La gracia de «Inconscientes» reside en
habilidad para llevar al espectador de sorpresa
en sorpresa, y de locura en locura,
siguiendo las pisadas de un médico de
vieja escuela y su linda cuñada, entusiasta
freudiana.
Como se sabe, a fines del siglo pasado muchos psicoanalistas argentinos emigraron a España. Menos sabido es cuántos analistas españoles vinieron acá a comienzos del siglo pasado. Precisamente, esta comedia habla de dos que en 1913 querían venirse, y otro que quería terminar de una buena vez con tanta monserga psicoanalítica, cortándola de raíz en un acto extremo. Eso sí, con mucha elegancia y perversión variada.
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No corresponde entrar en detalles argumentales, porque buena parte de la gracia del film reside en su habilidad para llevarnos de sorpresa en sorpresa, y de locura en locura, siguiendo las pisadas de sus personajes protagónicos: un médico de vieja escuela y su linda cuñada, entusiasta freudiana que acaba de perder al marido no sabe dónde. O acaso el otro es un perdido a conciencia plena, eso ya lo veremos.
Baste decir que el tema habitual de su autor, Joaquim Oristrell («¿Porqué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?»), es esa compleja relación entre lo que dos personas se dicen y lo que realmente sienten, y que la mujer advierte antes que nadie. Y si se piensa en la preciosa Leonor Watling, bien despierta y ansiosa de conocimientos, y en Luis Tosar, como un manolo muy derecho, harto piloso, y con un atractivo que sólo su mujer conoce (y teme), ya puede apreciarse cómo viene la mano, y con qué gusto la juegan sus intérpretes, no solo los titulares, sino todo el elenco, porque hay lugar para que todos se luzcan.
Para más, se trata de una comedia romántico policial contada con gran ingenio, lindas frases (por ejemplo, «Embarazada pareces un ángel gordo»), y una música que es casi un segundo relator, en capítulos que aluden a textos clave del doctor Sigmund Freud (uno de los dos invitados especiales de esta historia), y que reviven el espíritu de las atrapantes novelas por entrega de entonces, tipo «Rocambole». Todo, ambientado en la España de la Belle Epoque, con esos chiches de autos viejos, pretendidos modernos que hoy nos resultan simpáticamente tontos, una fiestita privada mucho mejor que la de «Ojos bien cerrados», y, hablando de eso, también unas situaciones de fellatio, cambio de roles, incesto, y otras cosillas, pero, eso sí, todo dentro de la discreción, la formalidad, y el ánimo investigador que tenía la gente de aquellos viejos, lindos tiempos.
Y todo con buen humor, aunque los personajes más bien estén cómicamente desesperados por lo que les pasa. Y, dato clave, con unas cuantas chanzas a la psicología y otras pretensiones de progreso humano que para muchos han resultado un verdadero peligro. Son de esas burlas que hacen pensar, pero después que terminó la película, y siempre que uno quiera. Si no quiere, en fin, puede mandar toda esa parte a su inconsciente, que para eso está.
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