2 de mayo 2002 - 00:00
"Hollywood filma hoy para un público de nueve años"
-
Festival de Cannes 2026: se reveló cuáles son las películas que competirán por la Palma de Oro
-
Netflix en Argentina: nuevas oficinas en Buenos Aires y anuncio de sus grandes estrenos para 2026 y 2027
Paul Auster
Periodista: Hasta ahora lleva cuatro películas: «La música del azar» («The music of chance»), «Cigarros» («Smoke»), «Humos del vecino» («Blue in the face») y «Heridas de amor» («Lulu on the bridge»)...
Paul Auster: Tres, en «La música del azar» no estuve involucrado...
P.: Pero parte de una novela suya, del mismo titulo, y si bien participó minimamente en el guión, hasta actuó en ella...
P.A.: Es una historia curiosa. En 1993 la estaban filmando en Carolina del Norte. Un día me llamó Philip Haas, el director, y me dijo: «Teníamos un actor para hacer un conductor pero no pudo ser y todos pensamos que usted debería hacer ese papel, tiene que decirme ya que sí o que no». Dije que sí, y cuando corté me dije «¿qué hice?», pero era demasiado tarde. Fui, actué y fue terrible. Tuve que repetir mis frases 10 veces. Cuando vimos lo filmado estaba tan mal que tuve que doblarme. Encima grababa junto a James Spader, que lo hacia bien la primera vez, y yo tuve que hacerlo hasta que se resignaron. Esa experiencia me hizo sentir más humilde y respetar más a los actores.
P.: ¿Nunca más lo quisieron contratar?
P.A.: Me lo ofrecieron pero me negué.
•"Cigarros"
P.A.: Todas tienen algo mío. «Cigarros» es la mejor. «Humos del vecino» la hicimos en 6 días, nos divertimos, fue fantástico. Después se tardó 10 meses en editarla. Algunas cosas de «Lulu on the bridge» me gustan mucho, las siento muy mías...
P.: ¿Aunque recuerde al cuento de Ambrose Bierce «Lo que ocurrió en el puente del búho» y «El sexto sentido»?
P.A.: Es cierto, la forma es similar, lo diferente es que en mi film los pensamientos del hombre que está muriendo afectan al mundo real. Muere siendo un mejor hombre porque renuncia a su vida para darle vida a una mujer.
P.: En su obra hay también relaciones con Julio Cortázar...
P.A.: Leí buena parte de su obra en los '70 y no volví a ella hasta que supe venía a la Argentina. Fue un gran narrador.
P.: ¿Cómo define la relación entre cine y literatura?
P.A.: Entre los primeros realizadores estaban los humanistas, con su simpatía y comprensión del hombre común. pienso en Yasujiro Ozu, Satyajit Ray, Carl Dreyer, Vittorio De Sica y, entre los americanos, Billy Wilder, Howard Hawks, Frank Capra. A su modo, y con el lenguaje del cine, fueron capaces de crear historias profundas y complejas. Hoy no hay films con esa sustancia. Hollywood ha abandonado toda responsabilidad, cuenta cosas para chicos de 9 años. Europa se ha ido contagiando de esas características industriales. Pero hay jóvenes directores en Francia y Bélgica que siguen haciendo muy buenos films como «La promesa» y «La vida soñada de los ángeles».
P.: En «Amélie» hay un juego Auster con las casualidades...
P.A.: Conozco al director Jean-Pierre Jeunet. Cuando se hizo la première en Nueva York insistió en que fuera, me dijo que para él era muy importante «porque hay muchas cosas que saqué de sus novelas». Creo que el tono de «Amélie» es más superficial que cualquier cosa que yo haya escrito. Hay algo mío, pero le falta densidad. En «El palacio de la luna», por ejemplo, una persona cuenta lo que ve a un ciego. «Amélie» tiene alguna cosa mía y muchas ganas del director de volver a Hollywood.
P.: Usted pasó de la traducción, el ensayo, la crítica y la poesía a la novela y el cine.
P.A.: Todo eso existía en mí desde el principio. A los 19 años quería hacer films, pero mi ambición era escribir novelas. Fueron etapas. A veces los considero ejercicios que me permitieron pasar a algo más difícil. En una época trabajaba en varios géneros, tenía poemas para publicar y escribía narrativa. Cuando comencé a publicar novelas la gente del cine se me acercó interesada en mis historias, y pude hacer lo que siempre había soñado. Pero, por el momento, no más películas, estoy dedicado a escribir. Se publica «Libro de ilusiones» y ya estoy con otra novela.
P.: Su papel de crítico también le ha de dar una visión diferente.
P.A.: Sí. Ser traductor o crítico me hace interesarme en la obra de otros. Es muy satisfactorio trabajar en cosas que no tienen que ver con lo que uno hace, ni con uno mismo. Mi antología de historias «Creí que mi padre era Dios» es un ejemplo de mi participación en algo que no es privado, que es compartir ideas y una labor con otros.
P.: Muchos de los relatos de ese libro parecen suyos.
P.A.: Lo gracioso es que muchos escribían mi nombre mal, ponían Oster. Así que tuve poca influencia, sólo la de la radio al pedir que me enviaran historias que les hubieran ocurrido.
P.: Los críticos hablan de la posmodernidad de su escritura por la manipulación que hace del policial o la ciencia ficción.
P.A.: Exageran. Sólo jugué con el policial en «La trilogía de Nueva York». Es productivo no pegarse a un género pero usarlo en parte. En «El palacio de la luna» hay elementos de la novela de aventuras, pero no fe una decisión consciente. No es que me dijera si uso esa fórmula mi historia va a ser más interesante.
•Argentino
P.A.: Me gustaría que «Libro de ilusiones» estuviera publicado para poder hablar más en serio. Veamos. Uno de los personajes secundarios, Héctor Mann, nació en Buenos Aires en 1900 en una familia judía, se crió aquí y, luego de la Semana Trágica, el padre lo instó a que se fuera a Estados Unidos. Allí se volvió actor de comedias mudas con bigotito negro y traje blanco. Mucho de «Libro de ilusiones» tiene que ver con Héctor, pero no con la Argentina. David Zimmer, el narrador, es un personaje menor de «El palacio de la luna». Está más viejo e investiga la vida de aquel comediante argentino que un día desapareció. Descubrió viejas películas en las que Héctor había participado. Revisa artículos de los diarios de los años '20 y en cada uno Héctor parece una persona distinta, da informaciones diferentes sobre su pasado, sobre quien es y de donde viene.
P.: Hay quienes diferencian las novelas «austerianas» de los «recreos del novelista» como «Tombuctú» o «Mr.Vértigo».
P.A.: Trato de explorar distintas clases de historias, diversos aspectos de mí mismo y no hacer siempre lo mismo. «Tombuctú», «Mr. Vértigo», «Lulu on the bridge» son de una época en que me interesé por las fábulas, las historias mitológicas. También «Libro de ilusiones» es algo totalmente diferente.
P.: ¿Sigue considerando la casualidad como causalidad?
P. A.: No se trata de insistir sino de entender la mecánica de la realidad. Advertir cosas que nos pasan todo el tiempo y que no tomamos en cuenta. Ver más objetivamente lo que le sucede a la gente, como es la gente. Estamos construidos por un tejido de determinaciones, de voluntad, y de intervenciones del azar. No digo que todo sea azar, pero quien diga que puede controlar su destino es un estúpido. Hay permanentes colisiones entre voluntad y azar, lo determinado y lo inesperado.
P.: Conoció a grandes escritores, ¿cuál le impresionó más?
P.A.: Beckett, lejos. Tenía 26 años y al ir a verlo sentía más miedo que si fuera a entrevistar a Churchill o De Gaulle. Pasó algo conmovedor. Su primera novela, «Mercier y Camier», la había escrito en francés en 1946, pero sólo se publicó en 1973, luego que ganó el premio Nobel. Pensaba que si no lo hubiera ganado no se la publicaban. Acababa de traducirla al inglés y como no le gustaba mucho había cortado una cuarta parte. ¿Por qué? -le dije-es un libro maravilloso. No, no es tan bueno-me dijo. Nos pusimos a charlar y en un momento me preguntó: ¿Realmente cree que es bueno? Esto me mostró que nadie sabe el valor de lo que ha hecho, nadie está totalmente convencido, todos tienen sus dudas, su inseguridad. Aún Beckett, el mayor escritor viviente en el mundo.
P.: ¿Cómo ve la situación de la novela norteamericana hoy?
P.A.: Es un momento muy productivo. Tenemos un país grande y gran cantidad de talento tanto en novela como en ensayo. No hay una fórmula, un estilo, un género que predomine. Hay gente trabajando en todas las formas de la novela. Lo más leído es la continuación de la novela burguesa convencional. Bajo esa superficie se encuentran obras muy interesantes. El problema en mi país no son los escritores sino nuestra cultura comercial. Los escritores no son celebridades como en otros países. Somos una organización secreta, como monjes del siglo VIII estamos agazapados en catacumbas hablando entre nosotros.
P.: ¿Qué piensa de los escritores latinoamericanos ahora que los latinos son la primera minoría en los Estados Unidos?
P.A.: En los años '70 con el boom muchos fueron traducidos. Luego hubo una declinación, pero también pasó con la literatura francesa o alemana. Los EE.UU. se han convertido en algo extraño, cuando más parece que gobernamos el mundo, más parece que nos interesa poco el mundo. Es un país auto-satisfecho, vuelto hacia sí mismo, y no sólo en la literatura. Pero, el aumento de quienes hablan español llevó a que grandes editoriales dedicadas a libros en inglés comenzaran a publicar a la vez en inglés y en español. Y eso va a seguir creciendo.




Dejá tu comentario