5 de diciembre 2006 - 00:00
Escritura y memoria, unidas en las obras de Clorindo Testa
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Confirmando que todas sus creaciones, tanto artísticas
como arquitectónicas, son autobiográficas, Clorindo Testa
exhibirá, a partir del 10 de diciembre, obras que repiten los
números y frases que aprendió en primer grado.
La escritura de la memoria significada en las obras de Testa, se convierte en una memoria de la escritura, según sucede en las autobiografías literarias. Las Confesiones de Rousseau valen no sólo por lo que en ellas refiere el pensador ginebrino sino por la manera en que las vierte. Paul de Man y Philippe Lejeune, entre otros, han concluido acertadamente en que la autobiografía carece de valor referencial absoluto, esto es, que la identidad del autor no es previa a la escritura sino resultado de la escritura.
El pasado constituye el material de base para indagar quién se es. Pero el pasado, personal o histórico, sólo se recupera por medio de la imaginación. La memoria individual supone un tejido de memorias, y el único tiempo del yo, el que le pertenece sólo a él, es el tiempo de la escritura: un presente simultáneo, en el cual confluyen el pasado y el futuro. Testa también recobra el pasado personal e histórico a través de su imaginación, una imaginación fecunda y audaz.
A partir de la serie «Mediciones» (1972), con la que Testa retorna a lo figurativo, la autobiografía del artista y arquitecto deja de ser una dispersión de síntomas para concentrarse en una entidad (cuasi) narrativa. «Estoy riendo», «Estoy llorando», «Estoy despierto», «Estoy dormido», «Estoy vivo», «Estoy muerto», son para Testa «estados de ánimo», con los cuales busca narrar su existencia. Estar y ser, en suma, abarcados en su alianza, de la que es símbolo y recinto la morada del hombre. «Esta es mi casa» -dibujo de un techo modesto, de ramas, sobre el cual se apoyan y al cual sostienen, inclinadas, ocho estacas de madera que descansan en el piso- es también una medición y una medida del hombre, propia del arquitecto y del artista. La imagen común de esa serie era la de un mismo rostro humano visto de perfil. Pero no sólo era un mismo rostro: sus gestos, sus actitudes -la risa y el llanto, la vigilia y el sueño, la vida y la muerte- eran, de alguna manera, similares, como si hubiese diferencias notables entre unos y otras. Como si el hombre fuese igual en cada una de sus manifestaciones. Y lo es, desde la cuna hasta la tumba, «mediado» por su vida y por su casa, por el abierto horizonte del campo y por la cerrada obstinación de la ciudad.
Noel Arnaud resumió en un poema lo que Bachelard supuso en una alegoría: «Soy el espacio en donde estoy». Y el espacio en donde Testa ríe y llora, despierta y duerme, vive y muere, es el espacio del artista y el arquitecto en el tiempo autobiográfico en que se construye a sí mismo y construye para todos los seres humanos. Su arquitectura es exclusiva, difícil de encasillar, a pesar de la diversidad de recursos que utiliza para materializarla.
Desde entonces se puede hablar de series que, en rigor, son capítulos de la autobiografía que viene articulando. Y aun aquellas obras que aporta a las muestras colectivas se insertan en la misma narración, como los «Graffitti españoles» (1986), el «Gliptodonte» (1988), «El Espejito Dorado» (1990), «La fiebre amarilla» (1991) y «Explosión» (1992). Esta modalidad de trabajo, tan cercana a la del arquitecto -quien diseña a partir de un programa-, no hace sino confirmar nuestra teoría acerca del carácter autobiográfico de la obra de este gran creador, relator y relatado.


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