29 de enero 2004 - 00:00

"En compañía del miedo"

«En compañia del miedo» («Gothika», EE.UU., 2003, habl. en inglés) Dir.: M. Kassovitz Int.: H. Berry, R. Downey Jr, P. Cruz, C. Dutton.

A ntes de cumplir 30 años, el director Mathieu Kassovitz ya había sacudido a Francia con el hiperrealismo de «El odio». Su siguiente film, el sangriento polar «Assasins» (inédito en la Argentina, incluso en video) le sirvió para espantar a los productores europeos. Con «Los ríos color púrpura» siguió el camino de Luc Besson poniendo su talento al servicio de una producción hollwoodense filmada en Francia, una mezcla de superproducción americana y politica-ficción al estilo europo, fórmula que dio perfectamente en el blanco.

En su primer proyecto enteramente hollywoodense, Kassovtiz no iba a dejar de hacer notar su firma, incluso de manera exagerada. El resultado es un electrizante delirio con muchos defectos, pero con un nivel del tension único, al extremo que casi no da un minuto de relax.

•Laberinto

La trama es una excusa utilizada por el director para armar su laberinto de simbolismos sutiles, herméticos o casi obvios: Kassovitz retuerce cada situación al maximo, aun en el breve prólogo que describe la vida normal de la psiquiatra encarnada por Halle Berry, que pronto es ubicada del lado de las enfermas: aunque ella no recuerda nada, está internada por descuartizar a su esposo con un hacha. La protagonista necesita casi toda la película para poder afirmar que la lógica no es todo.

Ni este film, ni los clásicos de Dario Argento que lo inspiran -como «Suspiria» o « Inferno»- necesitarían explicar que un mal sueño no tiene lógica. Aquel infierno de Argento está encantador en la versión Kassovitz, aggiornado con actrices clase A mezcladas con conflictos que obsesionan al director de «El odio» e ideas propias del terror nipón post «Ringu». Un ejemplo: mientras la protagonista aguanta la respiracion en el fondo de una pileta de natación para que no la atrapen, un guardia le recuerda al otro que no hay apuro, ya que ese trabajo se cobra como hora extra.

Lo mejor es que cualquier mensaje sutil o grosero del director distrae del terror general: la dirección de arte, la fotografía, y la música de John Ottman se convierten en instrumentos implacables al momento de aterrorizar al espectador sin piedad, y casi sin golpes bajos del estilo «sólo era el gato», ni agregando otro asesinato que incrimine a la protagonista. Al final, el torpe desenlace ayuda a percibir la falta de lógica de todo lo que se vio anteriormente, pero no sería lógico negar la tensión experimentada durante casi toda esta insensata, terrible pesadilla.

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