14 de junio 2001 - 00:00
"Imaginé qué le pasaría a un Einstein en nuestro países"
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Elena Poniatowska.
E.P.: El es el éxito, el triunfo, la fama y el hermano, con tanto talento, con tanta inteligencia, es el fracaso; no tiene posibilidades porque desde chico fue rebelde, no aceptó las circunstancias. Ese hermano es el que se lanza a la calle, conoce la gente de la calle y, finalmente, se vuelve uno de ellos, tan pobre como ellos. El muestra esa posibilidad que hay en todos de salir adelante o caer derrotados.
P.: El protagonista es exitoso en su carrera y fracasa en el área sentimental...
E.P.: Es algo lógico que les sucede a muchísimos hombres y mujeres. Triunfan en un campo pero tienen que cercenar de su vida otro. Lorenzo de Tena se dedica tanto a la ciencia que pierde la brújula y lo mejor que necesita un hombre con una mujer es encontrar la balanza, el equilibrio entre la vida profesional y la vida amorosa. Hoy se habla de los hombres que triunfan en los negocios y les dedican muy poco tiempo a los hijos. Están los personajes famosos que se vuelven drogadictos, o contra los padres, y muestran un fracaso sentimental frente al universo familiar. Y cuando tienen conciencia de lo que les pasa suelen decirse: por qué no balanceé mi vida.
P.: No es habitual que en la literatura latinoamericana se cuente de científicos...
E.P.: No, porque están muy aislados, son muy solitarios y no tienen interlocutores. Sienten que no tiene caso hablar de lo que hacen porque no los va a entender y la gente va a empezar a bostezar. Hoy nadie se pregunta por qué se enciende la luz, cómo llega la voz por el cable del teléfono, qué diablos hay en un celular, por qué funciona como funciona una computadora. La gente sólo se enoja cuando esos aparatos no funcionan y tiene que tirarlos a la basura, pero no se pregunta por ellos absolutamente nada y, a medida que avanzamos, todo es más difícil de entender. Perdemos la curiosidad, una virtud del niño que no se estimula en la escuela, y cuando no entendemos no preguntamos nada. Eso hace que el científico trabaje en soledad y sólo cuente con sus colegas, que siempre son pocos.
P.: ¿La ayudó haber tenido científicos en su familia?
E.P.: Mi marido fue astrofísico, mi hijo mayor es un destacado físico internacional. La sole-dad en que trabajan es diferente de la del escritor, que se comunica a través de sus libros y la gente le comenta lo que ha hecho. Lo científicos publican sus trabajos en revistas y es una carrera ininterrumpida, donde una acaba, comienza otro. Yo creo que hoy hay muchísimos Einstein, porque a partir de Einstein se forjó una serie irrefrenable. Quise reflejar cómo era esto en uno de nuestros países.
P.: ¿Considera su novela una suma de su obra, dado que reúne aspectos periodísticos, de investigación, y a la vez una fuerte narratividad?
E.P.: Nunca olvido que soy periodista. He hecho entrevistas, reportajes, crónicas, y es parte de los días de mi vida. Por eso mis libros se alimentan con la realidad de México.
P.: ¿Cómo se siente siendo una leyenda en México?
E.P.: Nunca me he sentido así, aunque ahora con los años dejo que digan que soy legendaria. Tuve grandes maestros porque todos los que entrevisté finalmente fueron mis amigos y esas amistades son fundamentales. Cuando empecé no había tantos periodistas y eso me dio la oportunidad de estar con Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Luis Buñuel, León Felipe... mucha gente de México, que vivió en México o pasó por México, y ha seguido la amistad a través del tiempo. También están mis contemporáneos, el grupo al que siempre me ligan es el de Carlos Monsivais y de José Emilio Pacheco, siempre nos nombran a los tres porque trabajamos en muchas cosas juntos. Tuve mucha suerte de tener gente que respondió a la amistad, a mi curiosidad.
P.: ¿Ha crecido la difusión internacional de autores mexicanos?
E.P.: Carlos Monsivais gana el premio Anagrama, Volpi con «En busca de Klingsor», el Seix Barral, yo el Alfaguara. Hay como una irradiación de la literatura mexicana y de gente de muy distintas edades, yo que estoy de salida, Volpi que está empezando y Juan Villoro que está a mitad de camino.
P.: ¿Qué sintió al ganar el premio Alfaguara donde compitió con muchos autores hispanoamericanos?
E.P.: Participé con un seudónimo, Dumbo, como el elefantito ese que vuela. Me lo puse por insegura, porque pensaba que no sabía si podía ganar y porque era un desafío que me puse. Luego pensé en lo que siempre se dice: los premios están arreglados, trucados, los jurados nunca leen los manuscritos. Además, pensé: no le van a apostar a una mujer que ya vivió las tres cuartas partes de su vida; le apuestan a un joven que va a estar produciendo, no a alguien que va de salida.
Me sorprendió ganar, y me asustó un poco porque había pensado que una vez que me devolvieran la novela la iba a corregir, a rehacer tal capítulo, a darle más fuerza al personaje de Fausta, autocríticas que hacen de un escritor un verdadero escritor. Cuando me lo saqué ya no pude hacer nada. Además, tuve que ir a España, a Nueva York, a California. Y luego empecé la gira, tuve dos días y medio en cada país de América la-tina. Uno se vuelve un producto en el mercado y tiene que vender su libro. Quieren que se vendan 175 mil dólares en libros, si no se los venden no piden que se le devuelva el dinero, pero se adquiere un compromiso moral. Esto para mí es nuevo, y me gusta por periodista, aunque siempre he estado al otro lado de esta barrera, siempre he sido yo quien hacía las entrevistas.
P.: México ahora cuenta con autores que interesan en Europa y Estados Unidos y, además, han tenido éxito en el cine con «Amores perros»...
E.P.: En «Amores perros» se nota que el director ha salido de la televisión, tanto por la rapidez como por los efectismos. La primera historia, la de los perros, es la que vale, es auténtica, la historia de amor es notable. Pero la segunda es una copia de Fellini con la modelo rubia que se ve a sí misma reflejada en un afiche, la absurda historia del perrito que nunca logra salir del piso. Y la última, sentimental y falsa, de un banquero que se vuelve guerrillero y se comunica con su hija por unas palabras en el contestador telefónico. Pero la realización es muy buena, el ritmo notable, y es una película que ha causado sensación donde se exhibió. Pero hay otras buenas, la de María Nodaro «Danzón», la sobre la frontera que se llama «El jardín del Edén», pero lo cierto es que donde vaya todo el mundo me comenta «Amores perros».



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