20 de octubre 2005 - 00:00

Humor sexual grueso para fans de Waters

«Adictos alsexo» deldirector «deculto» JohnWaters tieneescenas quepueden chocarhasta al menosestructurado,pero no esmás que unacomedia«chancha» conun buennúmero degags eficaces.
«Adictos al sexo» del director «de culto» John Waters tiene escenas que pueden chocar hasta al menos estructurado, pero no es más que una comedia «chancha» con un buen número de gags eficaces.
«Adictos al sexo» (A dirty shame, EE.UU., 2005, habl. en inglés) Dir; J. Waters. Int.: T. Ullman, Ch. Isaak, J. Knoxville, S. Blair, S. Shepherd, M. Stole

Esta no es exactamente la película indicada para una primera cita romántica, pero como comedia sexual de corte grueso, «Adictos al sexo» es algo inusual en la historia del cine norteamericano. Prácticamente desde la película underground que lo hizo famoso, «Pink Flamingos», John Waters no armaba un delirio tan desbocado como esta lucha entre ciudadanos normales de Baltimore y una especie de secta de libertinos místicos decididos a unirse en un nuevo tipo de orgasmo mayúsculo y aún no experimentado.

En EE.UU. se estrenó muy limitadamente, con sólo un puñado de copias, lo que evidentemente ha servido para darle más importancia al lanzamiento del film en otros territorios. Es así como «Adictos al sexo» es el primer film de Waters estrenado comercialmente en la Argentina, hito que los fans del cine de culto agradecerán seguramente. Es verdad que esta película tiene algo para ofender a cualquier tipo de espectador, incluso a los menos estructurados, pero finalmente «Adictos al sexo» es sólo una comedia chancha de lo más ingenua, llena de picardías eróticas salpicadas como chascos infantiles a lo largo de una trama mínima que da lugar a gags eficaces y referencias al cine «sexploitation» que tanto ha alimentado al cine de Waters. Tracey Ullman es como su madre la define: «una buena chica: ¡odia el sexo!». Ella es tan pacata que no tiene relaciones con su marido Chris Isaac si es de día, además de mantener encerrada bajo llave a su hija (una irreconocible Selma Blair) por su enorme busto y sus aficiones a danzas exóticas en el antro de facinerosos del barrio. Un accidente bizarro provocado por una ardilla libidinosa (hay sexo entre ardillas en el film, también) termina con un golpe en la cabeza de la protagonista, que en medio de visiones de viejos films eróticos se transforma en una desagradable ninfómana que quiere violar a todo aquel que encuentre en su camino. La metamorfosis la lleva directamente a la guarida de la nueva secta de libertinos que invade Baltimore, liderada por el desaforado «apóstol» Johnny Knoxville.

Las perversiones son al principio ridículas y divertidas, y a medida que avanza la película se van volviendo cada vez más fuertecitas, hasta que al final casi no se sabe con qué nueva ocurrencia se va a divertir Waters. Justamente el final, con un exceso de correrías desvergonzadas por toda la ciudad, es el punto más débil de una película a la que más allá de sus altibajos, hay que reconocerle audacia y originalidad.

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