una de las más importantes de los EE.UU.) impone y se autoimpone.

Como cancelar o postergar la fiesta hubiera representado una ruina económica (está demostrado que una ceremonia diferida, como ocurrió con los Emmys reprogramados dos veces después del 11 de septiembre de 2001, es una ceremonia muerta), la Academia llevó adelante su edición de los tres cuartos de siglo (y de las bodas de oro de las transmisiones televisivas) con la cautela y las presiones más fuertes de las últimas décadas.

En ese espacio, salirse del libreto fue patrimonio casi exclusivo de outsiders, como el extemporáneo Michael Moore (quien, además, hace de lo contestatario el centro de su negocio, localmente y en el exterior), o de figuras sólo circunstancialmente de paso por Hollywood, como el joven actor mexicano Gael García Bernal.

Ellos fueron quienes atacaron la guerra contra Irak con mayor violencia. Moore, virulento, expresó textualmente: «Amamos la no ficción y vivimos en tiempos ficticios.Vivimos en una época donde tuvimos resultados electorales ficticios, y donde elegimos a un presidente ficticio.Vivimos en una época en la que un hombre nos manda a una guerra por razones ficticias. Y nosotros estamos contra esta guerra. Debería darle vergüenza, señor Bush. Vergüenza».

El discurso de García Bernal, aunque más moderado, fue sin embargo mucho más grave desde el punto de vista protocolar porque violó la presentación preestablecida por la Academia. El reglamento del Oscar, como se sabe, admite muy pocas libertades, y sólo permite la improvisación dentro de las breves palabras de agradecimiento al ganador. Todos descontaban que Moore ganaría, y que se expresaría de una manera más o menos similar a cómo lo hizo.

Sin embargo, García Bernal rompió el protocolo al agregar una frase («si Frida Kahlo estuviera viva, también estaría decididamente contra esta guerra») a su texto de presentación de «Burn it blue», la canción de «Frida» que interpretaron, como en la película, Caetano Veloso y la mexicana Lila Downs. Puede descontarse que el intérprete de «El crimen del padre Amaro» difícilmente vuelva a ser visto en las tablas del Teatro Kodak en alguna futura celebración del Oscar.

Del mismo modo, la Academia deja un escaso margen de improvisación al maestro de ceremonias, que anteanoche fue
Steve Martin, para agregar algún bocadillo de efecto en función de la manera en que se desenvuelva la ceremonia. Martin (que lució muy bien, sobrio y chispeante a la medida de las circunstancias), sintió que no podía dejar pasar sin comentarios el exabrupto de Moore (aplaudido y abucheado en partes iguales), y comentó «Muy bien, allí los guardias de seguridad ayudarán al señor Moore a meterse en el baúl de su limusina».

El
barómetro de audacias reflejó en consecuencia que cuanto más cerca se está de los primeros lugares, menos posibilidad hay de manifestar ideas contrarias a lo que la industria espera de sus miembros. Aún así, fueron muy moderados los actores ganadores del Oscar a la actuación, los todavía poco famosos Chris Cooper (reparto) y Adrien Brody (protagónico), que sólo se expresaron antibelicistas según una óptica puramente humanitaria y no política. Nicole Kidman, en cambio, modificó sus repetidas críticas previas a la ceremonia en un discurso confuso y entrecortado por la emoción.

Pedro Almodóvar
optó por la autocensura: dos días después de haber participado en una enorme manifestación contra la guerra en territorio americano, sólo extrajo un papelito cuya lectura cortó por la mitad y apenas dijo que estaba por la «paz y la legalidad».

En cambio, legendarios activistas de Hollywood como
Susan Sarandon, Barbra Streisand y Dustin Hoffman, se limitaron a colocarse un pin alusivo a la paz, pero se mantuvieron firmemente dentro del guión de hierro que les tocó en cada caso.

A diferencia de los (pocos) que anunciaron expresamente que no participarían de la ceremonia por «incomodidad», como el actor
Will Smith, Paul Newman, nominado como actor de reparto por «Camino a la perdición», simplemente no fue. Y aunque su ausencia ya es tradición, aun en situaciones normales (él mismo dice haber quemado su smoking hace años porque «la formalidad no va conmigo»), Newman respondió ayer a periodistas en México, donde participaba de una carrera de autos, «De esta guerra estúpida no quiero ni hablar».

•Bambalinas

Michael Moore era esperado con ansiedad por los pocos periodistas a los que la Academia había autorizado a cubrir la reducida alfombra roja del domingo a la noche. «Soy americano y no voy a dejar mi ciudadanía en la puerta cuando entre al teatro Kodak», dijo al llegar. «Eso es lo más grande que tiene ser americano». Cuando se le preguntó por la conveniencia de hacer o no la ceremonia en estas circunstancias, el director de «Bowling For Columbine» fue directo: «Es muy importante hacerla, porque por eso estamos luchando, por el modo de vida americano. ¿Y qué hay más americano que los Oscar?».

Pedro Almodóvar
, en cambio, reconoció ante la prensa española radicada en Hollywood que había eliminado un par de párrafos de su discurso de agradecimiento debido «al ambiente en el Teatro Kodak», dijo. «Los que venimos de fuera, lo tenemos más fácil, porque no dependemos de la misma forma de la industria de aquí».

También dijo que la situación en Irak lo había afectado durante su estancia en Los Angeles y a la hora de celebrar su triunfo.
«No sé si la felicidad habría sido más completa si no hubiese habido guerra, pero a lo largo de toda la semana me ha pesado mucho el estar doblemente nominado y a la vez ver esas fotos en internet de Bagdad en llamas, porque aquí nadie se atreve a mostrarlas», indicó.

Desde otro punto de vista, hubo quienes opinaron que la cantidad de Oscar que recibió
«El pianista» de Roman Polanski, artista polaco que todavía tiene el pedido de captura vigente en los EE.UU. por el sonado episodio sexual de 1978, podría haber sido facilitada por las actuales circunstancias en Medio Oriente. «El hecho de que esta película retrata la exterminación de polacos y judíos, y asocia esto con nuestra realidad actual, definitivamente tuvo una influencia sobre el gran premio que ganó», dijo ayer su compatriota Krzysztof Zanussi, quien también reivindicó que « es un buen signo que Hollywood apreció esta película y a este director, después de toda la propaganda negativa. Polanski había desaparecido últimamante del ambiente fílmico de Hollywood y la celebración de los Oscar muestra que está de regreso».

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