4 de junio 2007 - 00:00
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El «Jardín filosófico» de Miguel Harte muestra un universo
cargado de fantasías y resonancias (arriba). «La portadora
de la palabra»
de Juan Carlos
Distéfano,
acentúa lo
dramático. Es
una escultura
en el sentido
cabal del
término, que
recuerda las
figuras
arcaicas del
arte griego (abajo).
La obra de Costantino funciona como una bisagra con las del grupo de artistas que surgió del Centro Cultural Rojas, donde la escultura tiende a desdibujarse y reaparece, jerarquizado, el objeto. Las excepciones son Martín Di Girolamo, que mantiene cierto clasisismo formal en «Sola», una figura ecuestre femenina, y Sebastián Gordín, que con inspiración gótica planta la blanca figura de «Carroll Borland» que aparece en la sala como extraída de un film de terror.
Con un enrulado, colorido y bello arabesco que oscila entre la pintura, la escultura y el objeto, Jorge Gumier Maier provoca una verdadera ruptura formal, que suma a la del contenido, pues sus abstracciones evocan el arte Madí pero vaciado de su ideología original. Cristina Schiavi muestra un atractivo «Esqueleto» emparentado con el diseño de los años '50. Y con su barroquismo excesivo, una lámpara de Omar Schiliro cargada de luces, volutas y oropeles se expone como paradigma del arte ornamental. En esta vertiente neobarroca, el «Jardín filosófico» de Miguel Harte muestra un universo cargado de fantasías y resonancias.
Román Vitali exhibe una casita de cuentas de colores en medio de un parque. Pero en este paisaje idílico hay un accidente, un quiebre significativo, el artista ha partido al medio la casa como si señalara el fin de una época. Algo similar ocurre con las esculturas blandas de Marina De Caro, los enormes nudos que penden del techo, a pesar de la dulzura doméstica del material y la alegría que irradia el color, se perciben como núcleos conflictivos. Entretanto, las ambiguas redondeces de tonos pastel que como gigantescas golosinas presenta Elba Bairon, resultan más enigmáticas que juguetonas. Mientras las radiantes formas antropomórficas de lycra de Ariadna Pastorini, adhieren a una estética decorativa y esconden sin embargo su misterio.
Con su accionar contenido, Daniel Joglar, al igual que un malabarista transforma en arte los objetos más comunes de la vida cotidiana. En este caso, unos cubos de madera colocados sobre una mesa que podrían no significar nada, dispuestos por él en un lugar preciso alcanzan una belleza suprema. Es como si el artista poseyera una clave de la conciencia estética para calcular de modo milimétrico, dónde se encuentra el lugar exacto de la belleza.
Con un criterio sumamente selectivo, Emiliano Miliyo cita las «marcas registradas» del arte que incidieron en su evolución. Ahora muestra la imagen deformada ( anamorfosis) de la calavera pintada en el cuadro «Los embajadores» de Holbein, un dramático «memento mori» o recordatorio de la muerte, un exorcismo contra la vanidad, pero la convierte en un objeto escultórico pleno de resonancias actuales.
La instalación de Víctor Grippo «Algunos oficios» de 1976, reconstruida a base de fotos con los elementos originales que utilizó el artista, es la estrella de la muestra y se separa conceptual y estilísticamente del resto. Destinada a valorar el más elemental trabajo manual (carpintero, picapedrero, agricultor, albañil, herrero) y la capacidad del hombre para transmutarla materia, su hábitat y finalmente el mundo con sus manos, esta obra crucial en la carrera de Grippo se exhibió en Londres en 2006 y no se veía en la Argentina desde hace más de 30 años.
La exposición se completa con el inmaculado minimalismo de Silvana Laccara, las aerodinámicas y estilizadas esculturas de hierro de María Juana Heras Velazco y de acero de Enio Iommi, las formas opulentas de Mónica Van Asperen, una instalación de Martín Calcagno, y «Corridor Desk» de Leandro Erlich, una obra seductora e inclasificable de un artista que se dedica a alterar el orden natural de las cosas.



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