Inquietante y triste despertar de un sueño

Espectáculos

«La balada de Jack y Rose» (The Ballad of Jack and Rose, EE.UU., 2004, habl. en inglés) Dir. y guión: R. Miller. Int.: D. Day-Lewis, C. Belle, C. Keener, P. Dano, R. McDonald, B. Bridges.

Como en «Intimidades», el film anterior de Rebecca Miller (hija de Arthur), visto aquí el año pasado, en esta inquietante descripción de un vínculo padre e hija, la directora y guionista muestra especial predilección (y esmero) por la psicología de sus personajes.

«La balada de Jack y Rose»
es eso, una balada justificadamente morosa y triste, muy triste, en la que Miller describe, además, el final de la utopía sesentista de Jack (Daniel Day-Lewis), un hombre que cría solo a su hija Rose (Camilla Belle), ahora adolescente, desde que ésta tenía cinco años, recluyéndose y recluyéndola para protegerla del mundo exterior en una bella isla que fue reducto hippie. Jack es, además, un enfermo terminal que está agotando sus últimas fuerzas en rechazar con violencia los avances del progreso encarnado en un empresario que construye casas «cuadradas», «horribles» en la zona.

Con el descubrimiento de que su niña está dejando de serlo, Jack advierte también en ella conductas extrañas que lo llevan a una primera decisión desesperada: viaja al continente y se trae consigo a una amante (Catherine Keener) con dos hijos varones también adolescentes, con lo cual ese mundo de dos conservado a base de obstinación y de principios evidentemente obsoletos se viene definitivamente abajo.

El fragmento de la familia agrandada permite a la directora quitar todas las veladuras (bienvenidas, todo hay que decirlo) con las que hasta ese momento se cuidó muy bien de cubrir las tormentas interiores de los protagonistas; las que provoca el fantasma del incesto en primer lugar. Al respecto, hay un anuncio hecho sólo de potentes imágenes de la cara obscenamente devastadora de la naturaleza. Es allí donde, como en el poema de
Marguerite Yourcenar, frente a la pasión, la decepción, los celos, la fantasía de posesión, la chica se olvida del amor («los inocentes son peligrosos» dice alguien por ahí), y el padre abre los ojos a las consecuencias inesperadas de sus buenos ideales.

En lo que sigue (cuando
Jack toma la decisión más dolorosa de su vida) hay demasiadas palabras, lamentablemente. De todos modos, vale la pena ver la transformación, incluso física, de un Daniel Day-Lewis que se va muriendo en todos los sentidos posibles frente a los ojos de su hija y los del espectador sobrecogido.

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