"El último rey de Escocia"

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«El último rey de Escocia» (The Last King of Scotland, G.Bretaña, 2006, habl. en inglés y swahili). Dir.: K. MacDonald. Guión: P. Morgan y J. Brock, sobre novela de G. Foden. Int.: F. Whitaker, J. McAvoy, K. Washington, G. Anderson, S. McBurney.

Para explicar(se) idiosincrasias que no entiende, parece que no sólo el cine de Hollywood necesita invariablemente de un testigo que traduzca lo que ve a códigos reconocibles. Es el caso de esta película inglesa «sobre Idi Amin» del documentalista Kevin MacDonald, que en lugar de basarse en datos de la realidad, prefirió hacerlo en un libro de ficción de Giles Foden, cuyo protagonista es un tal Nicholas Garrigan, médico escocés recién recibido, que decide ir a ejercer adonde le caiga el dedo al hacer girar el globo terráqueo. Primero le sale Australia, pero lo descarta y termina eligiendo Uganda, donde seguramente lo necesitan más.

Pronto está viajando en un micro lleno de gallinas entre otros alegres pintoresquismos, y pronto también está siendo fatalmente seducido por el imponente militar que acaba de autoproclamarse presidente de Uganda tras un golpe de Estado (corre el año 1971). Como la seducción es mutua (la película acaba de empezar y el muchacho ya realiza una acción tan inverosímil que hace temer por todo el resto), Amin lo invita a convertirse en su médico personal. Nicholas, joven al fin, acepta complacido. Después de todo, piensa, desde ese puesto puede «ayudar mejor a los nativos que compitiendo con los brujos de una aldea perdida.

Lo que sigue es la relación del paciente y su doctor (además de «principal consejero»), en una especie de thriller, donde el joven blanco tarda en pasar de la total credulidad al espanto. Primero se va enterando de algunos -mínimos- datos útiles para todo espectador, que como él, desconoce esa parte de la historia del siglo XX. Por ejemplo, que fueron los británicos quienes propiciaron la llegada de Amin al poder y que son ellos los que lo sostienen. El futuro dictador había pertenecido al ejército colonial inglés, donde ascendió al tope de lo permitido a un africano y cuando tomó el poder fue saludado por el Foreign Office como «un hombre espléndido y un gran jugador de fútbol».

Por lo demás, para Garrigan, su jefe es un ser fascinante, acaso un tanto infantil a veces y afecto a las fiestas ostentosas, pero también un hombre que ama a su país y está dispuesto a dar su vida por él. Y aquí es donde es preciso detenerse en Forest Whitaker («El juego de las lágrimas», «Bird»), el actor que sostiene esta película menor y la puso camino a un Oscar, para él exclusivamente. Su composición es realmente impresionante: por momentos es Idi Amin, en esas raras actuaciones-reencarnaciones que ponen los pelos de punta. Su trabajo es también un punto a favor de los guionistas y el director de «El último rey de Escocia», ya que al cuidarse muy bien de construir un monstruo de caricatura, lograron también justificar un tanto la estolidez del héroe de esta historia. De otro modo, sería directamente risible que éste no tomara nota alguna del horror que caracterizó la era Amin, un fanático de los escarmientos públicos, por dar sólo un ejemplo. Ni hablar del hecho de que hasta tuvo un amorío con una de las esposas del presidente sin más recaudos que los que tomaría cualquier amante respecto de un marido celoso. Ahí, recién ahí, y en su propia carne, Garrigan despertará al genocidio con el que convivió todo el tiempo que trabajó para su admirado Amin. Y ahí, recién ahí, el espectador tendrá frente a sí un par de imágenes aterradoras.

En definitiva, que esta película es casi pura ficción y, como tal, no es para entender siquiera algo sobre el Africa poscolonial, los conflictos étnicos, la lógica de las decisiones políticas, sociales y económicas de Idi Amin y otros datos de la realidad histórica.

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