14 de febrero 2002 - 00:00
Entretenida "remake" de una antigua travesura de Sinatra
-
La nueva película de Netflix grabada en la Cataratas del Iguazú que se convirtió en la más vista de la plataforma
-
Con un regreso triunfal: Netflix estrenó la nueva temporada de una serie muy esperada y popular
Andy García y George Clooney
Hace diez películas y más de una década, Steven Soderbergh se convirtió en el primer director promisorio de la entonces novedosa escena del cine independiente americano. Lo logró con un film intimista, «sexo, mentiras y video» (así, en minúsculas) era un drama psicológico con cuatro personajes unidos relaciones confusas y conflictivas, detonadas por el uso perverso de una cámara casera de video. Luego de desaparecer debido a emociones pasajeras como «Kafka» o «El rey de la colina», Soderbergh logró madurar, filmó buenas películas que además fueron éxitos comerciales, empujaron la carrera de estrella famosas, y hasta ganó un Oscar como director por «Traffic». Habiendo dirigido alegatos de Michael Douglas y luchas ecológicas de Julia Roberts -y siempre manteniendo la calidad-, Soderbergh ahora debía aprovechar esos raros momentos en la carrera de un director en los que puede apostar por el proyecto imposible que no se podría concretar sin tantos éxitos recientes.
En 1960 Sinatra convocó a todo su círculo de compañeros de juerga para filmar una película en la que roban los mismos casinos que, en la vida real, tenían contratados a todos por grandes sumas de dinero.
Divertir
Siendo una película de género sin aspiraciones de Oscar, «La gran estafa» es uno de esos raros ejemplos de divertimento de calidad, pensado para complacer al gran público sin subestimarlo.
En cambio, es más fácil que suceda lo contrario y algunos espectadores la subestimen como simple divertimento trivial de un director apreciado por cosas más serias. O por lo menos, sin acróbatas chinos haciendo piruetas sobre rayos laser, ni sofisticados gadgets electromagnéticos que paralizan la Tierra -no por un día, sino apenas 30 segundos-.
En todo caso, Soderbergh hizo algo tan importante como contratar al casi olvidado Elliot Gould. O darle uno de los mejores papeles de su carrera a Carl Reiner, director de «Cliente muerto no paga» y «El Show de Dick Van Dyke», que aquí se convierte en el mejor actor cada vez que compone a un traficante de armas trucho. Albert Finney no lo hubiera hecho mejor, pero igual se hubiera llevado un Oscar al mejor actor de reparto.
Quien prefiera al Soderbergh realista y comprometido debería ponerse en su lugar: luego de tanto trabajo para ganar premios, poder y dinero, este cineasta parece haber elegido esta tontería como una especie de auto-recompensa. En todo caso, por algún motivo, cada vez que el personaje de Clooney entra o sale de prisión, o siempre luce un maltrecho tuxedo igual a los que se usan en la ceremonia del Oscar.




Dejá tu comentario