30 de marzo 2005 - 00:00

"Escribí con imágenes de mujeres que me turbaron"

Hoy llega a las librerías de Buenos Aires la nueva obra de Umberto Eco, que el autor de «El nombre de la rosa» planeó como «novela ilustrada».
Hoy llega a las librerías de Buenos Aires la nueva obra de Umberto Eco, que el autor de «El nombre de la rosa» planeó como «novela ilustrada».
En «La misteriosa llama de la Reina Loana» (Lumen), quinta novela de Umberto Eco que ya fuera un acontecimiento en Italia, donde ha dominado las listas de los más vendidos durante meses, por primera vez, el filólogo italiano olvida la historia remota («El nombre de la rosa», «Baudolino»), y recupera «su» historia, la de la Italia de los años 30, la de su infancia y el fascismo, las historietas de la reina Luana y su primer amor, Beatriz.

Autobiografía sentimental apenas disfrazada, la obra -que se declara «novela ilustrada»- cuenta de Giambattista Bodoni, Yambo para los amigos, hombre de 60 años, que despierta, tras estar en coma, sin recordar nada de su pasado pero sí los libros que ha leído, personajes, autores.

Conversamos con el escritor, que sufre el peor de los suplicios: enfermo de las cuerdas vocales, no puede hablar, pero sí escribir y recordar, a vueltas con la nostalgia imposible.

Periodista
: ¿Recuerda lo que decía cuando le preguntaban que por qué había escrito «El nombre de la rosa»?

Umberto Eco: Sí: porque a los 50 años, o se escapa uno con una bailarina, o escribe un bestseller...


P.:
¿Y qué diría ahora a quien le preguntase que por qué ha escrito «La misteriosa llama de la reina Loana»?

U.E.: Podría decir que porque odio al escritor Asor Rosa... Cuando presenté hace unos años su libro «El alba de un mundo nuevo» fue lo primero que dije: «Odio este libro». Había contado lo mismo que yo tenía ganas de contar, la infancia, la educación recibida, la Italia de los años 30 y 40, el fascismo, la guerra, la Resistencia. «Odio este libro porque ha hecho de forma espléndida algo que hubiera querido hacer yo», eso dije. Entonces miré a los ojos de Rosa y le dije: «Pero te prometo que lo haré».


P.:
¿Cómo se le ocurrió el libro?

U.E.: Pensaba: No será una autobiografía, mejor tomar distancias. No seré ajeno a la historia, porque al protagonista obviamente le daré todos mis recuerdos, pero no seré yo, será alguien que no haya escrito una línea en su vida, alguien sin ningún interés por la política, alguien con un trauma en la infancia que yo no tengo, que ha tenido un amor en el colegio como todo el mundo, y después hay un hermoso momento en el que se hace una paja con Josephine Baker, se la hace él, ¡que quede claro! no soy yo quien se la hizo...


P.:
¿Se ha documentado?

U.E.: Durante dos años recorrí mercaditos, mercados de las pulgas, sitios nostálgicos en internet, recopilando mi pasado. En casa tengo ahora un pequeño museo de mi infancia y adolescencia... Estanterías y vitrinas llenas de albumes de Topolino, Flash Gordon, ejemplares de Novella y de las elegantes revistas francesas que leía mi madre, de las cartillas de cuando aprendía a leer, de la saga de Sandokán, de viejos paquetes de Macedonia Extra (el mismo tabaco que fumaba mi padre), del Nuovisimo Melzi edición de 1905 con la mesa de suplicios, el catálogo de torturas que miraba a la vez fascinado y horrorizado, de perfumados calendarios de peluqueros, la película «Vorrei volare», del manifiesto de propaganda fascista en la que un negrazo se agarra lascivamente a la Venus de Milo, de figuritas Perugina... Muchas de estas imágenes han acabado en «La misteriosa llama...», un libro ilustrado como los que leía de niño...


P.:
Le habrá costado salir de entre tanto recuerdo...

U.E.: Tuve que decidir dejarlo, porque había llegado a vivir en una especie de autismo. Siempre me gustó cantar, durante noches enteras, con mis amigos Gianni Coscia y Mario Andreose, entonamos canciones de los años 20, himnos religiosos (de «Bella tu sei qual sole» a «Bianco padre») y, cuando chico, éxitos fascistas a partir de «Giovinezza». Pero lo había hecho siempre en compañía, y ahora me sorprendía canturreando solo el himno de los submarinistas o «Bambina innamorata, stanotte ti ho sognata sul cure addormentata e sorridevi tu».


P.:
¿Qué quería ser de grande el pequeño Umberto Eco?

U.E.: El pensamiento que más me rondaba la cabeza era: seré soldado. Y cada vez que oía en la radio los infinitos actos de valentía, heroísmo y abnegación que llevaban a cabo nuestros valerosos soldados, más se enraizaba ese pensamiento en mi corazón y ninguna fuerza humana parecía capaz de erradicarlo.


P.:
¿Todos los recuerdos que le presta a Yambo son suyos?

U.E.: No. Por ejemplo, una vez alguien me contó un episodio de la Resistencia que aparece en la novela. Un grupo de partisanos en fuga, por la noche, entre ellos un cirujano. Los patriotas llevan cinco alemanes que han hecho prisioneros. El dilema es que no pueden liberarlos (revelarían a sus perseguidores su posición) pero tampoco llevarlos consigo, pues ralentizarían la fuga. Así que el cirujano los degüella con un bisturí.


P.:
Una de las imágenes que conserva es una viñeta aparecida en el 36 en el «Corriere dei Piccoli»: el héroe Mario que se bate en Etiopía contra Ras Aitù. A su espalda lleva a la hermosa y sensual Gemmy...

U.E.: Luego durante la fuga Gemmy descubre gran parte de su pierna izquierda, hasta la rodilla, ¡es una figura fundamental de mi biografía! Esa es una imagen eidética, la primera cosa que, cuando tenía seis años, me provocó excitación sexual.


P.:
¿Qué le llevó a escribir su autobiografía a través de esas ilustraciones?

U.E.: Siempre he andado haciendo cuentas con mi pasado. El día de nochevieja lo pasaba haciendo llamadas de felicitación a todas mis ex novias. Tengo amigos a los que les salen babas verdes si les recuerdas su infancia o su adolescencia.Yo, sin embargo, estoy en paz con esa edad y he intentado no perder el contacto con ella. Ayer recibí una carta de una profesora del instituto, que me dice: «Queridísimo Umberto, hoy he cumplido 90 años». No puedo mantener el contacto con mi primera maestra porque ha muerto, pero si no lo mantendría.


P.:
Muchas mujeres en este libro...

U.E.: Para hacer este libro he buscado y reencontrado imágenes de mujeres que me han turbado a lo largo de mi vida. Los hermosísimos rostros femeninos de las tapas de la revista «Novella». Los cuerpos de mujer de las portadas del dibujante Averardo Ciriello para un periódico pornográfico de posguerra que se llamaba «7sette» y que fue prohibido y el editor lo rebautizó «8otto». He conseguido dos copias en un anticuario de Bolonia. Si uno lo ve ahora, es como si leyese Jesús. Y aquellas tapas que tanto me turbaron son de una castidad absoluta, como mucho se veía poco más allá del tobillo.


P.:
¿Y qué me dice de su Beatrice?

U.E.: Beatrice es la muchacha que amé platónicamente en mi adolescencia. No la volví a ver, jamás. De vez en cuando los compañeros de entonces me decían: «está enferma». Yo decía: «un día iré a verla, le diré: tú no lo has sabido nunca, pero durante tres años escribí poemas que hablaban de vos». Hace dos años aquella muchacha se murió, a los 70 años, y me siento muy mal.Ya nunca podré decírselo.


P.:
¿Fue eso lo que le llevó a escribir este libro?

U.E.: Desde hace tiempo me daba vueltas la idea de escribir un libro de memorias, aunque sólo fuese por tener una excusa para volver a encontrarme con «Pippo non lo sa» y con el planeta Mongo, con «Maramao perchè sei morto» y con Fantomas. Pero seguramente, es cierto, lo que me hizo decidirme por fin a escribirla fue esta historia de la muchacha muerta.

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