13 de noviembre 2001 - 00:00

Inteligente versión de una obra de Bernhard

Pompeyo Audivert
Pompeyo Audivert
«La fuerza de la costumbre» de T. Bernhard. Trad.: M. Sáenz. Dir.: P.Audivert, M. Chaparro y A. Mangone. Int.: P. Audivert, M. Chaparro, G. Fusco, L. Aranosky, M. Pedrotta. Luces: J. Vautista, G. Pia Mangione. Realizac. musical: C. Peña. (Teatro Caliban.)

En su biografía sobre Thomas Bernhard, Miguel Sáenz cuenta que el escritor austríaco tenía un humor más bien macabro, heredero de «la muy alemana schadenfreude (alegría por el mal ajeno) y del no menos alemán galgenhumor (humor amargo en una situación desesperada)».

Tal vez eso explique por qué el autor de «La fuerza de la costumbre» vio en esta obra una comedia. Pero si hay algo en ella que pueda relacionarse con lo cómico es ese afán, siempre presente en el teatro de Bernhard, de considerar la existencia humana como una gran broma siniestra.

En esta nueva versión, protagonizada por Pompeyo Audivert (y también dirigida por él junto a Marcelo Chaparro y Andrés Mangone), lo cómico y lo trágico se unen sin fisuras creando una atmósfera de subyugante intensidad dramática.

Acción

La acción transcurre en un circo, donde su dueño, el tiránico Calibaldi, obliga a toda su compañía a tocar «La trucha», de Schubert. Sin embargo, en 22 años no han logrado nunca una buena performance, ya que siempre hay errores, accidentes y torpezas que terminan arruinando la ejecución. «La fuerza de la costumbre» es una pieza de fuerte impronta literaria, pero los responsables de esta puesta han logrado superar esta limitación con admirable soltura. Los parlamentos más extensos -e intensos-están en manos de Calibaldi, a quien Audivert enriqueció con un halo tragicómico, además de valorizar sus silencios y de promover un estado de permanente tensión a su alrededor. Su figura amenazante aterroriza a sus subalternos, pero también es capaz de compartir una escena de poética intimidad con su joven nieta (María Pedrotta) a la que luego, sin ningún miramiento, le recuerda la muerte de su madre.

El resto de los personajes también gana en la puesta nuevos y ricos matices: ya sea el melancólico malabarista de Marcelo Chaparro que no deja de soñar con una vida mejor, el payaso servil de Gino Fusco o el domador siempre alcoholizado de Luis Aranosky, que exhibe su fracaso sin necesidad de palabras. Todos ellos son seres desprotegidos y de pocas luces que en su patética deformidad se aferran a una empresa que no comprenden pero que los distrae de sus miserias personales.

«Mañana, Augsburgo»
, promete el dueño del circo una y otra vez mientras somete a su troupe a una partitura inabordable. Su demencial perfeccionismo se rebela contra la sociedad y sus valores tradicionales, contra la mediocridad de toda experiencia humana y contra la pretendida trascendencia del arte, al que de todas maneras se entrega como si fuera una maldición o una enfermedad.

El espectáculo se adentra en el universo de
Bernhard con todas sus sinuosidades y claroscuros, por lo que exige un público atento y dispuesto a seguir un texto que demanda bastante concentración.

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