29 de diciembre 2004 - 00:00

Hubo escritores que en el casino jugaron hasta obras maestras

En su juventud, Jorge Luis Borges, según la escritora Nuria Azancot, era un adicto a la ruleta que inventaba fórmulas para ganar.
En su juventud, Jorge Luis Borges, según la escritora Nuria Azancot, era un adicto a la ruleta que inventaba fórmulas para ganar.
No es sólo que la literatura tenga mucho que ver con la suerte (de eso se quejan autores y editores siempre), sino que son miles los escritores fascinados por el juego. De Villamediana a Bukowski pasando por Dostoievski, Hemingway, Borges, Cortázar o Raúl del Pozo. Ofrecemos algunos ases del casino literario.

Apasionados o enfermos, con existencias penosas o triunfales, miles de escritores intentaron engañar al azar jugándose a una carta, quizá porque, como señala Ferran Torrent, finalista del Premio Planeta 2004 con una novela sobre tahúres, «La vida en el abismo», «lo que uno es en el juego lo es en la vida», y distingue al ludópata del jugador, «un apasionado que emplea su inteligencia e imaginación para ganar la partida, sin confiar en la suerte y sí en sí mismo».

Menos científico y más apasionado se define Alberto Vázquez Figueroa, «un jugador que escribe y un escritor que juega». Asegura que hay 3 formas de arruinarse que conoce bien, y no se arrepiente: «mujeres, la más divertida; los negocios, la más segura, y el juego, la más rápida». Juega a casi todo (póquer, dominó, dados), adora la ruleta, «sobre todo en Las Vegas», porque «uno se olvida de los personajes, de la literatura, de las miserias cotidianas, de los negocios y los políticos».

Apasionados del dominó son Juan Marsé, Luis Sepúlveda y Julio Cortázar, mientras que Julio Ramón Ribeyro se perdía por la ruleta, donde siempre apostaba al 35. Hoy el prototipo del escritor-tahúr español es Raúl de Pozo, que asegura haberse retirado «de las cartas y de la escritura a pesar de lo fuerte que eran esas pasiones, porque el juego destruye siempre, es una pasión terrible, aunque no es una enfermedad, eso de la enfermedad del juego es de moralistas institucionales».

Este tahúr jubilado destaca que el juego es «la única pasión comparable o superior al amor. Sentir la racha es como tocar las estrellas con la mano, es un envite desesperado, una metáfora de la lucha contra el destino, se sabe que se va a perder y uno no se retira. Es una metáfora de la vida, como «El viejo y el mar» o «Don Quijote», de las batallas perdidas». De esa pasión ha dado cuenta en una novela de culto, «Noche de tahúres», como de culto es «La muerte bebe en vaso largo», donde otro reconocido jugador, Manuel Vicent, narra la historia de una timba con muerto incluido. Vicent es hoy un «jugador desertor que toma la literatura como un juego», y que justifica así la fascinación del juego: «El buen jugador juega para perder, es una forma de purificación o catarsis». Por eso, recomienda al novicio «que no meta el ego en la partida». Porque, como narró en el «El muelle», «en todas las timbas de juego siempre hay un tonto que pierde; si a la hora no sabes quién es, es que eres tú».

Uno de los primeros jugadores de España es el legendario Conde de Villamediana, Juan de Tassis, poeta y seductor, retratado en el «Quijote» con el nombre de Pierres Papin, fue expulsado de la Corte en 1608 por haber ganado más de 30.000 ducados.

Más dramática resultó la afición al juego de
Edgar Allan Poe, expulsado de la universidad de Virginia en 1826 por no pagar sus deudas de juego, y 4 años más tarde de la Academia de West Point por la misma razón. En su cuento «William Wilson», Poe se retrata: «resultaba increíble que pese a haber caído tan bajo mancillando mi condición de caballero, hubiera de llegar a familiarizarme con el vil arte del jugador profesional». No siempre, porque acabó en la ruina, a pesar de que en «Los crímenes de la Rue Morgue» desnuda su sistema para descubrir, en los rostros de los jugadores, qué cartas llevan.

También jugó hasta el fin
Dostoievski, que se aficionó a la ruleta en sus viajes por Europa. Su pasión se hizo enfermiza tras las muertes, en 1864, de su esposa y de su hermano Miguel, que lo dejó enterrado en deudas, y después de que su amante se negara a casarse con él. La locura por la ruleta lo llevaba a apostar hasta la ropa que vestía. Y a perderla. Se arruinó varias veces, recurrió a prestamistas y tuvo que huir de Rusia tratando de esquivar a sus acreedores. Para pagar sus deudas firmó un contrato feroz con un editor que le hacía escribir a destajo, por lo que en 1866 publicó nada menos que «Crimen y castigo» y... «El jugador» (1866), novela casi autobiográfica, considerada como la obra maestra sobre la pulsión del juego, en la que confiesa: «Se experimenta una sensación singular cuando, solo, en tierra extraña, sin saber si uno podrá comer el mismo día, se arriesga el último florín. Gané». Porque «todo puede cambiar con una sola vuelta de la rueda». Según Mark Twain, buen conocedor de los casinos flotantes del Mississippi, «la fortuna golpea a la puerta una vez en la vida, pero en la mayoría de los casos la persona está en un salón vecino y no la escucha». O prefiere dejar de escuchar sus cantos de sirena, como Jorge Luis Borges. Según Marcos Ricardo Barnatán, María Kodama tiene en su poder la correspondencia con su compañero en el Liceo Calvino de Ginebra, Mauricio Abramowicz, en la que se descubre un «Borges sorprendente, asiduo del casino, jugador de ruleta, que inventa martingalas para ganar con facilidad». Hemingway renunció a su pasión por las carreras de caballos cuando comprendió que le quitaban tiempo para escribir.

Algo de esa desesperación existencial reflejaba la pasión por la ruleta y las cartas de
Françoise Sagan. Aburrida del éxito precoz de «Buenos días, tristeza», despilfarró varias fortunas en los casinos. ¿Inexplicable? Sólo para los profanos. A menudo decía que «explicarle el juego a los que no lo conocen, es como contarle los colores a un ciego de nacimiento». Nada que ver con la ludopatía de otro desesperado, Charles Bukowski. En su primera novela, «Cartero», su alter ego Chinaski es un jugador afortunado que va de carrera de caballos en carrera de caballos y de cama en cama. Años después, en «El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco», explota: «Un amigo, que era jugador empedernido, me dijo: 'no me importa si gano; yo lo que quiero es apostar'. Yo no soy así, he estado demasiadas veces en la Calle del Hambre». Pero lo era, en su diario escribió: «La gente que va a las carreras es el mundo en pequeño, la vida rozándose contra la muerte y perdiendo. Nadie gana; no hacemos más que buscar un aplazamiento». Mientras hay que estar atento, no sea que nos ocurra como al protagonista de «La música del azar», de Paul Auster, un hombre sin futuro que conoce a un joven jugador profesional de póquer con el que pierde, en una partida con una pareja de excéntricos millonarios, todo su dinero y la libertad.

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