2 de octubre 2003 - 00:00

"El trasfondo de esta obra inquieta hoy como en el '30"

Patricia Zangaro
Patricia Zangaro
L a dramaturga Patricia Zangaro recuperó del olvido «Don Chicho» la pieza de Alberto Novión que estrenó el inolvidable Luis Arata en abril de 1933. En efecto, mañana sube a escena en Teatro Nacional Cervantes, la versión «aggiornada» por Zangaro y dirigida por Leonor Manso, con Claudio García Satur y Lucrecia Capello, como Don Chicho y su esposa, Doña Regina. Completan el elenco Malena Figó, Joaquín Furriel, Emilio Bardi, Oski Guzmán, Miriam Strat, Oscar Núñez, Gustavo Ferreira, Néstor Ducó y Carlos Kaspar. La escenografía es de Norberto Laino, el vestuario de Marina Aldalur y la iluminación de Daniel Zappietro. Don Chicho es un inescrupuloso inmigrante italiano, que sintiéndose víctima de la miseria es capaz de explotar a sus hijos y de inducirlos a la delincuencia para sacar provecho. En su increíble desparpajo combina un dudoso fervor de creyente con la más desenfrenada codicia y voracidad. La autora Patricia Zangaro («Auto de fe... entre bambalinas», «Las razones del bosque», «A propósito de la duda») ha recibido los principales premios de teatro nacionales y varias de sus obras ya fueron estrenadas en Francia, España y Brasil y publicadas en francés y portugués. En «Desmontajes», su último libro, reunió varios trabajos críticos, sobre dramaturgia y dramaturgos, expuestos en distintos congresos y encuentros.

Periodista:
Los memoriosos recuerdan «Don Chicho» como una obra muy divertida ¿A qué apuntó usted con esta adaptación?

Patricia Zangaro: Justamente lo que traté de conservar es el humor del texto original. El autor la calificó de sainete en dos cuadros, pero desde su estreno en adelante «Don Chicho» fue considerada un grotesco, ya que detrás de esa estructura cómica hay una realidad muy siniestra. Son padres que en su condición de menesterosos y excluidos explotan a sus hijos sin piedad.


P.:
Tratándose de un grotesco ¿en qué situaciones se percibe el dolor?

P.Z.: El dolor se percibe más en los hijos, en Luciano que termina en la cárcel, en Quirquincho que es el más excluido y en el padre de Don Chicho al que tratan como un mueble y ni siquiera le dan de comer. En Don chicho y en su mujer Regina, que es su espejo, aparece otro rasgo del grotesco: la monstruosidad. Esa escena final con los padres rezando y a la vez disputándose el dinero que robó su hijo, como dos buitres es terrible.


P.:
¿En qué se centró su adaptación?

P.Z.: La obra original tiene un núcleo dramático muy sólido, pero justamente por las necesidades y exigencias del sainete a veces se diluye con las entradas y salidas de personajes, las escenas de humor que no tienen mucho que ver con la trama principal pero están al servicio del lucimiento de un actor en particular. Novión era un autor fundamentalmente de sainetes y además tenía una producción muy fértil. Llegó a escribir hasta ocho obras por año y tiene más de noventa títulos. En esa época se escribía para la inmediatez de la escena y para cubrir las necesidades del público. Con Leonor (Manso) decidimos precipitar la línea principal de acción y condensar los hechos. Esto hace que la pieza conserve un humor hilarante. En los ensayos yo no pude parar de reírme y a la vez de preguntarme de qué me estaba riendo.


P.:
¿Qué vigencia tiene la obra en la Argentina de hoy?

P.Z.: El texto ya tenía una fuerte vigencia cuando se estrenó porque en ese entonces había una relación muy directa entre el teatro y el público. La obra de Novión espeja a Chicho grande, el famoso y temible jefe de la mafia vernácula. Para mí, el efecto más inquietante de la obra de Novión es que espeja a este personaje -que ejerce su poder en las sombras-en la figura de un excluido, con lo cual yo siento que la obra nos advierte a todos sobre lo peligroso de repetir ciegamente los mecanismos del poder, en este caso de la mafia. Finalmente, este Don Chicho que nos presenta Novión no es aquel Juan Galiffi de la mafia, sino un pobre menesteroso.

P.: Hasta Discépolo lo incluyó en la letra de «Cambalache»...

P.Z.: ... «Mezclao con Stavisky va Don Bosco y La Mignón, Don Chicho y Napoleón...». Es algo, que se repite casi atávicamente y que no deja posibilidad de salida. Me parece que esto es lo más inquietante de la obra y lo que la hace tan vigente, mucho más aún con esta puesta en escena. Leonor Manso ha tratado de encontrar todo el tiempo esas resonancias contemporáneas en la obra.Y debo decir que, lamentablemente, este texto es muy reconocible en nuestra argentina de hoy.

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