Ryunosuke Akutagawa «Vida de un loco. Tres relatos», Bs.As., Emecé, 2006, 210 págs.)
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De los tres relatos que integran este volumen, «El biombo del infierno» es el de mayor tersura literaria. Se trata de una narración febril, escrita en primera persona por un testigo sin nombre que describe, paso a paso, la siniestra conducta de un pintor de talento obsesionado en reproducir las más vívidas escenas del infierno a costa del sufrimiento ajeno. A través de esta fábula macabra, que combina elementos siniestros con otros de gran calidad plástica, Akutagawa examina los alcances de la creación artística y su cuestionable tendencia a ignorar toda pauta moral que interfiera en sus objetivos.
El resto del material incluye anotaciones poéticas, reflexiones literarias y filosóficas, apuntes sobre la vida cotidiana y una suerte de diario de escritor, «Los engranajes» (póstuma recolección de escritos) en donde este gran maestro del relato japonés reseña -no sin cierta autocomplacencia- sus habituales alucinaciones y crisis de nervios. Akutagawa creía haber heredado la esquizofrenia de su madre, fallecida cuando él era niño. Lo criaron unas tías solteronas bajo estrictas normas de conducta, pero su excepcional inteligencia le permitió ingresar sin examen a la Universidad Imperial de Tokio en donde se especializó en literatura inglesa. Luego se casó, tuvo tres hijos, ganó prestigio literario. Víctima de un progresivo deterioro psíquico y espiritual se quitó la vida a los 35 años con una sobredosis de veronal. La presente recopilación permite apreciar su estética decadente y llena de contrastes, en donde se dan cita lo sórdido, lo grotesco, la cita erudita y la imagen pictórica. El tono de estos relatos es siempre melancólico, cuando no, depresivo.
El autor se identifica plenamente con la torturada personalidad de Ivan Karamasov, entre otros personajes de Dostoievski, pero también vive como propia la locura de Maupassant o las crisis « infernales» del escritor y dramaturgo sueco August Strindberg. Como señaló Borges en una reseña editorial de 1959 ( recuperada aquí como epílogo): «La extravagancia y el horror están en sus páginas, pero no en el estilo, que siempre es límpido».
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