19 de noviembre 2004 - 00:00
Herrero: "El caso Galíndez aún afecta a peces gordos"
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Gerardo Herrero acaba de estrenar en España «Luna de Avellaneda», con un lanzamiento de medio millón de euros y 130 copias, igual que una película española fuerte».
Periodista: Nos llama la atención lo que dice un personaje suyo, «existen dos clases de nacionalismo, el de los locos criminales como Hitler, y el de los idiotas como Perón».
Gerardo Herrero: Es un personaje de la novela original, que Vázquez Montalbán me pidió mantener, y yo luché para mantenerlo, porque me alargaba el relato, pero representa la mirada de ciertos profesores universitarios socialistas. Gran parte de la izquierda intelectual española detestaba los nacionalismos (incluso los llamados « periféricos», como el vasco, el catalán o el gallego, que estaban en contra del generalísimo), y encima, como Perón apoyaba a Franco...
P.: La obra también pinta las veleidades de ese sector universitario norteamericano que alguien del FBI califica de rosa pálido, aunque otros lo vean rojo. A propósito, ¿no es medio esquemática la figura de la protagonista, tan frontal en sus investigaciones que ella misma se pone en peligro?
G.H.: Lo hablé mucho con Vázquez Montalbán. Pero él me dijo que solo una sajona de familia protestante, de esas tipo calvinistas, podía hacer semejante investigación hasta llegar a las últimas consecuencias, porque son gente inocente, obsesionada por alcanzar la verdad absoluta. Ella es tan honesta, cabezona, ingenua, con tanta capacidad de indignación, que ni siquiera cuando ve el peligro se aparta de él.
P.: Por lo cabezona, parece vasca...
G.H.: Además, parece como si se enamorara de la imagen de Jesús Galíndez. Ella quiere hacer con esa imagen una tesis sobre la ética de la resistencia. Pero Galíndez fue un personaje contradictorio, al que su propio partido, el Nacionalista Vasco, prefirió tener en el olvido durante mucho tiempo, aun cuando en el momento del secuestro él era representante del gobierno del País Vasco en el exilio. Pero al mismo tiempo (luego se supo) era un informante del FBI, especializado en delatar izquierdistas. Y hasta poco antes, había sido asesor del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo, cuyos crímenes terminó denunciando. Por eso, Trujillo lo mandó secuestrar, al parecer con la colaboración de ciudadanos norteamericanos, por no decir de la CIA o el FBI.
P.: ¿Pero él no era agente del FBI?
G.H.: Acá viene lo raro: cuando en los '80 el FBI desclasifica los archivos de los '50, dejándolos abiertos al público, se guarda una parte del expediente. Esto es, considera que alguna información de esa época todavía afecta a la seguridad nacional, o quizás a la buena fama de algunos peces gordos.
P.: Los peces gordos que según Vázquez Montalbán se molestarían si la protagonista de su novela llegase demasiado cerca de la verdad. El imagina que en 1988 (año en que ambienta la obra) ciertos servicios todavía podían meterse en otro país y...
G.H.: Hombre, ¿acaso el año pasado no detuvieron en México a varios altos oficiales del MI16 (la CIA inglesa) que andaban buscando algo por su cuenta? Creo que buscaban uranio, y los descubrieron solo porque se quedaron atrapados en una cueva. Es bueno que el cine saque esos temas. En los '50 había decenas de organizaciones secretas (el Congreso, los Ministerios, cada uno tenía su propio servicio de espías), que después la CIA unificó, y todos estaban obsesionados vigilando al prójimo.
P.: Es atractivo el personaje de Angelito, el espía que parece delatar a Galíndez.
G.H.: Ah, para mí ese sinvergüenza simpático es el personaje más interesante de la historia. Y el actor que lo interpreta, Reynaldo Miravalles, es admirable. El era uno de los mejores actores de Cuba, pero uno de sus hijos tuvo problemas con el régimen, y era mejor que se marchara, entonces él también se mandó mudar a Miami, para seguir al hijo, y ayudarlo.
P.: Hablando de ayuda, usted coprodujo a varios argentinos. Cuéntenos sobre eso.
G.H.: Con gusto. Justamente ahora estoy con la segunda película de Fabián Bielinsky (el de «Nueve reinas») y la primera de Julia Solomonoff (la asistente de «Historias mínimas»), y acabo de estrenar «Luna de Avellaneda» en España, con un lanzamiento de medio millón de euros y 130 copias, igual que una película española fuerte.
P.: ¿Tanta confianza le tiene?
G.H.: Vea, no creo que los españoles se interesen en el problema de los clubes de barrio, pero sí en la metáfora que esa historia propone sobre lo que es para ustedes, y para nosotros, la Argentina.Y además, está esa habilidad de Campanella & Castets para mezclar la comedia con el drama.
Entrevista de Paraná Sendrós


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