2 de mayo 2002 - 00:00

Hollywood continúa difamando a Wells

Hollywood continúa difamando a Wells
«La máquina del tiempo» («The Time Machine», EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: G. Pearce, S. Guillorey, J. Irons, M. Addy y otros.

El encanto de las fantasías clásicas de H. G. Wells parece estar en relación inversa con el desarrollo tecnológico del cine: a medida que los medios se perfeccionan, las versiones de sus obras son cada vez peores. Ocurrió con «El hombre sin sombra», vagamente inspirada en «El hombre invisible»; se reiteró con la abominable «Isla del doctor Moreau», con Marlon Brando, y se repite ahora con «La máquina del tiempo», cuya fidelidad a la trama y la contundencia de los efectos especiales la pone al borde del disparate.

Mucho más que antes, los productores sólo creen en maquillaje y realismo técnico y pasan por alto, despreciativamente, la simbología literaria. Según esa idea, «La Metamorfosis» de Kafka podría convertirse en una gran película de insectos mutantes, al estilo de «Aracnofobia» o «Godzilla». Así, la sensación que deja esta nueva versión de «La máquina del tiempo», desprovista de las especulaciones propias del relato de Wells, es la de empezar viendo «El ocaso de un amor» y terminar con «El planeta de los simios».

•Entretenimiento

Si los viajes en el tiempo pueden producir estupendas películas de puro entretenimiento, como la trilogía de «Volver al futuro» de Steven Spielberg (que tomó de Wells sólo el «prototipo» de la máquina, convertida con humor en un automóvil DeLorean), ¿qué sentido tiene intentar otra adaptación del original, cuyo pesadillesco mundo de un futuro remoto no tolera, por ridícula, una adaptación literal y fotográfica?

Si las tramas de Wells son un pretexto para sus paradojas (como el hombre que vuelve del futuro con una flor real, aún no nacida), Hollywood es incapaz de trascender ese pretexto: la versión 2002 de «La máquina del tiempo» sólo se diferencia de la de 1960 (además de estar ambientada en Manhattan y no en Londres) en el mayor realismo de sus dislates, con el agravamente de que ahora ni siquiera se disfruta ese tono naif de los precarios efectos especiales de hace cuatro décadas.

Protagonista de esta versión es el profesor Hartdegen (Guy Pearce, el hoy muy requerido intérprete de «Memento»), que se vale de su capacidad de trasladarse a través de las épocas, y terminar siempre en Times Square, para tratar de resucitar a su novia, asesinada en el Central Park.

Pero la máquina, y el tedioso recurso del golpe en la cabeza, propondrán periplos adicionales, como darse una vueltita por el año 800.000. Allí reina la civilización de los Morlocks, que someten a los humanos al estilo
«Planeta de los simios», con Jeremy Irons, que ha superado el temor al ridículo, como el rey de los monstruos. En este imperio de los efectos digitales, cada vez tiene más vigencia la queja de Borges: « Hollywood nunca se cansa de difamar a Stevenson y a Wells».

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