Con más de cincuenta películas en su trayectoria (debutó a los 17 años en «La terraza» de Leopoldo Torre Nilsson) y reconocidos y extensos antecedentes en teatro y televisión, Enrique Liporace goza hoy de un nuevo impulso en su carrera. Es uno de los actores más requeridos por la nueva camada de directores y, por otra parte, dice ser «adicto» a los cineastas actuales debido a «su actitud de búsqueda y espíritu de sacrificio».
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Su participación en las dos últimas películas de Adrián Caetano, «Bolivia» y «Un oso rojo», volvió a exponerlo al reconocimiento. Pero a pesar de sus muchos compromisos cinematográficos (está a punto de filmar «Paredón, paredón» de Guillermo Palacios y «Chiche bombón», su tercera película con Fernando Mussa) Liporace sigue firme en la actividad teatral.
Acaba de estrenar junto al actor Jorge Paccini una nueva comedia dramática de Ricardo Cardozo, titulada «La demolición», con dirección de Manuel Iedvabni y que se representa en Andamio '90 (Paraná 660) los sábados a las 22.15 y domingos a las 20. Dialogamos con él: Periodista: ¿Dónde prefiere trabajar ahora, en cine, teatro o televisión? Enrique Liporace: Me siento cómodo en todas partes. Mi debut actoral fue en cine, con Torre Nilsson, y desde entonces trabajé con los más variados directores, Lucas Demare, René Mujica, Adolfo Aristarain, De Sanzo... Del teatro no me alejé nunca y en cuanto a la televisión yo empecé en la década del '60 con «Los hermanos», que duró como cinco años. Después hice de galán en muchas tiras como «Ella... la gata» y «La pecosa» y también trabajé en unitarios de excelente calidad como «Situación límite» y «Nosotros y los miedos». Ahora estoy grabando para «Resistiré», la tira de Pablo Echarri. P.: ¿La televisión actual es mejor o peor que la de sus inicios? E.L.: Tiene en contra la situación del país. Todo se ha ido tan abajo que yo no le echaría la culpa a la televisión, creo que lo que está faltando es un método claro de educación. Yo no puedo cuestionar lo que propone el sistema. Si propone la frivolidad y el circo, la televisión no puede estar ajena a eso. P.: ¿Qué es lo peor de ahora en TV?
E.L.: La falta de estética. En general, todo lo que se ve son productos horribles. No estoy de acuerdo en cómo se está minimizando el idioma. Es espantoso ver con qué pocas palabras se manejan los libretistas. Además, no se puede llevar la calle a la TV, sobre todo tratándose de un medio tan masivo, porque uno termina bastardeando cualquier producto. Es lamentable que se pretenda mostrar únicamente esa realidad ramplona del tipo que dice todo el tiempo «boludo». ¿A quién le sirve eso? Parece el cuento del águila y del gusano, que es así: un águila enorme se posa en la cumbre de la montaña y de pronto ve a un gusano. «¿Cómo llegaste hasta acá?» le pregunta. «Arrastrándome», le contesta el gusano, «¿y vos?». «Volando» dice el águila muy sorprendida. Esto quiere decir que se puede llegar al mismo lugar de las dos maneras. Claro que lo ideal es llegar volando, pero pareciera que en este momento todos nos arrastramos. P.: ¿Cómo es su personaje de «La demolición»? E. L.: Es un tipo que se queda esperando durante muchos años la reactivación de la empresa. Está solo en medio de un tinglado sin luz, gas, ni teléfono. Pero aunque tiene todos los servicios cortados, él trabaja igual. Y cuando llegan las máquinas al lugar cree que es la reactivación, cuando en realidad van a demoler todo. Es un «chapita» total, porque cree en toda esa fantasía que inventó, pero a través de su humanismo va logrando poner a la gente de su lado y, al final, detiene la demolición. P.: Obra con mensaje, entonces...
E.L.: Tiene un final esperanzado, sí. «La demolición» tiene mucho que ver con la realidad de nuestro país, donde toda la sociedad tiene una profunda negación. El otro día fui testigo de un episodio que tiene mucho que ver con la actitud del argentino. Yo estaba sentado en un bar y pasa un tipo con un balde y una pala, totalmente desaliñado. De pronto ve venir una chica muy hermosa y la piropea mientras ella pasa. Una vez que la chica desaparece de su vista, me mira y me dice: «Pobrecita, tan joven y sorda». Evidentemente, él quería sostener esa ilusión a toda costa.
Dejá tu comentario