L a obra de Juan Carlos Lasser (1952), es reconocible de inmediato. Un gesto pictórico que se inicia con manchas sobre la tela, una sucesión de relaciones entre formas y colores, pincelada vital y una gran movilidad que atraviesa toda la tela. Estas características ya señaladas en ocasión de anteriores muestras no indican que Lasser repita un esquema. Es su yo, vibrante, emotivo, ante el hecho pictórico. Sin dejar ese torbellino tumultuoso, en su exposición actual «Lo visible y lo otro», las formas se materializan fragmentariamente y le toca al observador tratar de integrar esos fragmentos que oscilan entre lo real y la memoria.
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En cuanto a su cromatismo, se expande en múltiples direcciones. Aparece intenso, equilibrado, a veces los colores se anulan unos a otros, vehemente, calmo, apasionado. Un permanente contrapunto donde no hay lugar para el reposo, por eso Antonio Dal Masetto en la presentación del catálogo dice que «el testigo, sorprendido, es tomado por asalto».
Lasser, a través de su obra, aún en épocas tan oscuras, invita a imaginar un mundo que no puede prescindir del color. Artista de vasta trayectoria, expone en la Argentina y en el exterior. Además de realizar una importante labor docente, ha recibido numerosas distinciones, entre ellas, el Gran Premio de Honor del LXXXI Salón Nacional de Artes Plásticas, Primer Premio Salón Nacional de Rosario y de Santa Fe, Primer Premio Salón Municipal Manuel Belgrano y su obra se encuentra en museos y colecciones particulares. Centro Cultural Recoleta. Clausura el 20 de abril. • ArteBa Sala 10 en el Centro Cultural Recoleta es un nuevo espacio que cuenta con el patrocinio de la Fundación organizadora de la Feria de Arte que ya va por su edición número 12. Para su primera exposición se reedita la muestra que la Galería Bonino realizó en los '60 con los artistas José Antonio Fernández Muro (1920), Sarah Grilo (1920), Kasuya Sakai (1927-2001), Miguel Ocampo (1922) y Josefina Robirosa (1932). Las obras pertenecen a los coleccionistas que las adquirieron en ese entonces.
Alfredo Bonino fue un experto marchand, verdadero formador de coleccionistas que mostraba a artistas de renombre como Raquel Forner, Basaldúa, Pettoruti, por sólo nombrar algunos, pero que no eran suficientemente valorados en su cotización. De ojo certero y sensible a lo que se estaba gestando, dio cabida a nuevos valores y tuvo como consejeros a gente de la talla de Manuel Mujica Láinez y Guillermo Whitelow. Los artistas mencionados, pertenecientes a lo que se dio en llamar «abstracción lírica» o «abstractos intuitivos» según el calificativo acuñado por Jorge Romero Brest, se convirtieron en consagrados cuando el Museo de Bellas Artes les organizó una importante exposición en 1960.
Fernández Muro, artista surgido del Grupo Concreto, un esteta respetuoso de lo formal, utilizó rayado, punteado, un refinado monocromatismo. Más adelante adhirió al informalismo y quizás influenciado por las capitales en las que vivió (París y Nueva York), incluyó texturas y brillos para sus grafismos. Actualmente vive en Madrid con su esposa, Sarah Grilo. También refinada artista cuyo cromatismo sensible se revela en sus variaciones geométricas de círculos y planos.
Los cuadros de esa década de Miguel Ocampo se caracterizaban por millares de pequeñas manchas que se esparcían por toda la tela, un puntillismo alejado de toda figuración y que denotaba su gran maestría técnica. Vibraciones poéticas de un artista que desde La Cumbre cordobesa donde ya hace años se ha radicado, se dedica actualmente a exaltar el lumínico paisaje que lo rodea.
Cada vez que aparece una obra de Clorindo Testa de ese período, ya superado por el artista, se admira las calidades de grises, blancos y negros extendidos en el plano, las texturas que se funden en el espacio y que prologaron la constante experimentación y renovación a la que Testa somete su quehacer artístico.
Los cuadros de Kasuya Sakai son generosos en materia y color. Las formas parecen arrastradas en un flujo incesante, a la manera del pensamiento oriental que dice: «Cuando mi pincel toca el papel va tan ligero como el viento. Mi espíritu se lleva todo por delante, antes que el pincel llegue a destino».
Confirmando el papel de la Galería Bonino como plataforma de lanzamiento de artistas que hoy se llamarían emergentes, Josefina Robirosa hizo su primera muestra individual en 1959 y que se sucederían hasta 1978. Hasta el 30 de abril.
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