25 de julio 2002 - 00:00

"Hasta hoy, la 'Misa Criolla' vendió 60 millones de discos"

Ariel Ramírez
Ariel Ramírez
"El Centro Cultural Borges me invitó a ir a tocar. Y para no ir con lo que estoy haciendo siempre, decidí reunir a todos, o a casi todos, los músicos que me acompañaron durante 50 años: solistas de guitarra, de charango, cantantes. Y vamos a terminar en agosto con la 'Misa Criolla', junto a Zamba Quipildor y el Coral de las Américas. Así, a lo largo de este ciclo, el público podrá encontrarse con lo de antes y lo de ahora".

El compositor y pianista cumplió 80 años en setiembre pasado, y ahora decidió festejarlo con esta serie de conciertos en días viernes y sábados. Pero, al mismo tiempo, sigue manteniendo la presidencia de SADAIC, un cargo por el que ha sido muchas veces cuestionado. De estas cuestiones charlamos con el músico.

Periodista: ¿La «Misa Criolla» sigue siendo el hito más importante en su historia musical?


Ariel Ramírez:
En la época, en los años '60, en que yo presenté el proyecto de la misa en la Philips, yo vendía más o menos unos 50.000 copias por año de cada uno de mis discos. Tenía un éxito muy grande. Cuando comenté que mi nueva obra se llamaba «Misa Criolla», el ejecutivo de la compañía me miró desconcertado y me dijo: «¿quién va a comprar una misa?». Porque encima era una producción cara porque hacía falta un coro de 60 voces. A los 20 días me llamó y me contó que había investigado y que así se había enterado de una misa popular llamada «Misa Luba», europea pero de inspiración africana. Entonces concluyó: «si usted cree que podremos tener un éxito regular, grabemos su misa argentina».

P.: ¿Y cuándo apareció?

A.R.: La «Misa Criolla» se editó en noviembre de 1962. Los primeros 2.000 discos se vendieron en 2 días. A fin de mes llevaban ya 30.000 unidades. Y al día de hoy, sumando las distintas versiones que yo he grabado -y sin contar las que han hecho otros intérpretes- ha vendido ya 60 millones. Creo que con esto le estoy respondiendo en parte su pregunta. Veinte años después hice otra obra que puede emparentarse, la «Misa por la paz y la justicia», a la que considero el mejor trabajo de mi vida, pero sin embargo, con esa no he tenido éxito.

P.: ¿Y qué significación han tenido sus trabajos en colaboración?


A.R.:
Siempre me ha gustado mucho trabajar con poetas, pero sólo con la condición de que escriban las letras sobre mis músicas. No puedo aceptar el trabajo inverso porque me es imposible musicalizar poemas escritos con anterioridad. El mismo Atahualpa Yupanqui, que era muy amigo mío, me entregó a mediados de los '80 un poema bellísimo, y tardé 10 años en ponerle la música; es una pieza que después ha tenido buena repercusión y se llama «La hermanita perdida». Ha habido etapas estupendas de este tipo de colaboración en mi vida; sobre todo con Félix Luna y con Miguel Brascó, con quienes hice muchas obras. Del mismo modo, siempre he disfrutado de trabajar con solistas de distintos instrumentos o con cantantes.

Memoria

P.: ¿Y cuáles son las obras de su repertorio que permanecen más en el presente?

A.R.:
Todas. Cada cosa que he escrito viene a mi cabeza con toda naturalidad y puedo tocarla en cualquier momento. Podré olvidar cualquier otra cosa pero jamás una melodía.

P.: ¿Sigue dedicándole mucho trabajo a SADAIC?


A.R.:
No menos de 10 horas por día. Y ahora es más necesario que nunca que esté allí porque todo se ha puesto más difícil; la recaudación ha caído entre un 40 y un 50%.

P.: ¿No ha pensado nunca en abandonar ese barco?


A.R.:
Yo llegué a SADAIC en los años '70, por convocatoria de Cátulo Castillo. En ese momento armamos una lista con Troilo y Fresedo para retomar la conducción de la sociedad después de la intervención militar, y ganamos. Cátulo quiso que yo fuera el presidente. Siete años después volvieron los militares que me pidieron cordial-mente que me fuera. Como yo no acepté, finalmente terminaron interviniéndola nuevamente. En 1985, cuando volvió a regularizarse, volvimos a armar lista, los viejos y los nuevos autores, y otra vez ganamos. En principio, no quise tener cargo y permanecí sólo como parte de la Comisión Directiva. Pero ahora hace nueve años que soy nuevamente presidente. Verá usted entonces que me he apasionado por SADAIC. Me parece un buen desafío el de defender el derecho del autor. Hoy tenemos el orgullo de decir que nuestra sociedad es la segunda en importancia en toda América, después de la ASCAP norteamericana. Y tenemos un gran prestigio internacional.

P.: ¿Qué sensación le produce escuchar periódicamente a algunos colegas suyos criticando su gestión o denunciándolo por actos de corrupción?

A.R.:
Me tiene sin cuidado. Por ambición de poder, muchos hacen denuncias que después no tienen fundamento y, por supuesto, quedan en nada. Lo último ha sido lo de Antonio Tarragó Ros -yo mismo lo llevé alguna vez en nuestra lista-, a quien le he iniciado un juicio penal por una infamia. Dijo que yo había usado un auto de la sociedad para hacer el viaje hasta Cosquín para actuar en el último festival, y está perfectamente demostrado que no es así. Es la lucha por el poder la que lleva a muchos a este tipo de denuncias; porque por otra parte los directivos somos los que menos ganamos en la sociedad; nosotros tenemos un personal muy bien remunerado -algunos gerentes ganan $ 17.000- porque tienen una dedicación absoluta, porque hacen muy bien su trabajo y porque eso termina final-mente redundando a favor de todos los socios. Por supuesto, a veces me cansa todo esto pero, como le decía, la situación económica no me permitiría ahora abandonarlo.

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