Carlos Santana ( guitarra). Con Ch. Thompson (teclados), K. Perazzo (timbales), B. Rietveld (bajo), A. Vargas (voz), W. Ortiz (trompeta), D. Chambers (batería), R. Rekow (congas), J. Cressman (trombón) y T. Maestu (guitarra rítimica). (Campo de Polo, 9 de marzo.)
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Carlos Santana volvió a Buenos Aires por tercera y lo hizo en su mejor expresión. Cuestionado por la crítica y mimado por la industriadespués de discos muy exitosos aunque más concesivos, como «Supernatural», «Shamán» o el más reciente «All That I Am», lo esperable era encontrarse con un Santana apostando a los hits que le han hecho vender millones de discos, ganar premios y seducir a nuevos públicos más cercanos en el tiempo.
Sin embargo, aunque no faltaron a lo largo de su muy extenso concierto súper hits como «Smooth», «Corazón espinado» y «Yaleo», o la inclusión de su amigo Alejandro Lerner para compartir «Hoy es adiós» como único invitado, todo estuvo más cerca del Santana original que del más marketinero años '90. Tanto que, como en sus anteriores visitas, arrancó con un tema emblemático de Woodstock -que un público muy elegante acompañó con el clásico cantito-, como es «Soul Sacrifice».
La banda que acompaña al guitarrista (con un renglón destacado para el impresionante baterista Dennis Chambers) es un verdadero reloj. Con el baile como eje, aunque las rígidas plateas instaladas en el Campo de Polo no dieran lugar al despliegue corporal, Santana y sus muchachos pasaron de los temas agitados -algo de salsa, algo de pop latino- a las baladas lentas, especialmentes para la danza más íntima.
Recorrieron clásicos de su repertorio, como «Batuka», «No One to Depend On», «Evil Ways» -que interpoló «A Love Supreme» de John Coltrane-, «Black Magic Woman», «Gipsy Queen», o los muy populares «Oye cómo va» y «Samba pa'ti». Pero hubo también homenajes a Bob Marley, desde su camisa y con el tema «Exodus», y a Jimi Hendrix, con «Purple Haze».
Lo dicho: el grupo no admitecríticas; y a la maravilla de Chambers se sumaron las vibrantes percusiones de Raul Recow y Karl Perazzo y, por supuesto, la virtuosa guitarra de Santana. En cambio, fue menos interesante el trabajo del vocalista Andrew Vargas, demasiado inspirado en Ricky Martin y obsecuente con su jefe, al que mencionó permanentemente en medio de las canciones.
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