argentina
Martha Argerich
acaparó la
atención del
público que
colmó el Luna
Park, aunque
estuvo muy bien
acompañada
por Sergio
Tiempo y la
festiva y juvenil
Sinfónica Simón
Bolívar de
Venezuela.
Festival Martha Argerich. Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar. Dir.: G. Dudamel. Solistas: Martha Argerich y Sergio Tiempo. Obras de Shóstakovich, Prokofiev y Tchaikovsky. (Luna Park, 3/9.)
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Brillante resultó la apertura del Festival Martha Argerich, punto de encuentro 2005, en el Luna Park. Esta es la quinta edición del evento y como en cada una de ellas la figura casi mítica de la extraordinaria pianista argentina fue la que acaparó la mayor atención como electrizante mediadora del Concierto N° l, Op. 10 en Re bemol Mayor, para piano y orquesta de Prokofiev.
Perfecta desde la óptica estrictamente técnica, con ese virtuosismo apabullante que es uno de sus máximos tesoros, Argerich fraseó con sentido rítmico excepcional la endiablada partitura, con su colorido y sus raptos humorísticos. Sus acompañantes fueron los impetuosos integrantes de la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana «Simón Bolívar». El director Gustavo Dudamel logró acompañamientos consecuentes con los grandes pianistas solistas, ya que, además de Martha Argerich, tocó Sergio Tiempo, otro gran intérprete del teclado.
El Concierto N° 1, en Si bemol menor, Op. 23, de Tchaikovsky se oyó en todo su esplendor, con sus pasajes de bravura sutilmente resueltos por el pianista. La Sinfónica venezolana realizó un trabajo excepcional a la par de los dos grandes pianistas argentinos. Convenientemente amplificados, los intérpretes se oyeron bien, aunque por momentos se apagaron matices y sutilezas que tanto Argerich como Tiempo exponen en sus ejecuciones. El concierto comenzó con una obertura festiva de Shóstakovich (en lugar de la anunciada «Fuga con pajarillo», de Aldemaro Romero) y antes del Op. 23 de Tchaikovsky se oyó también del mismo compositor la «Marcha Eslava», obras fervorosamente aplaudidas por el público. Las ovaciones se reiteraron al final del concierto motivando bises llenos de energía como ek malambo de la «Pampeana», de Alberto Ginastera y el mambo de «West Side Story», de Leonard Bernstein. Aquí hubo un detalle curioso (y simpático, por cierto). Con singular soltura los jóvenes de la orquesta bailaron las obras con un despliegue rítmico realmente envidiable, mientras sus instrumentos sonaban sin mácula. El auditorio acompañó con aplausos este festivo comienzo de uno de los mayores encuentros musicales del país. Ojalá, la celebración desinhibida de los venezolanos marque desde el comienzo un carácter feliz para todo el Festival. E.G.
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