Feria del libro: cuando más es menos

Espectáculos

A veces, como en la Feria del Libro de este año, no siempre la mayor cantidad se convierte en mejor calidad. Más amplitud, menos organización, más caro todo. Hay una dificultad grave para los visitantes que no son sólo paseantes: si vienen a ver libros, pero además quieren estar en una charla pública, enfrentan el problema de ir de una punta a la otra, de recorrer cuadras y cuadras. La Feria está más amplia, y si alguien quiere ir a ver una mesa redonda en la Sala Leopoldo Lugones y esta en un local cercano a Avenida Cerviño tiene que caminar hasta prácticamente la Avenida Santa Fe. Porque el Pabellón Ocre, donde se ha concentrado a la mayoría de las salas de actos, está junto a la entrada por Plaza Italia, en un salón donde no hay libreros ni editores, sólo stands de algunas provincias y entes nacionales. Dramáticamente mal planeado porque o quita interés por los actos, o resta interés por los libros.

Y orientarse, este año, es más difícil. Uno de los grandes escollos de la Feria es que han retirado las alfombras que correspondían a cada pabellón, sustituyéndolas por una única alfombra roja. Antes, las alfombras verde, azul, amarilla y ocre servían para ubicar los pabellones temáticos correspondientes. Cuando el visitante caminaba con sólo mirar el piso sabía dónde estaba, y eso facilitaba la localización de los stands. Eso ya no es posible. Ahora, esa eficaz señalización ha sido sustituida por el color de gruesas columnas que se confunden miméticamente, en todos los casos, con los coloridos stands. En definitiva la gente se pierde.

Del mismo modo, los precios se han vuelto en muchos casos prohibitivos, y las mesas de saldos no abundan. Una visitante estaba por comprar el libro de una cocinera y, al escuchar sus amigos que costaba 108 pesos, le sugirieron que se grabara las recetas que esa chef enseñaba por televisión. El precio de los libros lleva a constantes sorpresas. Por caso, el clásico reiteradamente recomendado por Borges, «Vida de Samuel Johnson» de James Boswell, se vende a 399 pesos.

«La Feria del Libro aún no explotó», comentó a este diario uno de los pocos históricos editores independientes en su periférico stand. «La gente llega en forma paulatina, ve de menor a mayor. Si el domingo hubo más público fue porque estaba nublado, feo para andar por ahí. Y acá anduvieron familias con sus chiquitos hasta las ocho. Y, además, este es un evento de público cautivo. A esa gente no le importa cómo esté la Feria, si encontró algún libro que buscaba, si está monótona o entretenida, le importa haber estado. Treinticuatro años después para alguna gente es una especie de rito».

«Tendrían que acotar la presencia de escolares, que vengan de 14 a 17, y no que anden correteando por ahí hasta las nueve de la noche, eso molesta a muchos, sobre todo a la gente grande. Además a uno le suma esfuerzos, tiene que estar atentos a ellos todo el tiempo», comentó el empleado en el stand de una librería de saldos, que agregó «por este lado nosotros con nuestros descatalogados somos los que más vendemos. Tenemos una novela de mil páginas que se llevan muchas mujeres porque vale doce pesos y van a tener para leer medio año». Cosas de la Feria.

Para apuntar: hoy comienza el encuentro «El espacio del lector», conferencias de disertantes internacionales (Sala Victoria Ocampo, a las 18). La inaugural está a cargo de Ivonne Bordelois ( Argentina), con presentación del ministro de cultura Hernán Lombardi. Mañana lo hará Vassilis Alexakis (Grecia), presentado por Nelly Espiño.

M.S.

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