29 de diciembre 2004 - 00:00
Hubo escritores que en el casino jugaron hasta obras maestras
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En su juventud, Jorge Luis Borges, según la escritora Nuria Azancot, era un adicto a la ruleta que inventaba fórmulas para ganar.
Más dramática resultó la afición al juego de Edgar Allan Poe, expulsado de la universidad de Virginia en 1826 por no pagar sus deudas de juego, y 4 años más tarde de la Academia de West Point por la misma razón. En su cuento «William Wilson», Poe se retrata: «resultaba increíble que pese a haber caído tan bajo mancillando mi condición de caballero, hubiera de llegar a familiarizarme con el vil arte del jugador profesional». No siempre, porque acabó en la ruina, a pesar de que en «Los crímenes de la Rue Morgue» desnuda su sistema para descubrir, en los rostros de los jugadores, qué cartas llevan.
También jugó hasta el fin Dostoievski, que se aficionó a la ruleta en sus viajes por Europa. Su pasión se hizo enfermiza tras las muertes, en 1864, de su esposa y de su hermano Miguel, que lo dejó enterrado en deudas, y después de que su amante se negara a casarse con él. La locura por la ruleta lo llevaba a apostar hasta la ropa que vestía. Y a perderla. Se arruinó varias veces, recurrió a prestamistas y tuvo que huir de Rusia tratando de esquivar a sus acreedores. Para pagar sus deudas firmó un contrato feroz con un editor que le hacía escribir a destajo, por lo que en 1866 publicó nada menos que «Crimen y castigo» y... «El jugador» (1866), novela casi autobiográfica, considerada como la obra maestra sobre la pulsión del juego, en la que confiesa: «Se experimenta una sensación singular cuando, solo, en tierra extraña, sin saber si uno podrá comer el mismo día, se arriesga el último florín. Gané». Porque «todo puede cambiar con una sola vuelta de la rueda». Según Mark Twain, buen conocedor de los casinos flotantes del Mississippi, «la fortuna golpea a la puerta una vez en la vida, pero en la mayoría de los casos la persona está en un salón vecino y no la escucha». O prefiere dejar de escuchar sus cantos de sirena, como Jorge Luis Borges. Según Marcos Ricardo Barnatán, María Kodama tiene en su poder la correspondencia con su compañero en el Liceo Calvino de Ginebra, Mauricio Abramowicz, en la que se descubre un «Borges sorprendente, asiduo del casino, jugador de ruleta, que inventa martingalas para ganar con facilidad». Hemingway renunció a su pasión por las carreras de caballos cuando comprendió que le quitaban tiempo para escribir.
Algo de esa desesperación existencial reflejaba la pasión por la ruleta y las cartas de Françoise Sagan. Aburrida del éxito precoz de «Buenos días, tristeza», despilfarró varias fortunas en los casinos. ¿Inexplicable? Sólo para los profanos. A menudo decía que «explicarle el juego a los que no lo conocen, es como contarle los colores a un ciego de nacimiento». Nada que ver con la ludopatía de otro desesperado, Charles Bukowski. En su primera novela, «Cartero», su alter ego Chinaski es un jugador afortunado que va de carrera de caballos en carrera de caballos y de cama en cama. Años después, en «El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco», explota: «Un amigo, que era jugador empedernido, me dijo: 'no me importa si gano; yo lo que quiero es apostar'. Yo no soy así, he estado demasiadas veces en la Calle del Hambre». Pero lo era, en su diario escribió: «La gente que va a las carreras es el mundo en pequeño, la vida rozándose contra la muerte y perdiendo. Nadie gana; no hacemos más que buscar un aplazamiento». Mientras hay que estar atento, no sea que nos ocurra como al protagonista de «La música del azar», de Paul Auster, un hombre sin futuro que conoce a un joven jugador profesional de póquer con el que pierde, en una partida con una pareja de excéntricos millonarios, todo su dinero y la libertad.



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