28 de mayo 2002 - 00:00

Guerra en Colón "estadio"

Maximiliano Guerra en recital. Ballet del Mercosur. Dir.: M. Guerra. Obras de A. Mondini, H. Riveros, M. Bigonzetti,
M. Godoy, M. Galizzi y M. Guerra. (Teatro Colón, 25 de mayo.)


La vuelta de Maximiliano Guerra al Teatro Colón se produjo el sábado con el propósito de realizar una función benéfica, al frente de su Ballet del Mercosur, una compañía que madura día a día. El programa tuvo su acento en lo nacional y en lo latinoamericano, sin olvidar algunos componentes musicales y coreográficos que fueron más allá de esta caracterización. «Arms» es un magnífico solo diseñado pensando en Guerra por el italiano Mauro Bigonzetti sobre música del Grupo Vas. Con el torso desnudo y con una amplia falda roja, el bailarín despliega una danza de gran energía y fuerza física. Fue uno de los mejores momentos de esta «Gala», que también tuvo un segmento dedicado al tango.

Muy atractivo es el diseño coreográfico de Mora Godoy para «Tangos mirando al Sur», sobre composiciones de Filiberto, Arolas, Pontier, Piazzolla y Saborido, entre otros. La pareja de primeros bailarines centralizó la atención en un «patio de tango» donde el folklore urbano se mezcla con la danza clásica siguiendo una secuencia argumental muy leve, de enfrentamientos amorosos por momentos ligados a la acrobacia. Aquí bailaron Maximiliano Guerra, Mora Godoy con su partenaire de «Tanguera» Junior Soares, muy bien acompañados por los jóvenes integrantes del Ballet del Mercosur.

«Bailantas»,
de Ana María Mondini con música de los Barboza; «Canción de cuna para despertar», de Hilda Riveros; y «The End», con fragmentos de Bon Jovi, Phil Collins, Aerosmith y Pink Floyd, diseñado en forma conjunta por Guerra y Galizzi, completaron el programa con expresiones disímiles, pero complementarios que hablan de la juventud, de la aptitud técnica y anímica, del cuidado formal y del poder de comunicación del Ballet del Mercosur y, por supuesto, de Guerra.

Como se sabe, dos notas de color cruzaron la noche del Colón: la irrupción en el medio de la función y desde los palcos de cazuela de un grupo que desplegó pancartas y banderas mientras hacían oír cacerolas y gritos, que fueron sofocados por los aplausos del público que colmaba la sala; y la presencia de Charly García interpretando su peculiar versión del Himno Nacional. Fue entonces cuando el Colón terminó de parecerse a un estadio deportivo.

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