ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

19 de octubre 2006 - 00:00

"El último bandoneón"

ver más
Aunque irregular, el documental «El último bandoneón» es una obra atrapante, fluida y de natural emoción (sobre todo cuando muestra a viejos bandoneonistas que se juntan a tocar por puro gusto).
«El último bandoneón» (Argentina-Venenezuela, 2005, habl. en español). Dir.: A. Saderman. Guión: G. Maglie, A. Saderman. Int.: R. Mederos, M. Gayotto, R. Roballos, L. Gayupan, G. Clausi, C. Algieri.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Tres líneas básicas desarrolla este documental. Una, el modo en que Rodolfo Mederos fue formando una orquesta típica de jóvenes instrumentistas, donde (a diferencia de las viejas orquestas) chicas y muchachos tocan a la par. Otra línea, la más extensa, la búsqueda de un bandoneón Doble A, que ha dejado de fabricarse hace décadas, lo que tarde o temprano afectará a futuros músicos. Y una tercera, la más emotiva, el encuentro con viejos bandoneonistas que se juntan a tocar los sábados de tarde entre ellos, por puro gusto.

Al respecto, acá, cuando se dice viejos bandoneonistas, se dice viejos, de verdad y sin la menor vergüenza. El que no tiene ochenta tiene noventa, como «el chula» Gabriel Clausi, que hace poco cumplió 95, un hombre que empezó a tocar profesionalmente a los 13, pasó por las formaciones de Francisco Pracánico, Miguel Caló, Arturo Bernstein, Pacho Maglio, Roberto Firpo, Pedro Mafia, Julio De Caro, Canaro, Arturo De Bassi, y otros, y todavía sigue.

Y ahí están también Marcos Madrigal, Luis Masturini, Miguel Mastantuono, Luis Aníbal, todos tocando maravillosamente entre ellos, o con quien guste arrimarse. A lo cual se suman el matrimonio ya septuagenario de Lidia y Lito Filippini, campeones de baile de salón en 2004, El Pibe Sarandi. Ofelia Rosito... Ya esto solo daba para un precioso documental, pero acaso para que no lo asocien tanto a «Buena Vista Social Club», el director Alejandro Saderman ha puesto también los otros dos temas. Para que no lo asocien con los viejos cubanos, y para que se asocien, los jóvenes y los veteranos del tango.

Por eso el eje del relato es Rodolfo Mederos, recuperando y transmitiendo las lecciones que recibió de Osvaldo Pugliese, y transfiriéndole a una muchacha de estos tiempos, Marina-Gayotto, nada menos que el bandoneón que él recibió de Astor Piazzolla. No se lo da en ninguna ceremonia de premiación, se lo da para que practique a fondo. Acá no se habla de duendes, no se ven duendes, sino mucha práctica, mucho empeño, mucho caminar las pistas, los escenarios, el taller de los luthiers, y las «yecas», y, sobre todo, se ve mucho cariño, por la música, por lo que cada uno hace, o recibe del otro.

Eso es lo que transmite «El último bandoneón», una obra quizás un tanto irregular, como pasa a veces cuando se combinar distintas cosas y hay escenas plenamente documentales y otras medio ficcionadas, pero, en todo momento, una obra atrapante, fluida, de natural emoción, y de engañosa sencillez. No cualquiera puede hacerla. Pero cualquiera puede disfrutarla, hasta el último acorde que se va tras los créditos finales.

P.S.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias