Lo bueno, es que se trata de una película para todo público, y no sólo para cinéfilos. De hecho, éstos pueden ignorarla y hasta desdeñarla, acaso hasta por razones sectoriales, o porque el tipo aborrece el dogma danés, el cine iraní, los videoclips e tante altri. En cambio, puede disfrutarla cualquier espectador común, por ejemplo las mujeres que saben lo que es tener al marido quejoso metido en la casa todo el día, y se afligen cuando lo ven tranquilo («últimamente Hay situaciones bien reconocibles, como la visita de ambos al médico, diálogos muy placenteros, dichos y nombres con poder evocativo para más de una generación (los Fontanares, el avión Pulqui, la orden «! sharap!», para hacer silencio, etc.), y un tanto de lograda fantasía en las especulaciones del protagonista sobre su futura muerte, o en la evocación de un misterio de su infancia: el vendedor de sillones de mimbre, acaso un tano que quería anunciar sillas para casas de verano y le salía algo así como «india pravile». También a más de un pretendido creador le sale «algo así como»...
A través de estas escenas, el autor hace lucir un elenco preciso, impulsa una cariñosa visión de la amistad y la familia (lo que no impide que su personaje siga con la idea de suicidarse), saluda al público del viejo cine nacional (donde, dice la mujer,
Pueden objetarse algunos altibajos, algún descuido menor, como la puerta del baño con la llave para afuera, que se advierte en una toma. No puede uno sino entregarse con tierna sonrisa, en cambio, cuando oportunamente van apareciendo queridas figuras de esas que provocan el aplauso espontáneo, entre ellas el impagable
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