Una ambiciosa producción rosarina inspirada en Shakespeare y un par de documentales viajeros conforman las novedades del cine argentino de esta semana. No es mucho, pero tiene su interés.
La cartelera llega con poca oferta, pero interesantes. Una ficción argentina que se inspira en el dramaturgo inglés y lo traduce en términos locales. Y después dos miradas sobre el recuerdo de un padre en un país lejano y un proyecto solidario y emotivo.
"Romeo y Ofelia" tiene un poco de 'Hamlet', un tanto de 'Romeo y Julieta' y mucho de la oscuridad escocesa.
Una ambiciosa producción rosarina inspirada en Shakespeare y un par de documentales viajeros conforman las novedades del cine argentino de esta semana. No es mucho, pero tiene su interés.
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La rosarina fue escrita, dirigida y coproducida por el ya veterano Gustavo Postiglione, se titula "Romeo y Ofelia" y, como anuncia una presentadora, "tiene un poco de 'Hamlet', un tanto de 'Romeo y Julieta' y mucho de la oscuridad escocesa", por no decir "Macbeth". Cierto, oscuridad es lo que abunda, más que nada en el alma de los personajes, que no surgen de Gran Bretaña sino de los bajos fondos de Rosario. El drama se ambienta en estos tiempos. Han matado al rey cuyo trono era el bar "Dinamarca", un antro de barras bravas y otra gente de mal vivir, empezando por su viuda y el propio asesino, que para ganar unas elecciones promete falsamente acabar con la delincuencia de toda la zona. Con ese nivel de hipocresía y cinismo se ocultan crímenes, se acuerdan pactos con la banda rival, un inocente es acusado y la inesperada pareja de enamorados es vista con malos ojos y con cámaras de seguridad. Esto es moderno, desaparecieron las viejas armas y el lenguaje poético. Se impone el habla cotidiana de la gente vulgar. Rara vez afloran algunas líneas de los viejos textos ("solamente tu nombre es mi enemigo", por ejemplo) pero en cambio se mantienen nombres, caracteres, algunos destinos y una comprensión amarga del uso del poder en quienes mandan. Por algo las historias de Shakespeare siguen teniendo ecos actuales. Y esto además también tiene un poquito de Bertold Brecht.
Pueden objetarse entre otras cosas unos cuantos gritos de más, un elenco desaparejo, un noticiero informando lo que pasa como si no lo hubiéramos advertido y un recitado teatral, pero son manchas comparativamente menores y además, y acá hay algo interesante, esto es, qué duda cabe, teatro filmado pero filmado con una escenografía y una iluminación cuidadosamente trabajadas y en particular una cámara manejada por el propio director, cuyos desplazamientos permiten armar todo el drama en planos secuencia. Esto último ayuda a mantener y a veces acrecentar la tensión de lo que pasa en escena. En síntesis, un trabajo digno de respeto, lleno de ideas creativas y empeño cívico frente a la sociedad donde se vive y las circunstancias en que se filma. Dicho sea de paso, "Romeo y Ofelia" se hizo hace ya dos años. Recién ahora se estrena.
En cuanto a los documentales, "Islandia", de Leandro Cerro, transcurre en aquellas lejanias casi siempre nubladas, con paisajes singulares, pero no es un film promocional de turismo, sino algo así como el repaso de un cuaderno de viaje que se recorre salteando páginas y hablando entretanto de algo más importante: el recuerdo del padre cuya muerte se mantiene fresca en el pesar del viajero. Lo otro, lo que vemos, es ese viaje contado en primera persona por rutas, festivales de música, artistas locales, un trabajo circunstancial en una granja o la clase de música en una escuelita. Hay noticias de Bjork, temas de otros autores, un poema de Borges.
Y "Hornos sin fronteras", de John Dickinson, sigue las actividades de una asociación de ceramistas muy particular creada por Emilio Villafañe, hijo del recordado titiritero y poeta Javier Villafañe, aquel que recorría todo el país en un carromato alegrando a los niños de los lugares más lejanos. Ahora, desde 2018, los miembros de esta asociación vienen construyendo hornos en escuelas rurales, centros culturales, comunidades indígenas, etc., cosa de expandir el conocimiento del oficio y aportar a las pequeñas económicas regionales. Conviene recordarlo: Hornos sin Fronteras, como Médicos sin Fronteras, porque ellos también contribuyen a la salud de los más desvalidos. A esta altura ya han instalado 47 hornos, desde Tolhuin para arriba, todo a pulmón y sin animo de lucro. Eso es hacer patria.